Historia de grandes interpretaciones femeninas y magnífico guión, en la que el azul turquesa y el verde profundo de los retratos de Hans Holbein no consiguen paliar las deficiencias en la dirección de un debutante que no cuenta con la pericia suficie

★★★☆☆ Buena

Las hermanas Bolena

Pocos personajes históricos han logrado despertar la atención de los productores cinematográficos con tanta intensidad como el de Ana Bolena. La cortesana irrelevante, tremendamente atractiva y sensual, altiva, esbelta y ambiciosa que, de manera indirecta, cambiaría el rumbo de un país. Sin embargo, poco o nada se sabía de su hermana, la otra Bolena, hasta la publicación de la novela de Philippa Gregory, que se convirtió en una serie de la televisión británica en el año 2003, y que acaba llegando a la gran pantalla.

Como era de prever, su inclusión hace que la película que hoy comentamos sea notablemente diferente a las producciones que recordamos de idéntica temática histórica. Por cuestiones obvias, se aleja de los asuntos políticos que enmarcaron ese período del siglo XVI y que tan bien retrató Fred Zinnemann en Un Hombre para la Eternidad, en 1966. Por su enfoque, tomando como eje central de la trama a la familia Bolena y permitiendo descubrir la figura del soberano sólo a través de los ojos de ésta, tampoco se asemeja a otros relatos que ampliaron la visión sobre las azarosas intrigas palaciegas que ayudaron a establecer las bases de una nueva nación, como La Vida Privada de Enrique VIII (Alexander Korda, 1933), La Rosa de los Tudor (Robert Stevenson, 1936) o Enrique VIII y sus Seis Esposas (Waris Hussein, 1972). Acotando el terreno, también resulta distinta a sus referentes más inmediatos, dando una nueva perspectiva a títulos como Ana Bolena (Ernst Lubitsch, 1920) o a Ana de los Mil Días (Charles Jarrott, 1969).

Y es que, básicamente, la historia de Justin Chadwick es una reflexión que hace observar la facilidad con la que una vida puede influir sobre otras vidas, de cómo una decisión logra afectar el devenir de los acontecimientos, o en cuántas ocasiones es el propio carácter –ése que se presume personal e intransferible- el que sabe conducir a la salvación o a la destrucción más inevitable.

Con miras históricas, ¿habría sido diferente la vida de Ana Bolena sin la intervención de su hermana?. Su existencia y esa casi promesa final, ¿ayudan a explicar las misteriosas palabras que la joven reina pronunció el 19 de mayo de 1536 frente al cadalso?. Al aceptar su destino, justificar el veredicto del tribunal que la condenaba y alabar la figura de su esposo, además de intentar preservar los intereses dinásticos de su hija, ¿albergó esperanzas sobre su propia vida?.

Las Hermanas Bolena cuenta con muchas y poderosas razones para convencer. Rodada en alta definición, con un diseño de producción que recrea fielmente las localizaciones, estancias y mobiliario de la época; con el desarrollo de muchos de sus pasajes en escenarios naturales; con un vestuario que corre a cargo de la doblemente oscarizada Sandy Powell; con la impagable presencia de las mejores actrices del momento; con un guionista excelente, Peter Morgan (The Queen, Stephen Frears, 2006); con un actor, príncipe de Troya, que suele ser una apuesta segura; con un inmejorable reparto de notables secundarios….. tan sólo hacía falta un buen director que fuera capaz de orquestar el conjunto. En su defecto, se escoge a un debutante que se limita a transcribir el guión mientras marea con los travellings laterales, permite que los extras se crucen entre los protagonistas y la cámara en medio de conversaciones cruciales, revolotea con planos cenitales, y explota sus dos únicas genialidades hasta la saciedad. Éstas no son otras que la persecución de Eric Bana por los pasillos de palacio, y las imágenes distorsionadas que se captan a través de numerosos ventanales. Tampoco acompaña una fotografía tenebrosa y hostil, empeñada en diferenciar a los personajes del decorado, que , logrando su propósito, termina por romper con la homogeneidad del retablo.

Con un planteamiento tan correcto como exento de fuerza narrativa, se puede decir que la historia, realmente, no arranca hasta el regreso de Ana de la corte francesa, en la que presta sus servicios para una reina (por las fechas, suponemos que se trata de Leonor, infanta de España), para ridiculizar a su rey (que sería Francisco I, eterno rival del emperador Carlos I). Es en ese momento cuando emergen las grandes interpretaciones femeninas –hasta entonces, aletargada por una pésima dirección de actores-, cuando se produce la transformación del personaje principal y los múltiples registros que de éste se desprenden, serán un reto superado con nota por Natalie Portman. Antes que ella, grandes actrices como Merle Oberon, Henny Porten, Charlotte Rampling o Geneviève Bujold habían encarnado a la madre de Isabel I, mas ninguna de ellas supo hablar con la mirada.

En un balance final, admitiendo que “El arte de ser mujer consiste en hacer pensar a los hombres que son ellos quienes mandan” (qué poco ha cambiado el mundo en cinco siglos), e indicando que ésta es la historia de un excelente guión mal dirigido (recuérdese Desirée de Henry Koster en 1954), nos quedamos con la impresionante actuación de Ana Torrent y el agradecimiento a la directora de casting por no saber que Catalina de Aragón era rubia. Escalofríos dan al imaginar que se pudo buscar a Elsa Pataky.

publicado por Bruji el 5 marzo, 2008

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