Marc Forster surca los cielos de planos desenfocados en vistas panorámicas para llegar directo al corazón.

★★★★☆ Muy Buena

Cometas En El Cielo

“¿Quiénes somos nosotros en este complicado mundo?”. El mundo que permite que unas gotas de sangre sobre la nieve acompañen el disimulo de dos jóvenes amigos que empiezan a vivir. El verbo disimular no debería conjugarse en la niñez. El mundo en el que los aliados aprovechan la coyuntura de las desavenencias para invadir la intimidad, no con amenazas inútiles, sino con tanques. El mundo que obliga a abandonar todo cuanto se conoció y amó para emprender otra aventura, rota quizás, en un espacio geográfico y cultural diferente. “Un niño que no sabe defenderse, acaba siendo un hombre que no defiende nada”, hasta que encuentra una causa justa que le hace descender a los abismos para intentar sobrevivir. Hasta entonces, “los niños no son cuadernos para colorear con tu color favorito”, sólo cuando haya “Mucha leña para tan pocos leñadores”, la fuerza interior verá multiplicada su eficacia por siete, -la de los “Magníficos”-, y la proeza de cruzar el infierno de la sinrazón radical sería repetida “mil veces por ti”.

Es ésta una historia “salida de ninguna parte” que, en palabras de la escritora Isabel Allende, resulta “tan fuerte que, durante mucho tiempo, todo lo que leí después me pareció insípido”. Es la historia creada por Khaled Hosseini, médico estadounidense de origen afgano que, en las manos del director Marc Forster, surca los cielos de planos desenfocados en vistas panorámicas, para llegar directa al corazón. Qué difícil es mantener el sentido crítico cuando se impone el sano hábito de llorar frente a la gran pantalla. Se necesitaba, según los productores, la emotividad que el cineasta demostró en Monster’s Ball, la ambientación onírica inherente al evocador Oriente de tiempos mejores que simulara un cuento como el que nos era mostrado en Descubriendo Nunca Jamás, y la sensación atemporal que, junto al guionista David Benioff, consiguió en Tránsito. En mi modesta opinión, tan sólo era necesario dejar que “la historia pasara a través de todos ellos”, para dar cumplimiento a la vida secreta de las palabras que otra Isabel, también contadora de historias y de apellido Coixet, nos hizo entender a los cinéfilos.

Y la historia pasó a través de ellos sin alardes técnicos, con actores desconocidos, con uno de esos guiones sólidos que tanto escasean en el cine contemporáneo y con la incorporación de un nuevo personaje que, sin rostro, supo romper las fronteras del espacio y del tiempo para captar la esencia de la universalidad. Ésa es la habilidad y la gran facultad de la buena música. La de Alberto Iglesias forma parte del paisaje desolado de treinta años de guerra y de pobreza, permanece en los tiempos de silencio que ayudan a consolidar la amistad y emerge de la distancia, a veces imperceptible, que separa al hombre valiente del cobarde. Por esta temática, por la posibilidad que, en ocasiones, ofrece el destino de poder reparar los errores del pasado, éste es un relato que nos traerá a la memoria cinéfila las míticas Cuatro Plumas de Zoltan Korda de 1939. Por contener una parábola de la pérdida de inocencia frente a la maldad más absoluta, la película que hoy comentamos logrará arañar el alma con la misma fiereza con que lo hiciera aquel Manantial de la Doncella de Bergman.

Es curioso que al intentar analizar Cometas en el Cielo no pueda dejar de pensar en aquella conversación lejana que se producía entre un crítico estadounidense y otro de Cahiers du Cinéma sobre una película de Alfred Hitchcock. A grandes rasgos, el primero esgrimía que La Ventana Indiscreta carecía de credibilidad porque su director desconocía el barrio en el que estaba rodada, mientras que Truffaut le hacía ver que La Ventana Indiscreta era cine, y que él sabía lo que es el cine. Es éste un detalle importante que no olvido cuando quiero evitar que “el árbol me oculte el bosque”, tal y como advertía la sabia frase extraída de un personaje secundario de Mogambo (John Ford, 1953).

Cierto es que los arbustos siguen estando ahí. Los flashbacks no son originales; las elipsis resultan vertiginosas; los diálogos son impropios de unos niños que tienen “paga semanal” en el Kabul de 1978; la aventura americana se antoja afgana y la afgana está totalmente americanizada; el episodio del disfraz de la falsa barba es, en el mejor de los casos, inverosímil; y la rocambolesca huída hacia Pakistán, imposible. Pero sería una injusticia permitir que la maleza consiga ocultar la profundidad de un documento humano que, como pocos, todavía conserva la grandeza de saber conmover al espectador.

¿Quién dice que eso no es el cine?.

publicado por Bruji el 12 marzo, 2008

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