Insultante cúmulo de desatinos y desvaríos en un particular día de la marmota en el que, hasta en seis ocasiones, se rebobina la acción para ofrecer el mismo metraje. Una película que no funciona ni como mero artículo de entretenimiento.

★☆☆☆☆ Pésima

En el punto de mira

Desde que Don Rodrígo Díaz Charlton Heston de Vivar, desoyendo el asesoramiento de Don Ramón Menéndez Pidal y bajo las órdenes de Anthony Mann, tomara la plaza de Valencia “para el rey de España”, miedo da cada vez que las pretensiones americanas, con esa perspectiva que les da la distancia, aterrorizan y aterrizan en territorio hispano. Más cercana en la memoria cinéfila se encuentra la segunda Misión Imposible de Ethan-Cruise que, haciendo coincidir las fallas en la Semana Santa de Sevilla, no dudó en prender fuego a los Pasos de la procesión bajo la atenta mirada de las falleras que, entusiasmadas, saludaban desde el balcón del consistorio. Creo que eso fue antes de que los guionistas plagiaran (escena de carrera de caballos incluida) el mítico argumento de Encadenados de Alfred Hitchcock.

En esta ocasión, los resultados no tenían por qué ser diferentes, pero tampoco tan indignantes, y es que los responsables de esta cinta parecen desconocer un par de aspectos fundamentales que a los demás nos resultan demasiado evidentes.
En primer lugar, todavía está presente en el ánimo de los españoles el momento amargo en el que Madrid se queda sin Olimpiadas, según las malas lenguas, por culpa de cierto honorable miembro del jurado que considera éste un país potencialmente peligroso por la amenaza terrorista, aunque adecuado para que sus sobrinos se pavoneen con la novia de turno en los veranos de Mallorca. Habría que preguntarse cuál es el lugar absolutamente seguro en la actualidad, recordar los Juegos del 72, y llegar a la conclusión de que si hay algo que España no necesita a nivel internacional es este tipo de publicidad sobre atentados que le brinda el cine americano.

Por otra parte, los cinéfilos recordamos el revuelo que se armó en la salas neoyorquinas cuando, sin previo aviso, se insertó un tráiler del United 93 de Paul Greengrass, dado que los ciudadanos “no estaban preparados para aquello”. Entendimos sus motivos, y pedimos el mismo respeto. La película que hoy comentamos se nos ha vendido con el aliciente de contener una reproducción exacta de la emblemática Plaza de Salamanca, pero nadie nos advirtió de que, a lo largo de tres escenas interminables, el sonido de las sirenas de ambulancias españolas sería ensordecedor, el paisaje tras la segunda detonación, desolador, y la policía española tendría que desplegar todos sus efectivos ante una situación de emergencia, mientras la población española yace en el suelo muerta o malherida. Unas secuencias de muy mal gusto, si tenemos en cuenta que llegarán a un país en el que, lamentablemente, no hay que recurrir al cine para ver las consecuencias del terrorismo en sus calles.

Afortunadamente, fácil es pasar de la ofensa a la risa, con un alcalde salmantino que parece haber desertado del ejército de Pancho Villa; con un “sospechoso que se dirige hacia el oeste por las calles interiores” y lo que les tuvo que fastidiar no poder decir eso de “va por la 34 esquina con la 52”; con unas “calles interiores”de cinco carriles que ya las quisiera Barcelona; con un barrio árabe que no se encuentra ni en Córdoba; con las notas de una banda sonora que sitúan la acción en algún lugar de África, y seguimos estando en Salamanca; con esa niña, esa niña….que no se llama Victoria, sino Ana.

Si intentamos –y no es difícil- olvidar que los hechos transcurren en suelo español para realizar un análisis objetivo del filme, nos encontramos con un argumento simplista que se podría haber desarrollado en no más de veintitrés minutos.

La idea de mostrar un mismo suceso desde diferentes puntos de vista, aunque no es original, sí que es sumamente interesante si en su ejecución se observa la incorporación de alguna genialidad en el montaje, de escenas que se superponen, puntos de mira que se complementan, diálogos que se entrelazan y permiten que el espectador, por sí mismo, pueda recomponer las piezas de un supuesto puzzle que no es tal.

Pero nada de todo está presente en la película, reduciéndose el misterio a un insistente rebobinar de la acción para ofrecer el mismo metraje. La exposición es mareante; las conversaciones que proceden de informadores, controladores, teléfonos y transeúntes se atropellan entre sí: los retimes (cámara lenta) que recogen el encuentro entre los distintos personajes son irrisorios; el momento “Sangre y Arena” en el que un policía-torero entra en la plaza, con la cabeza en otro lugar por culpa de una mala mujer, esperpéntico. No avanza la acción, y cuando se decide contar la historia, el espectador está tan hastiado que, curiosamente, lo único que espera es un próximo rebobinado vertiginoso que le devuelva a las doce del mediodía.

Por lo demás, Pete Travis, saciada su obsesión con los atentados, se limita a introducir todos los tópicos de los telefilmes que dirige: el trauma sufrido por un guardaespaldas con un impagable ángel de la guarda, el coche azul que de qué estará hecho para no sufrir ni una abolladura, “El Turista Accidental” que protagoniza una de esas acciones individuales que tanto les gustan, el pte que es mucho pte y no necesita salvadores, el águila en marcha…..

Como dirían en mi Tierra, ¡lástima de cuartos!, y lástima de que actores como William Hurt o Sigourney Weaver se vean involucrados en este tipo de proyectos, que se antojan más de la talla de un Eduardo Noriega que sólo convence cuando se desnuda frente a alguna bebida refrescante de extractos.

publicado por Bruji el 19 marzo, 2008

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