Stefan Ruzowitzky rescata a ritmo de tango un episodio de la Segunda Guerra Mundial desconocido para el séptimo arte.

★★★☆☆ Buena

Los falsificadores

Ganadora de un Oscar a la Mejor Película en lengua no inglesa, la producción austriaca “Los Falsificadores” rescata a ritmo de tango un episodio de la Segunda Guerra Mundial, desconocido para el séptimo arte. La Operación Bernhard tuvo como objetivo desestabilizar los sistemas económicos de las principales potencias aliadas. 

Han pasado más de sesenta años desde que finalizara la Segunda Guerra Mundial, y el cine sigue teniendo la capacidad de sorprender al rescatar nuevos episodios, tan desconocidos como trascendentales, que acontecieron en la contienda. El que origina la película que hoy comentamos, nos traslada hasta la Alemania de 1944, quien, al ver perdidas sus posiciones, no duda en poner en marcha la mayor operación de falsificación de moneda extranjera de todos los tiempos. Para ello, no necesita contratar ni remunerar los servicios de expertos impresores, tan sólo exigir la prestación de los mismos a los judíos que mantiene recluidos en campos de concentración. Un guión que, por perfecto, sólo puede estar extraído de la realidad, de la experiencia vital del escritor Adolf Burger, papel que interpreta magistralmente el actor August Diehl .

Burger es conducido desde Auschwitz, el mayor núcleo de exterminio creado, hasta los barracones privilegiados de Sachsenhausen, convertidos en talleres, en los que coincide con el preso número 75.517, Salomon Sorowitsch, que ha hecho del oficio de falsificar billetes no sólo su medio de vida, sino también un arte. Momento en el que la memoria cinéfila une ambos conceptos para recordar La Gran Evasión de John Sturges, con ese fantástico trabajo de falsificación de documentos, o El Tren de John Frankenheimer, auténtica pieza de orfebrería cinematográfica, que mostró el expolio de las obras de arte por parte de los nazis. Y es que sólo de “obra de arte” se puede calificar la fabricación de falsas libras esterlinas que ni siquiera son detectadas por el Banco de Inglaterra, o de los billetes de cinco dólares americanos que no dejan de contener el agazapado búho de los Illuminati en sus estampas.

A partir de este momento, fácil es comprobar cómo se sigue manteniendo la visión tradicional con la que las distintas filmografías de los diversos países implicados han abordado la temática de la Segunda Guerra en atención a su papel histórico. En líneas generales, el cine americano se ha dedicado a ensalzar los hechos heroicos que protagonizaron sus compatriotas; el británico se centra en la resistencia numantina ofrecida a los invasores; y el germánico intenta purgar sus pecados, hablando del trauma de una generación que heredó la suposición perenne de culpabilidad por los actos cometidos por sus propios padres. Era en 1958 cuando se empezaba a entonar el “mea culpa” con la imprescindible El Puente, de Bernhard Wicki, en la que era denunciado el reclutamiento de unos niños para un derrotado ejército alemán; un ejercicio de expiación que continúa presente en las producciones de las últimas décadas.

Esta concepción y este propósito son la aportación alemana a una cinta que se esfuerza en plantear una disyuntiva moral que, a todas luces, no es tal, al darse los acontecimientos bajo un principio absoluto de carencia de libertad. No se puede juzgar la actuación de un personaje que, incluso en tiempos de paz, asegura que “al tratarse de su existencia, sería capaz de hacer cosas muy gordas” cuando accede a colaborar en el bando de los malos; de la misma manera que tampoco es conveniente someter a la criba de la moralidad la actitud reticente de quien, sistemáticamente, pone en peligro su propia vida y la de sus compañeros de cautiverio. La película, en este sentido, ha de ser conservada y tratada como un mero documento histórico, de innegable valor, pero sin otras pretensiones.

La contribución austriaca, y es que el filme galardonado por Hollywood es una coproducción de ambas naciones, es la propia del cine que ha crecido a la sombra del alemán, y que sintetiza los posicionamientos de sus gobernantes en dos escenas prodigiosas. Recordemos que el pueblo austriaco acogió con júbilo la anexión con Hitler, de quien decía era alemán y Beethoven austriaco, cuando, en realidad, era al revés; para después renegar enérgicamente de esta cooperación. Trasladando este hecho a la propia película, el jefe de la cuadrilla de impresores no duda en alabar el talento del falsificador ante los oficiales de las S.S., para más tarde acentuar la heroicidad del saboteador ante los ojos de los libertadores.

En un balance final, teniendo en cuenta la correcta labor del conjunto de actores y la adecuada planificación de la banda sonora a ritmo de tango, destacamos el “savoir faire” del director de la exitosa saga de Anatomía, Stefan Ruzowitzky. Por lo tanto, nos quedamos con sus inequívocas muestras de maestría al construir un atractivo guión de sólida estructura narrativa en formato de intriga, con sus ágiles movimientos de cámara, con el acierto de saber huir de los sempiternos flashbacks para insertar el back-story de los personajes en amenos diálogos, y con la incorporación de dos genialidades que suponen los momentos cumbres de la historia. Nos referimos al escalofriante plano en el que es derribado el muro que separa los dos mundos de una misma y atroz realidad; y, sobre todo, al pasaje que sitúa la acción en una entidad bancaria de Suiza. Y es que, aunque parezca mentira, la vida continuaba fuera de allí…

publicado por Bruji el 26 marzo, 2008

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