Ruzowitzky separa, con una delgada linea, el horror del exterminio con las actividades del taller de falsificación, dejando que lo acontezca al otro lado nos sea sólo narrado en los diálogos o sugerido.

★★★☆☆ Buena

Los falsificadores

El director austríaco Stefan Ruzowitzky alcanzó cierto éxito internacional con el filme de terror Anatomía, y su secuela, protagonizado por Franka Potente (Corre Lola corre). Ahora vuelve a asomarse por las pantallas de todo el mundo gracias al impulso que le ha dado el que su nueva película, Los falsificadores, haya logrado el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Sin la dorada estatuilla, difícilmente habría llegado a nuestras pantallas, o al menos con tanta celeridad.

Citados estos aspectos de exhibición y promoción, cabe decir que no se trata de ninguna genialidad, ni destaca por su brillantez, pero al menos sí que nos encontramos con una propuesta nada desdeñable, incluso superior a lo que nos podíamos temer en en un principio. Y como añadido, tampoco recurre a un metraje mastodóntico sino a unos ajustados casi noventa minutos.

Stefan Ruzowitzky, nieto de abuelos simpatizantes de la causa nazi, nos narra el mayor caso de falsificación de dinero de la historia, el que intentó Hitler, viendo acercarse el final de la guerra, para intentar hundir las economías de sus paises enemigos mediante la fabricación y puesta en circulación de cantidades enormes de libras inglesas y dólares. Una operación denominada Bernhard en la que debieron recurrir a los servicios de un grupo de especialistas, supervisados por un genio falsificador, Salomon Sorowitsch (el actor vienés Karl Markovics), hombre bohemio, mujeriego y de aspecto rudo, pero cuya criminalidad no pasa más allá del hecho de falsificar. Y todos ellos, judíos que asumirán esta colaboración con los nazis como el medio para sobrevivir en el campo de concentración.

Apenas una enjuta pared de madera les separa, en el mismo campo de Sachsenhausen, del resto de presos condenados a padecer las humillaciones, abusos y torturas, desposeidos de toda dignidad y respeto como personas por sus carceleros y destinados a ser carne de sus fechorías. Por su parte, el reducido grupo de falsificadores cuentan con ciertos lujos y privilegios para llevar a cabo su misión.

Ruzowitzky separa, con una delgada linea, el horror del exterminio con las actividades del taller de falsificación, dejando que lo acontezca al otro lado nos sea sólo narrado en los diálogos o sugerido, mostrando en contadas ocasiones alguno de los hechos. Esta exclusión permite a Ruzowitzky centrarnos en los hechos que describe y los puntos que marcarán su temática: ¿cualquier método es lícito para sobrevivir? ¿Se puede colaborar con el enemigo cerrando los ojos al mal que nos rodea?

Uno de los personajes, el prisionero Adolf Burger (interpretado por el berlinés August Diehl), sintetiza este dilema moral y ético del que se niega a trabajar para los nazis. Burger sufrió la muerte de sus padres y también de su esposa en campos como Ravensbrück, Sachsenahusen o Auswitchz, pocas semanas antes que terminara el conflicto. Adolf Burger, simpatizante comunista, es también el autor de la novela autobiográfica en la que se basa el filme. Mientras, Friedrick Herzog (el alemán Devid Striesow, mejor secundario en los premios de la Academia Alemana), antes inspector de policia ahora afiliado a la causa nazi, representa el oportunista que intenta sobrevivir en las mejores condiciones.

No esperen un especial talento en esta historia presidida por el color gris, y sin que se le vaya la mano en los elementos que la podrían hacer más efectivos o truculentos, pero sí una interesante y estimable película.

publicado por Carles el 26 marzo, 2008

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