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Tout est pardonnÉ

Cuando vamos al cine, no esperamos otra cosa que ver una historia a 24 imágenes por segundo. Algunos no están muy de acuerdo en que un invento del siglo XIX se utilice exclusivamente para narrar, como desde hace siglos hace la pintura, la literatura, la escultura, la música.

En los orígenes del cine pocas historias se contaban. Muchos lo explican como un “pecado original”: al no poseer un dominio de la técnica no se podían crear grandes relatos. Después se institucionalizó, y se vio que la mayor rentabilidad la daban las narraciones, por lo que desde la década de 1910 sólo ha habido un puñado de atrevidos artistas que no han seguido la “tradición”, hecho tan relevante como cuando los impresionistas salieron del taller, y se llevaron su caballete al campo. ¿Habrá que esperar cien años para que la gente haga cola ante una película de Pere Portabella, como ahora se hace en el Van Gogh Museum?

Antes de seguir divagando veamos de qué trata Tout est pardonné. La historia comienza en Viena, donde vive un matrimonio (ella austriaca, él francés) con su hija de seis años. Él, ex-profesor de francés en paro, busca la forma de concentrarse en su poesía. Ella, trabajadora activa, parece que sólo consigue ver como su marido desaparece días enteros sin dar explicaciones. Desde el comienzo de la película se deja claro la intención de ambos de volver en un mes al París donde se conocieron para tratar de recuperar el sentido de su relación, pareciendo a su vez alejarse de algún peligro. 

Esta pareja se quiere, se ama, y aman a su hija también, pero algo dejan entrever los ojos del padre. El peligro al que nos referíamos: la drogadicción. El padre intenta evitar que su adicción no afecte a su vida más allá que como mera desconexión temporal para encarar la escritura de poesía, pero por momentos parece no querer controlar la situación. Si no fuese por estas ocasiones se les vería como un matrimonio normal, más que normal, feliz. Se aman. Pero la mujer tiene miedo, es consciente de este peligro, y lo plantea ("¿no me prometiste no volver a beber antes de las seis?"). No se sabe de quién fue la idea de volver a París; lo que se ve es que no es la solución. Nunca se aclara si su adicción empezó hace años, ni tampoco si la droga fue el detonante del deterioro de la relación. Lo que sí sabemos es que fue el último empujón hacia el abismo.

El padre no modifica sus hábitos ("por las mañanas escribo, por las tardes paseo, y por las noches… me drogo"), y su mujer parece no aguantar más. Entonces el padre tiene un arrebato de ira (¿el primero? ¿uno más de una larga lista?), y la madre desaparece con su hija mientras él permanece en París.Nos quedaremos con la primera parte, para no desentrañar este trabajo. El guión de la segunda parte del filme tiene un tratamiento idéntico: se cuenta una historia, pero faltan párrafos, hojas, incluso capítulos enteros, y es el espectador el que tiene que completar estos agujeros de la trama. En nuestras vidas esos huecos se van llenado con el tiempo, comprendiendo con los años por qué actuábamos de cierta manera. Aquí no podemos tener esa perspectiva que nos dan los años, ni tampoco conocemos qué ocurrió anteriormente en la vida de los personajes (¿de quién fue la decisión de ir a vivir a Viena?, ¿desde cuándo es drogadicto el padre?, ¿por qué está en paro?). Tampoco nos han dado herramientas para revelar la inocencia o culpabilidad de los personajes (en uno de los encuentros paterno filiales el padre cuenta como la madre decide volver a Viena con la hija de dos años de edad, pero con o sin el marido; lo que no sabemos es el por qué del ultimátum, ni cómo le afectó al marido en su momento, al igual que tampoco sabemos si el maltrato a raíz del brote colérico fue una excepción).

La psicología de los personajes tampoco ayuda a aclarar la situación. El padre, hombre cultivado, pero con una extraña mirada que mezcla felicidad, asombro, y una profunda melancolía. La mujer, temerosa y a ratos atormentada, en ningún momento parece liberada de su pasado-presente. La hija, adolescente que nunca exterioriza su alegría, sorpresa o tristeza, salvo en un momento que aparece exultante en una discoteca mientras baila (y donde te dan ganas de salir de la proyección y liarte a copas tú también). Escena, por cierto, rodada de forma recurrente en el cine francés: breves cortes donde el protagonista aparece bailando, sin diálogo, pero sin que la música sufra interrupción (Entre chiens et loups -Jean-Gabriel Périot, 2007-, Sombre – Philippe Grandrieux, 1998-).

            En el fondo, lo que parece esta película es un enorme cadáver exquisito, donde no sabes qué ha ocurrido entre escena y escena, dejándote llevar por la sorpresa del siguiente momento. Como la vida misma.
Lo mejor: La droga como termita de la vida familiar
Lo peor: La segunda parte, cuando está rehabilitado, bastante artificiosa
publicado por Damián Bulet Bengoa el 14 marzo, 2010

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