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El otro

Sin fin. Así es como terminaba sus cinegrafías Val del Omar, cineasta tan vanguardista como poco conocido. Y de una historia sin fin y sin principio es de lo que trata El otro, película que enraíza con un cine en boga en estos últimos años a lo largo de todo el mundo (Hirokazu Koreeda en Japón, Carlos Reygadas en México) y especialmente en España (Jaime Rosales, Pedro Aguilera, Javier Rebollo). Es un cine heredero de Ingmar Bergman y de Michelangelo Antonioni, de Kaurismaki y Kiarostami, de Víctor Erice, de Yasujiro Ozu, de Hou Hsiao-hsien, influencias retomadas por cineastas que no superan los 40 en su mayoría, y donde sus (minoritarias) películas navegan dentro de un magma de diferentes movimientos (nuevo cine americano y asiático) que conformarán el cine que veremos en el futuro.

Pero de momento tenemos el presente, llamado El otro, película realizada principalmente por dos personas: el director Ariel Rotter en su segunda incursión, y el veterano (y extraordinario) actor Julio Chavez.

Rotter rueda un momento crucial en la vida de cualquier persona, y que todos tenemos por decenas cada día: nuestras elecciones. En esta película, coger o no un autobús es algo determinante, al igual que elegir un hotel, decidir permanecer un día de más en una ciudad nueva, seguir o no a esa mujer que nos ha llamado la atención, decidir ser arquitecto o médico, querer llamarse Juan Desouza o Manuel Salazar, Emilio Branelli o Lucio Morales. Rotter y Chavez juegan a deconstruir su personaje a cada paso que da.

En los primeros momentos se nos presenta al personaje: nombre, edad, profesión, estado civil… Y a partir de entonces empezamos a percatarnos de que las elecciones que hace son lo opuesto a lo que normalmente realiza, lo cual no quiere decir que sean elecciones acertadas o desafortunadas, moralmente buenas o reprochables. Simplemente, son suyas, echas al azar, se podría decir que es el último personaje a engrosar la larga lista comenzada por Tristan Tzara.

Sobre las espaldas del excelente actor Julio Chavez recae todo el protagonismo de la película, llenándolo de una psicología infantil, haciendo que se mueva en un ambiente de guardería de post-guerra: nadie conoce a nadie, pero todos se necesitan. Chavez se mueve entre calles desiertas, entre autobuses llenos. Y por donde pasa, nada vuelve a ser lo mismo.

La película narra cómo el protagonista reacciona a la noticia de que su mujer está embarazada, y aprovechando un viaje de trabajo, usurpa e inventa identidades que le permite moverse libremente, sin ninguna atadura, hasta que se encuentra en una situación que requiere de su falso estatus, por lo que sale huyendo, reencontrándose con la realidad que había dejado días atrás, sin que parezca que haya habido interrupción. Sin fin y sin principio. Nunca sabremos cómo es en el fondo su vida, sólo tenemos trazas de ella, indicaciones para que nosotros construyamos el resto de su vida.

Esto puede que deje impasible y frío a cierto tipo de espectadores, acostumbrados a que se les describa todos los vericuetos de las historias, haciendo de difícil acceso esta película. Y es que no es una película para todos los públicos. Pero, ¿acaso somos un público para todas las películas?

Lo mejor: El enorme Julio Chávez, complementada por María Ucedo. La atmósfera onírica. La fotografía.
Lo peor: Otra perla que pasó sin pena ni gloria por nuestras pantallas...
publicado por Damián Bulet Bengoa el 14 marzo, 2010

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