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Los arquitectos

Estamos ante una de las últimas películas de la DEFA (Deutsche Film AG), empresa que monopolizó la producción cinematográfica de la República Democrática Alemana. Fundada en 1946 en la Alemania ocupada por la Unión Soviética, su idea era recuperar la industria cinematográfica para inculcar los valores del socialismo tras doce años de régimen nazi. Su primer fruto fue la espléndida Los asesinos están entre nosotros (Die Mörder Sind Unter Uns, Wolfgang Staudte, 1946). Cuando la DEFA se vendió en 1992 a un conglomerado multimedia francés (Compagnie Générale des Eaux), había producido 950 películas, 820 películas de animación, más de 5800 documentales y noticieros, y 4000 doblajes de películas extranjeras.

Pero Los Arquitectos no fue una producción más de la DEFA. “Cada día me preguntaba si tenía sentido seguir con el rodaje”[1]. Esta frase del director Peter Kahane resume las especiales circunstancias que rodearon la filmación, mientras se desintegraba la RDA. Pero echemos la vista un poco más atrás.

En Navidades de 1988 se acepta el guión, aunque el rodaje se pospuso hasta octubre de 1989. Para el equipo, el nueve de noviembre, día de la caída del muro, fue un día más de trabajo. La mayor preocupación del director era saber si su equipo había cruzado la frontera, si podría seguir con el rodaje a la siguiente mañana..

Todo el peso de crítica política que tenía la película se esfumó. El debate que quería avivar estaba ocurriendo fuera del rodaje. Tuvieron que re-escribir el guión para darle un tono general acorde con los nuevos tiempos, filmando nuevas escenas.

            La segunda pregunta más frecuente en eso días era si hubiera sido más conveniente cambiar el rodaje de ficción por un documental. La realidad tenía mejor guión que el que habían escrito. En Friedrichstrasse (Checkpoint Charlie) filmaron la despedida de la hija, mientras la gente esperaba la caída del muro. La filmación en la puerta de Brandemburgo ocurrió con el muro ya abierto, con el miedo entre el equipo de que derribasen el muro de la puerta antes de rodar la escena.

            ¿Y de qué trata esta película fósil? De un arquitecto que no ejerce. Vive con su familia a las afueras de Berlín, en uno de esos barrios nuevos totalmente deshumanizados a base de construir bloques de viviendas con elementos prefabricados, sin espacios de tránsito que inviten a la conversación o al encuentro casual.

            A este arquitecto, alumno aventajado del profesor más innovador de la escuela, se le ofrece el desarrollo de un gran proyecto urbanístico residencial. Él solo impone la condición de reclutar su propio equipo.

            Pero poco a poco la ilusión desbordante de poder poner en práctica todo lo que aprendieron se va transformando en desazón al no obtener resultados, al verse enfrascados en una lucha diaria ante las directrices de los delegados del partido, ese Gran Hermano fáctico que controla todos los aspectos de la sociedad para anular la individualidad en aras del ente colectivo, un ente a su vez constreñido por la falta de medios, de presupuesto, y urgido por una funcionalidad ante la cual se supedita todo y todos.

            Ante esta realidad marciana (no es un arquitecto, es un transformador, un procesador, donde no puede innovar en los planteamientos, no puede elegir materiales diferentes a los realizados en serie, no puede proponer soluciones estéticas que rompan la monotonía) los arquitectos no se revelan. Tienen que jugar dentro de los límites marcados, cada vez haciendo más y más concesiones, hasta ver que su propuesta es exactamente igual a la que rechazaban ellos mismos en un principio.

            Ya hubo advertencias a lo largo de la película: al elegir a su equipo, muchos de sus antiguos compañeros prefirieron seguir en sus puestos de trabajo (pastores, camareros), sabiendo que lo único que les iba a repercutir era amargura y una mayor desilusión.

            Durante el desarrollo del proyecto varios miembros abandonan. Su mujer se exilia con un suizo, llevándose a la hija de ambos (terrorífica la imagen del padre en la puerta de Brandemburgo, diciendo a su hija el color de sus ropas para que pueda divisarle al otro lado del muro, donde lo único que se ve es una masa informe, un conjunto de colores que bien podría ser un cementerio de automóviles).

El ideal de proyecto, que iba a dar mejores hogares a los alemanes, que iba a eliminar la frustración de todo el equipo, lo único que acarrea es la desintegración de la familia del protagonista. ¿Qué tendría que haber hecho para preservar su familia? ¿Seguir con sus aspiraciones aparcadas hasta el momento? ¿O fue el ver que el marido podía ser feliz lo que hizo a la madre aspirar a más? Desde el principio la mujer no está ilusionada con su vida, no le gusta dónde vive. Termina escapando de la RDA, pero sin poder echarle nada en cara al marido. Él la sigue queriendo, parece que la ha querido siempre. ¿Habrá sido el Estado el culpable de la ruptura?

Del resto, personajes sin definir. Algunos entran y salen de la historia sin saber realmente qué aportan, como el amigo que le deja el piso-picadero.

Todas estas tribulaciones las recrea Kurt Naumann, un actor totalmente desconocido hasta la fecha, y que desgraciadamente no ha sido muy prolífico. ¿Será el protagonista el más valiente de todos? ¿Lucha por la comunidad, o por él mismo? ¿Sacrifica a su mujer e hija por el proyecto, o se hubieran ido de todas formas?

Al final, el protagonista termina tendido en el solar donde se van a levantar los edificios, agarrado a una botella y con una irónica medalla por sus soluciones arquitectónicas innovadoras,

Sin saberlo, estaba apostando a no ganar jamás.


[1]              http://prenzlauerberger.wordpress.com/2008/05/09/die-architekten-the-architects/

Lo mejor: La posibilidad de ver los últimos coletazos de la RDA
Lo peor: La falta de notoriedad de las películas de la DEFA en España
publicado por Damián Bulet Bengoa el 14 marzo, 2010

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