Una luminosa, honesta y conmovedora parábola acerca de nuestra capacidad de superación frente a las adversidades, de la lucha cotidiana por mantener una dignidad a fuerza de tropiezos, sobre los deseos-personales y colectivos- que nos mantienen vivos

★★★★☆ Muy Buena

El baño del Papa

Reza la publicidad de esta película que se trata de una historia sobre la esperanza y otros milagros. En estos tiempos de locos en los que vivimos no está mal que aún se reivindiquen conceptos tan difusos desde la mejor plataforma imaginable. El último cine hispano continúa entonando cada año sus pequeños homenajes a los más humildes, a toda esa humanidad ignorada que siempre se las arregla para sortear las muchas caras de la miseria. Se abrió camino comercial con las magistrales Un Lugar En El Mundo (Adolfo Aristaráin, 1992) y Fresa y Chocolate (Tomás Gutiérrez Alea/Juan Carlos Tabío), y pudimos comprobarlo en las posteriores Estación Central De Brasil (Walter Salles, 1998), Una Noche Con Sabrina Love (Alejandro Agresti, 2000), Amores Perros (Alejandro González Iñárritu, 2000), Lista De Espera (Juan Carlos Tabío, 2000), Historias Mínimas (Carlos Sorín, 2002), Ciudad De Dios (Fernando Meirelles, 2002) o María, Llena Eres De Gracia (Joshua Marston, 2004). Y también en Whisky (Juan Pablo Rebella/Pablo Stoll, 2004), auténtica revelación que sirvió de brillante catapulta a una producción uruguaya hasta entonces desconocida. Con idéntico espíritu crítico y similar parquedad de medios fueron aterrizando en nuestra cartelera y engrosaron ese realismo social tan genérico que no conoce fronteras, aunque sí un enorme poder para trazar las más variadas emociones.


En un inteligente equilibrio entre la comedia social y el drama, EL BAÑO DEL PAPA supone el estreno de Enrique Fernández y César Charlone en el largometraje. La película cuenta la historia de un pequeño pueblo, Melo, situado en la Uruguay fronteriza con Brasil. Su historia es la de un sueño común, la visita prevista de Juan Pablo II dentro de sus viajes pastorales por la zona. Todos se prepararán para el evento, intentando sacar ventaja económica ante la afluencia de peregrinos. Comidas, bebidas, souvenirs… Excepto Beto, que intentará prosperar construyendo un excusado junto a su casa para cobrar por su uso a los visitantes. Será su personal odisea por sacar a su familia de la pobreza, su pequeña aportación a una ilusión conjunta. Con este material asistimos a un hermoso y vitalista relato sobre las esperanzas que se comparten, un modesto botón de muestra de realidades que los directores no han querido dejar de plasmar. Es significativo que la película se construya a partir de unos hechos reales que alteraron la rutina en este territorio a finales de los años 80. Más que nada porque enriquece la ya grata contemplación de imágenes tan pegadas a la vida, haciendo de esta obra un soberbio ejemplo de integridad ética -bastante devaluada hoy en día-.


Superando los tics del cine combativo, de tendencia más social-ista, Fernández y Charlone escogen una anécdota mínima para levantar un guión sencillo pero poderoso. Y ni siquiera alcanzan a rozar los límites de una obra doctrinaria porque lo hacen desde la honestidad, con una diáfana narración de la experiencia que viven los protagonistas. Su cine es rabiosamente humano, pero en ningún momento se percibe una intención moralizante, nunca intenta enjuiciar ni guiarnos por caminos ya marcados. La experiencia del entusiasta Beto y de su familia se presenta ante nosotros con toda su grandeza, escondiendo bajo la aparente capa de retrato costumbrista un discurso crítico finamente hilado, tan sutil que refuerza los golpes de humor en esta historia de perdedores. Por eso se perdona una estética artesana, tosca en ocasiones, opuesta al brillo formal que muchas veces oculta los mayores vacíos.

EL BAÑO DEL PAPA nos permite empaparnos de estas vidas manejadas por el destino, sin que por eso convierta a sus personajes en mártires. Tampoco en héroes. Está clara la actitud alentadora de un relato como éste, el alcance vivificante que tienen hechos tan tragicómicos. Pero no pretenden sus directores hacer un retrato monolítico, sin matices. Claro que los hay. Tantos como tantas formas de enfocar el suceso que vertebra la acción. Los habitantes de Melo son cercanos y tangibles, pero no son modélicos. El protagonista se dedica al contrabando para ganar dinero, y acaba haciendo negocios con el orden policial, tan corrupto como cualquiera si se trata de sobrevivir. Al final, esta obra demuestra que los códigos morales dependen de quien los practique, no es fácil mantenerse recto en mitad del vendaval. Son pequeños retazos sociopolíticos que laten sin hacerse notar demasiado, sin enturbiar nuestra identificación con una historia a ratos ingeniosa, a ratos dolorosa. Pero siempre emotiva.

Los debutantes Fernández y Charlone dibujan una luminosa parábola acerca de nuestra capacidad de superación frente a las adversidades, de la lucha cotidiana por mantener una dignidad a fuerza de tropiezos, sobre los deseos -personales y colectivos- que hacen que nos sintamos vivos en una tierra sin futuro. Habla la película serenamente, con un abanico de emociones puro, sin contaminar, auténtico. Nos habla sobre la vida en comunidad, exponiendo con melancólica comicidad el esfuerzo diario por seguir adelante. Pero también nos habla de la vida en familia, del amor entre un padre y una hija, del respeto a quienes de ti dependen, del orgullo herido y la reconciliación. Es una película llena de optimismo, un tierno y entrañable obsequio que sabe hacernos transitar por su cauce de sensaciones sin manipularnos, en hora y media de prodigios insólitos.

EL BAÑO DEL PAPA estimula la taquilla con su dosis de oxígeno, en un -en verdad- milagroso trabajo de equipo, que hace carnal esta épica de la derrota, un relato libre y conmovedor, sin otra pretensión que la de contagiarnos con su poesía naturalista. Una obra primeriza, plagada de virtudes y también defectos, que se sirve de su pequeñez para crecerse ante nosotros, con una puesta en escena hiperrealista, tan desnuda como las casas de Melo. Como ese váter objeto de quimeras. Cuando el cine se edifica sobre realidades tan ajenas es cuando logra hacernos un poco más humanos, más conscientes de las invisibles redes que nos hermanan. Este minúsculo y grandioso relato es la prueba. Aunque parezca una utopía.
Lo mejor: Su honestidad insobornable, el humor salpicado de melancolia, su contagioso optimismo.
Lo peor: Nada.
publicado por Tomás Diaz el 26 abril, 2008

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