Poco previsible, instalada en un muy confortable status de saga familiar, esta entrega es la más ennegrecida, la más perturbada por la psicología de los personajes, pero es también la más impactante a nivel visual, y engancha como ninguna…

★★★☆☆ Buena

Harry Potter y el Misterio del Príncipe

A menor densidad de trama, cuanta más pequeña es la dosis de intriga, mayor es la satisfacción del usuario accidental, el que no ha leído un solo libro, pero no se ha perdido un solo film. En cambio, el lector avezado, el que lleva en cuenta los tejemanejes más íntimos, las rocambolas argumentales de más fuste y los entresijos líricos de las novelas de J.K. Rowling, ese lector (conozco a algunos bien cercanos) sale defraudado, aceptando la grandiosidad del espectáculo y, al tiempo, su vacuidad, su fragilidad. David Yates, al que se le ha encomendado lidiar con este episodio de tránsito hacia el clímax final, propone la lectura más adulta posible del mito: turbia, conmovedoramente oscura, impecable en su factura técnica, convertida en un divertimento para toda la familia, que crece a medida que la turbiedad se impregna en los personajes y extrae de ellos las briznas de credibilidad que antes, en otras amables entregas, era impostura, desvelo de los guionistas para que la película crease los arquetipos facturables, los que luego en taquilla y en el merchandising engordan obscenamente las arcas de la productora.
Como no tengo por un fan de Harry Potter y sólo tuve la osadía de leer el primer libro, me abstengo de entrar en disquisiciones argumentales y esbozar alguna teoría sobre si el libro está bien contado o, más al contrario, se pierden detalles, se emborrona la esencia y todas esas cosas lúcidas que suelen decirse a la hora de comparar la materia libresca y la recluida en fotogramas. Yo disfruté de este Harry Potter como no he disfrutado de ninguno: quizá ese disfrute ilustre mi escaso afecto por la saga. En donde los lectores más exquisitos y exigentes han sacado las más afiladas garras, yo he me he batido casi en palmas, reconociendo el fascinante espectáculo servido, la perfección formal y hasta el gusto casi minimalista por el detalle. Yates se obstina (afortunadamente) en lo lúdico y prescinde de ser un operario más de la nómina de operarios que han conducido el crecimiento público del señorito Potter. Ahora que está talludito y que le explotan las hormonas a pie de varita, es cuando advertimos que han pasado los suficientes años como para los lectores imberbes, los que abrieron la esclusa de la lectura y ahora no paran de leer (bendita cosa y agradecimiento eterno a la Sra. Rowling y su jodido artefacto) también hayan crecido con él y sientan los mismos terremotos neuronales, la misma perturbación y hasta el mismo deconsuelo vital que siente el héroe de las gafitas y la cara de empollón que ha ocupado las taquillas (ahí va eso) de lo que llevamos de milenio.
Harry Potter y el misterio del príncipe es sombría, casi perversa, acreditando momentos de verdadero tenebrismo, es sombría, y casi perversa, pero adolece de un ritmo estable: se pierde en bagatelas románticas que igual no aportan nada al establecimiento de una intriga, pero hasta ese limbo en el metraje contiene el divertimento antes reseñado. Por primera vez hay un humor que no molesta a quien no lo comparte, entiéndaseme bien.
Me quedo con Jim Broadbent, el profesor loco, el histriónico mago de pócimas. La luminaria del talento a la hora de recabar gente muy apta para estos personajillos de cuento de hadas hace que uno disfrute razonablemente del viaje y entienda que ir en familia al cine, en comandita feliz, tiene a veces premios. Éste es uno. Mi hija no está de acuerdo, pero es que ella se sabe la trama de corrillo y ha visto defraudas todas sus altas expectativas…
Lo mejor: Jim Broadbent, la fotografía, la música...
Lo peor: Que apenas, en dos horas y media, pasen cosas...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 20 julio, 2009

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