Recuperar la imagen del sueño es recordar. Pues los recuerdos se convierten en sueño desde el mismo momento en que tomamos conciencia de ellos. Igual en la vida como en el cine, creamos imágenes para evocar.

★★★☆☆ Buena

Roma

El cine de Federico Fellini, patente en este producto, "Roma" (1972), infringe la ley de las estructuras y las esencias de la representación clásica con el objetivo de plasmar el recuerdo, sentimental por lo común aceptado, pero sobre todo inspira la sensación de angustia y maravilla ante la realidad. Es lo que, también, comunmente llamamos expresión onírica y trazo surrealista. Hemos encauzado el debate hacia el aparente antagonismo realidad-sueño, que es la que mejor se ajusta a la esencia de este filme.

Recuperar la imagen del sueño es recordar. Pues los recuerdos se convierten en sueño desde el mismo momento en que tomamos conciencia de ellos. Igual en la vida como en el cine, creamos imágenes para evocar. Recuerdo el aroma del barrio que me vio crecer y el aroma a pan, pasteles, café por la tarde, los sonidos de grupos de muchachos que huyen del olor a papel y pintura que los acompaña en las aulas. Recuerdo la vieja iglesia, las tardes de futbol y la virgen que siempre se escondía en las profundidades del cemento, o la roca de la huerta, en las acequias o entre los muros. Palabras de vieja, palabras de niño, leche caliente por la mañana y macarrones para cenar, canciones y garabatos, discusiones políticas. Nada ha sido real cuando lo has convertido en arte. La angustia del artista, entonces, ralla en lo metafísico.


Para evitar la angustia, es menester representar la realidad desde el ojo de la cámara documental, de ahí que Fellini utilice la excusa documental para evocar a la Roma presente, pasada y ensoñada. En ningún caso, es la Roma real. Las imágenes que reproducen con fidelidad el momento presente, en el contexto del continuum secuencial que aglutina estilos y registros, son el soporte necesario para optimizar la mirada cinematográfica que nos plantea; no un sueño a base de estilismos, sino recrear el mundo desde la fidelidad a la secuencia normal de la experiencia psíquica. Me situo ante la realidad y luego la recuerdo (reconstrucción ficticia). Cinematográficamente es un imposible hallazgo, la fractura secuencial impregna la sensación de un juego caprichoso.

Lo que ocultaron siglos de historia tiene una demoledora expresión en el descubrimiento de un antiguo hogar romano todavía habitado por las almas petrificadas en bellos frescos que envejecen con el aire de la modernidad. Lo que era incorruptible, destruido por el observador presente que convierte el sueño (el recuerdo) en realidad. Es decir, la realidad de los frescos pierde su magia atemporal y se vuelve corruptible antre nuestra condición de obervadores – y creadores de imágenes, en consecuencia – entes finitos de mirada corruptible.

Tan imperfeco en su conjunto, este filme adolece de falta de integración del documental en la fábula recreativa. Solo un conjunto de piezas separadas que el creador organiza en función de sus necesidades frente a la evocación siempre dolorosa, y entrañable.

Roma, la película, la ciudad real, y los recuerdos.
publicado por José A. Peig el 28 mayo, 2008

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