Los sustitutos

Atención: cuento detalles de la trama y del sobrevaluado momento llamado final.

Muchas veces los desarrollos tecnológicos terminan siendo aplicados a cosas y situaciones para las que no fueron pensados. En Identidad sustituta un científico que planeaba ayudar a los discapacitados dándoles la posibilidad de reemplazar su miembro fallado por uno sintético que puede ser comandado por las neuronas del usuario, acaba vendiendo robots que las personas utilizan para realizar todas las tareas indeseables desde el sillón de su casa. Sin dolor se acaba el peligro. Te sentás con una taza de café entre las manos, te ponés los anteojitos y empezás a navegar la calle. ¡Y tu robot es más lindo que vos! Y si sos Bruce Willis te hacen un flequillo enrulado que te cuelga de la frente de plástico. Pero las aguas subterráneas están turbias, en la casa de Bruce las cosas andan mal, perdieron un hijo y su esposa es adicta al uso del sustituto. Anda con su muñeco de acá para allá. Vivir a través de una máquina no es muy bueno, parece pensar Bruce, y cuando se le rompe su muñeco flequilludo decide, como John McClane, poner el cuerpo, salir a hacer su trabajo como un “carnoso”. Las mejores escenas de acción se quedan ahí, no hay lugar en el cuerpo decadente de un cincuentón para muchas corridas y peleas. Antes de perder a su robot, Bruce persiguió a un tipo hasta la reserva de humanos (unos hippies violentos que se negaban a conectarse a las máquinas); venía embalado, saltando de viga en viga hasta que pisó en falso y cayó al piso como para decirnos hey, las chatarras tampoco son perfectas.

Por lo tanto, no esperemos mucho McClane por acá, ni siquiera esperemos un Yipi kai-yi, mother fucka antes de matar a algún loquito. Sólo recuerdo un enunciado digno de su grosería, de sustituto a sustituto, frente a una rica abogada: Por lo que sé, tú podrías ser un viejo asqueroso, gordo y sentado en tu silla con el pene colgando. Es divertida, pero no vamos a repetirla frente a un grupo de amigos. La reflexión más reaccionaria va a estar a cargo del científico que pretende corregir el mundo subvertido por su invento. Antes de apretar el botón rojo para aniquilar a todos los robots y a sus usuarios sostiene que esa es la única solución porque está seguro de que la Sustitución es una perversión, una adicción, y para acabar la perversión… hay que acabar con los adictos.Nadie quiere eso cuando va a ver una de Bruce, buscamos sublimar nuestros sucios pensamientos en su boca, no en la de un anciano desahuciado. Si va a frenar un genocidio, antes tendría que disparar una frase de fuego. Acá salva el mundo utilizando un sustituto con el cuerpo delicado de Radha Mitchell. Se interpone, con la ayuda de un hacker, en la señal que envió el científico loco para asesinar a los humanos y a sus sustitutos, pero en un acto de egoísmo opta por salvar a los humanos y dejar morir a las máquinas (que caen desmayadas en todas las ciudades del mundo como en una foto de Spencer Tunick o en la reciente serie Flash forward). Ni siquiera se sensibiliza con los ruegos del hacker que como nerd, probablemente, amaba vivir en la realidad virtual. Lo hace por su relación sentimental, para sacarle la droga al adicto. Es un acto que, un poco, reivindica lo que buscamos en Bruce.

Esa condición anarco-reaccionaria no puede más que causarme simpatía cuando me recuerda a los luditas, un movimiento obrero de principio de siglo XIX que en su lucha contra el despiadado proceso de industrialización encontró, con su primitiva ingenuidad, un enemigo en las máquinas. En la Inglaterra de aquellos tiempos también se estaba dando un proceso de sustitución de hombres por máquinas. Los seguidores del misterioso Capitán Ludd, los luditas, se encargaban de entrar en hordas a las fábricas para destruir todo artefacto tecnológico que se les atravesara. Como el personaje de Bruce, erraban de adversario: mientras descargaban su furia contra la máquina las corporaciones se seguían reproduciendo. Al final, en Identidad sustituta, el edificio de VSI, la empresa encargada de la fabricación de los robots, sigue en pie con su imponente fachada, más firme que el Estado, dispuesto a poner nuevamente en marcha la línea de montaje. Cuando el personaje de Bruce elige, responde al planteo moral de clase constructiva que recorre toda la película gritando cosas como “vive la vida”. El futuro distópico que se elige mostrar está forzado por pura voluntad. Sería interesante conocer otras posiciones. La historia de los hippies refugiados, por ejemplo, podría ser atractiva, pero a la película no le alcanza la duración; en apenas 88 minutos sólo nos concentran en Bruce y se diluyen todas las subtramas. Al fin y al cabo, todo tiene que pasar por él.

publicado por Martín Stefanelli el 15 noviembre, 2009

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