El secreto de esta película es lograr superar la atmósfera que crea sobre el espectador antes de emitir juicio sobre ella. El clima que migra desde la pantalla hacia las butacas es angustiante, pesado, triste. Pero esta película francesa es excelente

★★★★★ Excelente

Un secreto

El secreto de esta película es lograr superar la atmósfera – intencional – que crea sobre el espectador antes de emitir juicio sobre ella. El clima que migra desde la pantalla hacia las butacas es angustiante, pesado, triste. Pero esta película francesa es excelente. Una historia contextualizada en el holocausto que no se queda allí. Plantea lo inevitable y a la vez azaroso de la vida humana, lo que necesariamente tiene que ocurrir pero motivado por lo contingente de las acciones de la vida cotidiana, lo trágico disparado por lo humano. Pero lo humano que genera lo trágico no es la acción de un hombre individual sino un momento de la vida del hombre, un momento de locura y soberbia en la historia de la humanidad como fue el nazismo, aunque la mecha que enciende el destino es la acción individual: eso que fue así pero pudo no haber sido así.

Esta contradicción – si hay destino la mecha ya está encendida desde el vamos y no necesita de nadie que la encienda – el director la destaca mediante una trama dispuesta en tres niveles temporales que se desarrollan a lo largo de la película con una doble inversión: el presente actual está filmado en blanco y negro, casi borroso; en el tiempo inmediato anterior, que parece ser el presente de la película, se mezclan los blanquinegros y el color, pero hay un pasado que se despliega con toda la fuerza del color y que poco a poco va tomando más y más importancia hasta que se instala en el centro de la escena para que sea lo que no hay que olvidar: lo más real de todo. Admirable juego de flash-backs. Este es sólo un punto de vista; hay varias otras tríadas donde surge la oposición, la contrariedad, la contradicción: el que cuenta la historia no es el que cuenta en la historia pero quien conoce y cuenta la verdadera historia es un tercero, una especie de coro, una voz en off. Los perros que mueren pertenecen al que cuenta en la historia, al protagonista y al presidente colaboracionista francés que aprovechó el momento histórico para “limpiar” y de paso hacer dinero. La suerte del protagonista está echada desde el principio, desde el primer cruce de  miradas, pero los motivos de ese sufrimiento inevitable se sitúan fuera de la visión del protagonista y del que cuenta la historia, pero no del coro. El comprender está más allá de los personajes centrales, está sólo al alcance de los espectadores, como en la tragedia.  

Lo mejor: Admirable juego de flash-backs. Una historia contextualizada en el holocausto que no se queda allí.
Lo peor:

publicado por Jorge el 26 junio, 2008

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