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“Blood Feast” (Festín de sangre,1963) se estrena y por primer vez gruesos borbotones de rojo se esparcieron sobre las pantallas. Herschell Gordon abrió la puerta trasera y dejó entrar al demonio más temible del cine: el gore.

★★☆☆☆ Mediocre

Blood Feast

Tres años después de “Psicosis”, el director Herschell Gordon Lewis rueda su propia versión de cómo matar a una mujer en la ducha. Para comenzar una cuchillada en el ojo, con carnecita colgado después en la hoja. Para terminar, el descuartizamiento de una pierna, con hueso saliendo de la carne. Hitchcock prefería el blanco y negro, Herschell Gordon lo quiso en Technicolor. La sangre es la estrella, “in blood color” anuncia el afiche. Con la entrada te dan una bolsita para los vómitos. “Blood Feast” (festín de sangre,1963) se estrena y por primer vez gruesos borbotones de rojo se esparcieron sobre las pantallas. Herschell Gordon abrió una puerta trasera y dejó entrar al demonio más temible del cine: el gore.

Herschell Gordon se ganaba la vida modestamente rodando películas de desnudos. A inicios de los sesenta el público recién aprendía a saborear los nudie films, pero pronto el mercado se saturaría de pieles y el negocio decrecería. Herschell y el productor David F. Friedman se preguntaban qué podría ahora llenarles los bolsillos con rapidez. La próxima vedette del cine tenía que ser la muerte. Miles pagarían por el espectáculo del cuerpo humano destruido sólo para probar si son capaces de resistirlo. Si de negocios hablamos, no pudo ser mejor idea. Como se trataba de un producto nuevo, sin etiqueta adherida, “Blood Feast” asoló sin restricciones en cines baratos por todo Estados Unidos. La rentabilidad fue extraordinaria tanto Herschell Gordon se preguntaba qué habría pasado si la película hubiese sido buena.

Hoy “Blood Feast” es la niña mimada de los merodeadores de los sótanos del cine. La película es oportunista y despreocupadamente defectuosa, tanto que su deforme estampa es ahora objeto de adoración. Todo esto logrado con un guión primitivo, un presupuesto microscópico, un elenco artísticamente paupérrimo, varias latas de pintura roja y algunos kilos de carne de res.

“Blood Feast” es pionera en introducir al personaje del asesino en serie. En este caso tenemos a Fuad Ramses, un chiflado aficionado a la egiptología, de mirada desquiciada, acento extraño, cejas levantadas y cojera, que además dirige un negocio de comida exótica. Mrs. Fremont, una dama de la alta sociedad, visita su tienda en busca de algo especial para la fiesta de su hija Suzette. Fuad sugiere: “¿alguna vez ha tenido un festín egipcio?” (órgano con nota espeluznante). La señora queda encantada con la idea pero, por si las moscas, Fuad la hipnotiza con sus ojos lunáticos. Inmejorable oportunidad de realizar el ritual para la reencarnación de la diosa Ishtar. Las amigas de Suzette serán las vírgenes que habrá que sacrificar. Partes de sus cuerpos serán ofrecidas después (previo cocimiento) a los comensales del festín. Fuad se esmera en los preparativos y sale por las noches a filetear bellas jovencitas. Luego del asesinato de la bañera, de donde obtiene una pantorilla, se despacha a otra joven segundos antes que su novio la descalifique para el ritual. En un descampado sorprende a la pareja y huye con los sesos de la chica. En otro paraje pecaminoso, un motel, una joven aporta su lengua que Faud extrae a mano limpia en la escena clásica del film.

Mientras tanto, los dos detectives que investigan el caso se lamentan de no tener pistas. En la escena del crimen, frente al cadáver de la última víctima (que la cámara recorre de punta a punta mostrándonos que no escatimaron pintura), los policías se cruzan de brazos y encienden sus cigarrillos. Cuando por fin abren los ojos, Ramses está camino a la casa de Suzette para culminar el ritual. Mientras los asistentes disfrutan sus piñas coladas, Faud en la cocina intenta con engaños decapitar a Suzette. “¿No querrá sacrificarme sobre este mesa?”, pregunta, “Cómo se le ocurre, señorita”. Mrs. Fremont sorprende a Faud con el machete alzado. El asesino sale disparado. La policía irrumpe en el lugar. Advierten del tipo de platillo que Faud estaba por servirles y Mrs.Fremont resolutiva responde: “bien, entonces daremos sándwiches a los invitados”. Afuera Faud Ramses tendrá un final de antología que muy posiblemente sugirió el calificativo de trash (basura) para este tipo de películas.

Realizada con los estándares actuales del gore, “Blood Feast” sería quizá una película que pocos resistirían. Sin embargo, su artificialidad se delata a cada momento por lo divertidamente precarios que fueron todos sus recursos. Los errores de cámara son innumerables, los actores parecen sacados de una actuación escolar y la sangre no oculta su parecido a la pintura. Como en los films de desnudos, el guión sólo es un débil hilo conductor para el espectáculo visual prometido. Con “Blood Feast” el show son cuchillazos y mutilaciones a toda cámara, cada cierto rato, seguido por el descanso de una tanda de diálogos.

Tal sería el credo del gore. El nuevo reto sería lograr representaciones de la destrucción del cuerpo cada vez más convincentes y extravagantes. Dando por sentado que el público necesita sentir que todo es falso, ¿a ver que tan fácil les resulta esta vez? Es así como todo un campo de los efectos especiales en el cine se puso manos a la obra. “Blood Feast” resulta tan entretenida porque es justamente el torpe comienzo de todo eso. Si hiciéramos una película gore casera nada más barato que comprar carne en el mercado. Así fue como Herschell Gordon resolvió el asunto de los efectos. La lengua extirpada perteneció a una inocente oveja, los sesos parecen menudencia de pollo y quién sabe que otras porquerías tuvieron que ponerse encima aquellas muchachas.

Después del éxito de “Blood Feast”, Herschell Gordon Lewis no desperdiciaría la oportunidad de seguir llenándose los bolsillos con su nueva fórmula. Su nombre comenzaba a susurrarse entre la nueva marea de aficionados al cine más sórdido. Los siguientes títulos “2000 maniacs” (1964) y “Color me blood red” (1965) completarían su “trilogía de la sangre” con más historias de asesinatos en serie y abundante hemoglobina. Sus producciones posteriores (“The wizard of gore”, 1970, sobre un mago que pide un voluntario para cortarle las piernas de verdad, o “The Gore Gore Girls”, 1972, donde los destripamientos se realizan en un night club) redundarían en lo mismo pero con estándares creativos aún menores. Eventualmente el negocio se agota, Herschell Gordon Lewis abandona el cine y funda una exitosa empresa de marketing. No es para menos, un hombre que logró hacerse rico vendiendo carne cruda en el cine puede enseñarnos a vender cualquier otra cosa.

publicado por Andrés Mego el 21 julio, 2008

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