El valor de apoyarse en las imágenes, mucho más que en los diálogos, acaba por convencernos que estamos ante una gran película.

★★★★★ Excelente

Wall-E

Uno de los abundantes detalles geniales de esta nueva maravilla de Pixar llamada Wall·E empieza ya en los mismo títulos de crédito iniciales. Una antigua canción, la del musical Hello Dolly! que Gene Kelly llevó al cine en 1969 con Barbra Streisand, es la que se encarga de situarnos en las primeras imágenes.

El tema se titula Put On Your Sunday Clothes (Ponte tus zapatos de domingo), y la letra, ingenua y vistalista, nos habla de dos jóvenes que piensan disfrutar de un soleado domingo, en lugares que de noche las luces brillan como las estrellas, y que no piensan volver a casa hasta que unas chicas les hayan besado.

La desenfadada jovialidad y el romanticismo del texto al son de una melodía de hace décadas (siglos en la acción de Wall·E) no tarda demasiado en contrastar con el paraje terrestre postapocalíptico que nos depara. El de un planeta Tierra desértido donde las ciudades están vacías y los escombros se amontonan en pilones en los lugares antes habitados por los seres humanos.

El panorama se acentúa mediante el empleo de colores de tonos opacos y apagados, resaltando la sensación de un estado tan solitario como deprimente. Y no tardaremos demasiado en descubrir que el único indicio de vida es el de una criatura artificial, un robot creado con la misión de limpiar el planeta de los despojos y la contaminación. Una máquina sin nombre (Wall·E sólo indica la serie a la que pertenece, "Waste Allocation Load Lifter-Earth-class"), pero que ha ido desarrollando sentimientos y vida propia.

Y entre su solitaria tarea de ir recogiendo y ordenando la basura incluso se fija en aquellos trastos también antiguos que le resultan tan interesantes como para llegar a coleccionar: un cubo de Rubik, muñecos o una vieja cinta de VHS con la película de Hello Dolly!.

Que Andrew Stanton es un genio, ya no hay duda. A diferencia de las películas de Brad Bird (Los increíbles o Ratatouille), sus puntos de partidas son mucho más simples (un pez perdido en medio del océano en Buscando a Nemo, un robot que sólo busca el amor en Wall·E…) pero como marca distintiva, y sin que apenas lo notemos, acaba por redondear la propuesta del tal manera que acaba convirtiéndose en un material mucha mayor riqueza. Además de lograr, como por arte de magia, crear siempre personajes, como esta caja de sorpresas, nunca mejor dicho, bautizado como Wall·E. De "ojos" y movimientos absolutamente cautivadores, tan bien definidos y animados que se erigen en iconos instantáneos del cine, y a los que tampoco escapa esa robot femenina Eva (Eve), de trazo tan simple como inolvidable (un sólo gesto de los dedos de su mano es ya un detalle lleno de vida y sentimiento).

Otra ocurrencia espléndida, la enorme sorpresa que nos depara el comprobar en que se ha convertido la raza humana superviviente después de 700 años de exilio en el espacio pero ante una vida plagada de todo tipo de comodidades y demasiada supeditada a la tecnología. Además del hecho que en con la aparición de los humanos el cromatismo vuelve a ser más vivo, pese a que sean los robots los auténcicos seres dotados de sentimientos, e incluso obsesiones y locuras más humanas. Y unas referéncias cinéfilas, sea a Hello Dolly! (la representación de lo que más desea Wall·E), E.T. , Naves misteriosas, 2001: una odisea del espacio, Blade Runner, Inteligencia artificial o las antiguas películas cómicas de Chaplin o Buster Keaton, que a lo largo del metraje se revelan tan acertadas como esenciales.

En definitiva, un argumento futurístico (con tintes de advertencia ecológica y crítica al consumismo), el recurso tradicional del amor, persecuciones finales tan inevitables como clásicas, paisajes familiares, estampas del futuro… hacen que Wall·E con sus recursos, texturas, referencias o personajes tiende constantemente puentes entre el presente, el futuro y el pasado en un equilibrio de espacio, tiempo y temáticas tan harmonizado como sublime.

A parte de la mano y mente maestra de Stanton, detrás de Wall·E hay muchos más genios (casi anónimos), trabajando en su terreno (animación, efectos visuales, música…), pero es obligado destacar uno más: Ben Burtt, el diseñador de las "voces" y sonido de los robots del filme, y que si no gana los dos Oscar en esta categoría (sonido y efectos de sonido) el próximo año es para relegar al olvido eterno los premios de la Academia.

Y el valor de apoyarse en las imágenes, mucho más que en los diálogos, acaba por convencernos que estamos ante una gran película.

publicado por Carles el 18 agosto, 2008

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