Existe un propósito por el cual alguien de la talla de Haneke se atreve a “autoplagiarse” con su última obra. Probablemente, ese propósito se encuentre en el juego que se establece principalmente entre la perversa pareja de jóvenes y el espectador.

★★★☆☆ Buena

Funny games (2007)

Pocos son los casos de directores que se han reversionado a sí mismos, y menos los que han trasladado la acción y la producción de su país de origen al mercado americano. Quizás el nombre principal sea el de Alfred Hitchcock, quien ha hecho de El hombre que sabía demasiado, dos películas completamente distintas, con valores propios, tanto la británica versión original, como la remake americana. También es difícil recordar numerosos casos de remakes calcadas de la versión original, y de nuevo habría que pensar en Hitchcock, en Psicosis, y en su controvertida remake plano a plano a cargo del talentoso Gus Van Sant. Difícil es encontrar ambos casos en uno, y para eso tenemos a Haneke con su remake, diez años después, de Funny Games, quizás uno de sus films más emblemáticos del período austríaco, trasladado ahora a Hollywood, y con nombres de peso en el reparto, como Naomi Watts y Tim Roth. Podríamos sacar conclusiones apresuradas, alegando que al ser esta una copia (un homenaje, una autocelebración) de la original, pierde fuerza de manera natural si se la compara con aquella (y cómo no compararla si son exactamente iguales), que las actuaciones de Watts y Roth son débiles y artificiales en comparación con las tremendas y subyugantes personificaciones de Susanne Lothar y Ulrich Mühe, quien recién adquirió fama mundial con La vida de los otros, su última película antes de su pronta desaparición. Efectivamente, todas las conclusiones apresuradas no dejan de ser ciertas. Sin embargo, existe un propósito por el cual alguien de la talla de Haneke se atreve a “autoplagiarse” con su última obra. Un propósito mucho mayor que el acercar su obra a un espectro más amplio de espectadores. Probablemente, ese propósito se encuentre en el juego (o los juegos) al que alude el título y la trama, un juego que se establece principalmente entre la perversa pareja de jóvenes y el espectador de la película, juego al que aluden en la apuesta principal, en las constantes y sostenidas miradas cómplices a cámara, y en la reiterada idea que aparece en los diálogos acerca de cómo debe desarrollarse una película, al punto de llegar a que uno de los jóvenes busque el control remoto, para rebobinar la propia película, y así evitar la muerte de su compañero. Esta idea se sostiene fuertemente en esta, y tal vez esa impresión de artificialidad en el elenco (artificialidad que se refleja principalmente al comparar la versión original con su mímesis) venga a encabalgarse sobre esta interesante reflexión sobre la ficción y la realidad, y la comunión de ambas, que se traduce del diálogo de los jóvenes en la última secuencia. La complicidad de Paul con el espectador rompe el verosímil de la película, tanto en la original como en esta, y establece un verosímil distinto, donde el juego se vuelve eje central, y el espectador, partícipe necesario de este. Fuera de eso, solo un elemento destaca esta versión de la anterior, y es la forma en que se remarca aún más la homosexualidad de la dupla de criminales. El resto, si bien nos deja con la obvia sensación que nos puede dejar una película que es un calco de otra, nos hace pensar en la posible síntesis que resultaría de dos obras aparentemente idénticas. Síntesis que evidencia la cruel y tortuosa atemporalidad de los hechos, situaciones y personajes que narra (diez años después y en otro continente), y que principalmente viene a exponer una idea que se enfatiza al colocar ambas películas sobre la balanza: El complejo entramado que representa la construcción de una película. Si Hitchcock en Psicosis nos mostraba cómo la protagonista puede morir al final del primer acto, Haneke viene a exponer cómo se puede contar una extensa sesión de torturas a la familia protagónica, quebrando con ello varias leyes edulcoradas y convencionales sobre cómo debe ser una historia según el reglamento Hollywood, para quebrar luego otras leyes como, por ejemplo y especialmente, la invisibilidad de la cámara. Con respecto a estos movilizadores preceptos de Haneke, basta decir que quienes hemos visto algo de su filmografía, quienes hemos padecido y/o disfrutado algunos de sus provocativos y shockeantes films, sabemos a esta altura que el maestro austríaco no suele ser adepto a los finales felices y, mucho menos, tranquilizadores. Ni esta, ni la original, son la excepción.
publicado por Leo A.Senderovsky el 21 agosto, 2008

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