Nada malo podía salir de una mezcla entre el enigmático judío y el orondo americano porque si dos cosas geniales se juntan el sabor se potencia al máximo, como el vino y el jamón o el sexo y el amor.

★★★★★ Excelente

El proceso

Tomando la novela inacabada de Kafka y (como suele ser habitual en él) haciendo algunos cambios en el guión, Orson Welles plasmó en pantalla la indefensión del hombre individual ante las fuerzas públicas. Nada malo podía salir de una mezcla entre el enigmático judío y el orondo americano porque si dos cosas geniales se juntan el sabor se potencia al máximo, como el vino y el jamón o el sexo y el amor.

Todo lo que pueda decir de esta película es poco, sólo quisiera mandar desde estas humildes líneas mi infinito agradecimiento al señor Socioapatía por haberme descubierto esta joya. Siempre me sucede que cuando un film me marca mucho me paso varias semanas sin ver otro, y con éste quedé casi paralizado durante días. No podía desviar mis pensamientos de esta grotesca pesadilla en blanco y negro.

El primer golpe de efecto de Welles es comenzar con el “Adagio” de Albinoni. ¿Quién se puede negar a ver una película que comience así, aunque la interpretaran el Resines y Loles León?. Acto seguido, un relato corto del propio Kafka leído y comentado por el cineasta, que ya nos ha ganado para la causa. Y los primeros diálogos entre el protagonista y sus interrogadores no tienen precio, de verdad.

De ahí al final podemos ver hecha imágenes la genial frase de Ralph Waldo Emerson, “la sociedad es una conspiración contra la personalidad de cada uno de sus miembros”. Welles encierra en dos horas toda la angustia que un hombre siente al verse en manos de una burocracia absurda, de hecho “El proceso” es como una mezcla entre la típica cinta americana sobre un condenado a muerte y una película de los Hermanos Marx. Imaginad cómo sería ser juzgados por algo que desconocéis y que los jueces fueran Groucho, Chico y Harpo tocando la bocina. Pues algo así pero en serio, dentro del tenebrismo decorativo más grande del cine desde aquellos filmes expresionistas alemanes de entreguerras de Lang o Murnau. Los escenarios opresivos y oscilantes hacen crecer todavía más el desasosiego, especialmente el cuarto del pintor con todos esos niños intentando colarse por las rendijas. Se puede oler el miedo y la angustia del protagonista, podemos imaginarnos en esa espiral de locura e indefensión, y todo esto es mérito del gigante Welles. Jamás me cansaré de elevar a este hombre a los altares.

El protagonista (Joseph K) es Anthony Perkins, un actor que para ser honestos nunca me ha convencido en absoluto, ni siquiera aquí. Siempre he dicho que me encantan “Psicosis” o “Asesinato en el Orient Express” a pesar de él. Lo veo tan inexpresivo ….  En las escenas en las que actúan juntos, el propio Orson Welles se lo come vivo. En féminas aparecen una bella Jeanne Moreau (la Carla Bruni de los 60) y Romy Schneider.

Me dejo mil cosas porque para comentar semejante maravilla habría que escribir un libro. La ambigüedad de los personajes, por ejemplo, es fascinante. La enfermera con atracción sexual hacia los enfermos, la aterradora sobrina cotilla y el tío de Joseph son geniales. Éste último se lleva la palma en la película, por un lado se preocupa realmente de él y por el otro es parte de la locura social que lo condena. La dualidad del ser humano.

En fin, que más haréis viéndola que leyendo a este gañán que transforma oro en cuatro líneas mal paridas. Tanto libro como película son imprescindibles. 

Lo peor:

publicado por Javier Martínez el 28 agosto, 2008

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