Nunca pretende emocionar al espectador, siendo su principal objetivo un profundo estudio de los personajes, que resalta entre la multitud de reiteraciones y típicos tópicos que huelen a viejos.

★★★☆☆ Buena

Los Girasoles Ciegos

Sin la película Los girasoles ciegos, el cine español, ya de por sí estancado en la reiteración o en el más puro clasicismo, hubiera continuado su cada vez peor dibujada línea. Ésta, sin ninguna duda, es otra pequeña muestra de la preocupante falta de innovaciones lingüísticas-cinematográficas y, sobre todo del tan trillado tema de la posguerra española, el cual se usa ya, simplemente, como telón de fondo y no como reflexión. Entre toda esta problemática de puro estancamiento, apenas surgen nuevas ideas, nuevas puntos de vista, lenguajes… Prácticamente todo queda concentrado en predeterminaciones; y es por eso que productos como el film en cuestión no aportan ni tan siquiera un pequeño empuje positivo a este cine tan conservador, vago y carente de ambición, salvo honrosas excepciones -, Portabella, Rosales, Guerín o incluso el mismísimo Amenábar-.

El cine de José Luis Cuerda, al que yo denominaría "cine clásico del de siempre", tampoco avanza en esta sencillamente correcta adaptación de uno de los fragmentos de la aclamada novela de Alberto Méndez. En primer lugar, en el hecho de ser una adaptación de una novela sobre la posguerra se dejan claros dos aspectos: que apenas hay un mínimo riesgo en la originalidad de la propuesta y que sigue en pie la cansina moda de adaptar otras ideas -digamos que, entonces, el factor de personalidad disminuye considerablemente-. Por otra parte, y sin haber leído la obra de Méndez, me da la sensación que era la más acertada para ser llevada a cabo cinematográficamente, tanto por su diseño -los interiores de la casa protagonista, que aparecen muy a menudo, eran un verdadero juego de estilo bastante atractivo que, finalmente, ha salido ganando con creces- como por el contenido, que pese a radicar en lo mismo de siempre -dolor, mentira…-, presentaba ese encerramiento de un hombre invadido por la culpa que cada vez puede soportar menos las presiones que lleva encima. Y es que sin ser, de ningún modo, un paso adelante en la innovación, consigue atraer al espectador que busca algo más que homenajes a personajes distinguidos después, y durante, la guerra civil española.

El hecho de estar interpretada por dos ases de su profesión -y habituales, sobre todo ella, en el último cine bueno -aunque no demasiado arriesgado- hecho en España-, la película Los girasoles ciegos gana calidad, pero pierde credibilidad. No obstante, requería un reparto conocido -Verdú, Cámara, Arévalo, Príncep…- para resultar más atractiva de lo que en realidad es. El triángulo protagonista, como causaban las expectativas, resulta ser de lo mejorcito de la película, mostrando en todo momento seriedad en su trabajo. No es en vano que la escritura de sus personajes sea lo más destacado del film, pues se trata de un ejercicio de reflexión bien hecho sobre los sentimientos más oscuros del ser humano y, desde luego, sobre la conciencia. Destacar un Javier Cámara nada contenido y muy cercano que se sale en uno de los mejores momentos del film -ése en que, hastiado de todo lo que le rodea, y ansioso de libertad, abre la ventana y pega un grito descomunal-. Si bien, muchos tacharán que el personaje del diácono obsesionado con la madre de uno de sus alumnos -una mujer fuerte y contenida por el miedo- sea, en ocasiones, ridículo y literalmente increíble -véanse escenas tan prescindibles y reiterativas como la búsqueda de él a ella por el pueblo o los intentos de atracción-, debido a que resulta ser el más aparentemente atractiva de cara al público. Y pese a toda la excelente concentración en el interior de los personajes, despunta -no precisamente de manera positiva- esa pequeña historia sentimental, usada simplemente como la otra cara de la decisión humana -contraria a la del encerramiento del protagonista y marcada por la huída y la rebelión- de manera torpe y desaprovechada.

Como ven, cantidad de irregularidades en el guión póstumo de Rafael Azcona -a quién muy noblemente está dedicada esta película- hacen que resulte, éste, uno de los aspectos menos positivos de Los girasoles ciegos -título precioso y coherente, por cierto-. Eso sí, nunca pretende emocionar al espectador, siendo su principal objetivo el profundo estudio de los personajes, que resalta entre la multitud de reiteraciones y típicos tópicos que huelen a viejos. Y destacar, antes de que que se me olvide, un trabajo técnico impecable, que quizás se excede en la austeridad del depresivo paisaje, pero siempre resulta estimulante.

Ni es, como claman muchos, la película española del año, ni, desde luego, la peor de todas. Es simplemente un producto que hace retrasar al cine patrio del, esperemos que prometedor, futuro próximo, esperanzadoramente marcado por el tratamiento de nuevas técnicas y lenguajes artísticos. Sencillamente correcta.

Lo mejor: la profundidad de los personajes.
Lo peor: es más de lo mismo.
publicado por Ramón Balcells el 7 septiembre, 2008

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