Rhys-Meyers aporta morritos y apolínea presencia al héroe de turno. Todo lo demás es obvio, lineal, epidérmico, facilón, de emociones gruesas, de mercadillo. Producto dominguero olvidable y olvidado.

★★☆☆☆ Mediocre

Los niÑos de huang shi

El rostro del héroe cambia, tal vez sea lo único que muda en los dibujos que el cine hace de sus grandezas. Lo que late en el fondo es idéntico relato a relato. Me da igual un Michael Caine zarandado a pleno fuego abierto, o ese Jeremy Irons haciendo crónica del desamor, es lo mismo el careto de Mel Gibson, el de Sam Waterston, o el gran Nick Nolte, o Warren Beatty, o Gene Hackman. Adalides de la información en mitad del conflicto. Héroes por accidente que dan cuenta de la lucha sin más trinchera que su honestidad. Buenas escaramuzas las suyas, la modernidad ya los entroniza como los contadores de la infamia, redentores de nuestra conciencia.

Jonathan Rhys-Meyers pone morritos sensuales, mirada intensa y bella estampa a las órdenes de Spottiswoode en esta nueva entrega bélica que no engrosaría un hipotético listado de obras magnas del género. Pese a toda la guerra que se deja ver en su metraje calculado para emocionar al menos cauto. Pese a toda su estantería de recursos diseminados hasta el detalle. Aunque el amor embotellado, falso y socorrido haga su presencia bajo los ropajes de la épica. La corrección empapa los fotogramas del primero al último, nada, y acentúo la palabra, se sale del patrón dictado por la ortodoxia. El director, nunca reivindicable como autor, controla el oficio y lo despliega en acción rutinaria, factura de telefilme dominguero, epidermis en personajes y su maleta emocional. La mecánica de la aventura toma cuerpo -qué menos- con pulso firme en casi todos los tramos del viaje. En otros no tanto. Es por eso de los desequilibrios rítmicos por lo que la rutina, la sensación de déja vu termina infectando la mirada.
Reconozco haber recibido lo que esperaba y no caer así en decepciones. La película de Spottiswoode es de las que se huelen a distancia, el aroma no engaña, es el pachuli del cine comercial. Sabía de antemano que el rizo de la convención ahogaría toda la propuesta hasta exprimirla. Por eso dejé que un entretenimiento nada entusiasta se apoderara de mí en dos horas facturadas con voluntad de la buena, canonizando el valor de la acción espolvoreada de buenas intenciones. La odisea es aquí la de un enjambre de niños chinos, desheredados y hambrientos, que pueblan un hospicio recóndito bajo asedio nipón y son salvados de la muerte por un periodista -el hermoso Rhys-Meyers- recauchutado como profesor y, a la postre, mártir por su causa. Se observará que la historia, su esqueleto, está lejos de ser insólita, digna de impacto. Se podrán listar los clichés que la embadurnan y prever el trayecto de mutua dependencia con que este grupo humano acariciará corazones y estómagos. Pero superado el recuento poco más quedará por resaltar.

No es esta la fábula ribeteada de conciencia política, aunque el espacio y el tiempo consigan recrearse con fidelidad. El marco conflictivo luce a pincelada pulcra, comunistas y nacionalistas se nombran, se percibe la tensión de una etapa crítica. Sin embargo, el periodista deja de serlo y pasa a otro nivel, el de padre de los infantes, el eslabón familiar que la guerra les arrebató. Por ese camino, el guión vierte su dimensión humana -qué concepto, qué hermosura-, pero la facilona, la que no escarba en conflictos, donde los sentimientos suenan a prefabricados, ramplones y tibios. Nos creeemos este cuadernillo sobre epopeyas imprevistas porque unos señores ancianos nos lo aseguran en el epílogo postizo. Más o menos en la línea de Spielberg y la hazaña salvadora de Schindler pero con menos entidad.
El broche final confirma la escasa creatividad del producto, su fragancia acartonada en pos de la veracidad. Ya lo dice la coletilla del marketing para ganarse parroquia, los hechos reales inspiran la ficción. Ahora también. Niños atravesando montañas, la lucha contra los elementos como simbolismo romo y sin dobleces. Porque de lo que se trata es de luchar por la vida, el camino es superación. Y, tras asistir al extenso recetario de sinsabores, el virus de la mediocridad carcome la aventura y ya no nos importa nada. Ni el sepelio del héroe ni su recuerdo ni los niños ya adultos ni la melodía insistente. La mente se vacía, queda hueco el sitio destinado a la seducción. Otras proezas nos cautivarán.
Lo mejor: La dirección artística.
Lo peor: Que la hemos visto mil veces antes. Su peste a telefilme de baratija con todas las concesiones a una emoción de saldo. Su excesiva duración. La escasa fuerza de Rhys-Meyers.
publicado por Tomás Diaz el 6 noviembre, 2008

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