muchocine opiniones de cinedesde 2005

Enquistada en algunos buenos tópicos del cine, tal vez del mejor cine, pero de Eastwood esperamos siempre un grado de lirismo, de emoción pura, El intercambio consigue su propósito: entretener con oficio, darnos calidad en un previsto envoltorio…

★★★☆☆ Buena

El intercambio

Charlaba animadamente con un amigo acerca de la contribución del cine al modelado de la ficción que cada uno lleva dentro para soportar la realidad, que a veces se embrutece de rutina y mutila el entusiasmo sencillo de las historias bien contadas y bien oídas, las historias de amor y de fe, de cordura y de desquicio. Lo que importaba (decíamos) era la envoltura del regalo, el desprecintado lento de su contenido y luego, al final, paladeando, sintiendo su cercanía y su asombro, el cuento puro. Las películas de Clint Eastwood han estado casi siempre muy sobriamente contadas. Tiene el maestro Eastwood ese noble arte academicista, de mecanismos narrativos clásicos. Incluso cuando cae en la rutina y se dedica a copiar lo que ha aprendido (cuántos lo hacen) el maestro Eastwood es un zorro de la camada de los zorros listos que conoce con precisión la forma en que el espectador mira una película. Sabe qué darle, qué caminos recorrer y cómo hacer el recorrido para que la impresión de la travesía sea, a primera instancia, buena. El público menos versado en sus trucos y en sus razonables bajonazos de talento no aprecia que El intercambio es un ejercicio enciclopédico de cine. El maestro Eastwood coge la letra A y luego la B y más tarde la C y va cogiendo de cada letra lo más granado y lo más eficaz para que El intercambio, la película de estas navidades, sea cine de altura, entretenido como pocos, pero íntimamente deshuesado, desafectado de esa sensibilidad primaria que enfocaba a sus protagonistas (Bird, Sin perdón: mis favoritas) con complicidad y los aureolaba del encanto épico de los seres que estaban (en el fondo) por encima de las historias en las que su autor los había abandonado. La madre-coraje Collins/Jolie (convincente, aunque excesiva) se acoge más al sensacionalismo de tabloide, en su versión estilizada y glamurosa, que a la investigación sentimental, la que exhibe la moralidad y la verdad, pero Eastwood conduce con oficio, filma sin estridencias y termina entregando al fiel público una obra menor, que no ha sabido o no ha querido convertir en una cosa de más peso, limitándose a resolver una ecuación y no a despejar con su habitual maestría (y conocimiento y arte, en definitiva) las incógnitas. Éstas que aquí se despliegan (la corrupción del cuerpo policial, la abnegada terquedad de una madre violentada y anulada, la oscura trama política) carecen por completo de poesía. Y antes, en muchas obras del zorro Eastwood, había poesía a cañonazos. La había en Mystic River, tan seca, tan amiga de la elipsis y de la complicidad intelectual de un espectador motivado y esforzado en aprehender detalles clarificadores, símbolos de la naturaleza lírica del cine que este venerable anciano de manos febriles y cerebro todavía iluminado ha hecho en las últimas dos decadas. Toda esa tosquedad visible de sus historias tutelaba ternura, celaba un amor infinito por el género humano y por cuestiones universales como la culpa, la redención o el fatalismo. Nada de eso hay en El intercambio, y a pesar de que pocas cosas nos remitan al buen Eastwood de antaño, encontramos una película que devoramos en un suspiro, a pesar de sus dos horas y media; una del tipo que no veremos en mucho tiempo pero que recomendamos a quien pillamos a la salida del cine, pero a mí me sigue gustando mucho más el cine que busca historias más retorcidas, donde el desequilibrio y la sordidez (la que le falta a El intercambio, que a veces se relama en soluciones dramáticas de saldo, como el drama carcelario) sostenga el edificio narrativo, aunque luego el director esté en la bendita obligación de conmovernos con otras armas, a pesar de que lo expuesto, lo que nos ofrece, nos hiera en algún lugar de nuestra ya anestesiada alma.
Lo mejor: La sensación de estar viendo una película clásica. Clásica en el sentido más comercial del término. Cinefilias, aparte. La Jolie, sí.
Lo peor: La sensación de estar perdiéndonos un peliculón, que Eastwood desgracia por imperativos de trabajo. No se pueden hacer, a esa edad, dos películas a la vez y pretender ser un genio en las dos. Esperemos que Gran Torino funcione mejor...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 25 diciembre, 2008

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