aún siendo un prodigio en el género, la película es una compleja obra de arte que, una vez vista, se presta al análisis y a la interpretación subjetiva

★★★★★ Excelente

2001, Odisea del espacio

Cuando el mundo se vio sacudido por un inicio de revolución estudiantil, por unas ideas utópicas que fomentaban el amor libre y el final de todas las guerras, cuando todo esto sucedía un genio llamado Stanley Kubrick estrenaba su obra más importante: 2001.


Con años de preparación y basada en un guión del propio director y de Arthur C. Clarke -que simultáneamente escribía la novela- la cinta resultó ser un hito en la historia del cine. 2001 cambió la ciencia- ficción y los efectos especiales ya no volvieron a ser los mismos (ganaron el oscar). Pero, aún siendo un prodigio en el género, la película es una compleja obra de arte que, una vez vista, se presta al análisis y a la interpretación subjetiva.

En 2001, Kubrick juega con el tiempo como nadie lo había hecho antes. La cinta se estructura en tres episodios de desigual duración: un corto donde unos primates, antepasados del hombre, descubren un monolito que de alguna manera les infunde inteligencia. Con ella descubren que pueden utilizar los huesos de otros animales como herramientas o armas.

El director se vale de la mayor –y mejor- elipsis de la historia (unos cuatro millones de años) para mostrarnos el resultado de la evolución del conocimiento humano: una civilización que ha sido capaz de construir una estación espacial. El punto de vista del espectador –y la Teoría de la Relatividad- provocan que, esta vez, el tiempo se detenga y la maniobra de aproximación de una nave parezca un baile al son del “Danubio Azul”, en una de las secuencias más bellas jamás filmadas.



Después de finalizar el segundo episodio, con el descubrimiento de otro monolito en La Luna y el primer contacto con seres extraterrestres, comienza la trama central donde una expedición galáctica se dirige hacia la situación de un tercer monolito. El viaje espacial es controlado por un ordenador: HAL (a estas alturas todo el mundo sabe que las siglas elegidas son un homenaje a IBM -sólo hay que cambiarlas por las letras que les siguen en el abecedario-, sin embargo Arthur C. Clarke siempre aseguró que no fue intencionada esa elección).

Kubrick vuelve a estirar y encoger el tiempo –y el espacio- a su antojo, para presentar las actividades cotidianas y dramáticas como una suerte de aplicación multidimensional fascinante. Su interés por las relaciones entre el creador y su obra son el eje de la acción: el hombre que quiere controlar a la máquina y ésta que lucha por obtener su propia identidad. El director mantuvo toda su vida esa obsesión y no pudo llevar a cabo su proyecto más ambicioso (finalmente rodado por Spielberg, y curiosamente estrenado en 2001, aunque con resultados discutibles). Lo que Kubrick esperaba era poder asignar el papel protagonista a un verdadero robot.

El conflicto entre el hombre y la computadora se resuelve de forma trágica, pero resulta paradójico cuando el espectador asiste a la conclusión del filme. En otro alarde de manipulación temporal por parte de Kubrick, el astronauta es testigo de su propio destino, a la sazón controlado por un ser de inteligencia artificial: el propio monolito.
No sé si esta conclusión es acertada, pero de cualquier forma deberíamos tener presentes las palabras del propio Arthur C. Clarke, que dijo algo parecido a esto: “Si se entiende 2001 completamente, entonces es que hemos fallado. Lo que pretendíamos era que surgieran más preguntas que respuestas”.
publicado por Ethan el 11 enero, 2009

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