Espantosa, nefasta, abominable… si hay algo que le sobra a El Gran Stan. El Matón de la Prisión son los calificativos, un insulto a la inteligencia del espectador perpetrado por el poco menos que inaguantable Rob Schneider

★☆☆☆☆ Pésima

El gran Stan El matón de la prisión

Hay películas tan horrorosamente malas que tener que asistir a su visionado es peor que zambullirse de cabeza en una piscina repleta de pirañas carnívoras. El día en que el tribunal de La Haya reconozca que este tipo de cintas son una muestra más de tortura psicológica, emocional e intelectual, muchos llamados cineastas harán buen uso del dicho pies para qué os quiero.

Uno de los primeros que deberían poner los pies en polvorosa es el cómico y ahora también director Rob Schneider, que no contento con martirizarnos con títulos de tan imborrable recuerdo como Gigoló (y su secuela), Estoy Hecho un Animal o ¡Este Cuerpo no es el mío!, se cierne una vez más sobre los cines cual cataclismo o plaga bíblica con El Gran Stan. El Matón de la Prisión. Una vez sufrido el tormento digno de Torquemada que significa ver este film, se comprende por qué Schneider es su director. Y es que a lo largo del tiempo, uno se encuentra con guiones malos, muy malos, horribles y peores, pero hay que reconocer que el libreto urdido por Josh Lieb se lleva la palma y consigue superar el umbral de la bajeza, chabacanería y mal gusto. Tanto que es lógico que no hubiera ningún director dispuesto a hacerse cargo de él, y menos si encima hay que aguantar las payasadas carentes absolutamente de gracia del propio Rob Schneider. La película está plagada de referentes y guiños cinematográficos insultantes que van desde Kung Fu a La Leyenda del Indomable. Por si le faltara algo a tan explosiva combinación, el film reserva una desagradable sorpresa para su recta final: un patético intento de denuncia social tan sonrojante que provoca la vergüenza ajena.

Espantosa, nefasta, abominable… si hay algo que le sobra a El Gran Stan. El Matón de la Prisión son los calificativos, un insulto a la inteligencia del espectador perpetrado por el poco menos que inaguantable Rob Schneider.

Lo mejor: Si hay que quedarse con algo... con ver a David Carradine riéndose de sí mismo
Lo peor: Todo lo demás
publicado por Francisco Bellón el 22 enero, 2009

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