Con Revolutionary Road el cineasta británico escarba un poco más en ese ideal de felicidad, esa quimera tan brillante pero a la vez tan irreal como el espejismo y la promesa de un oasis en pleno desierto que es el sueño americano

★★★★☆ Muy Buena

Revolutionary road

Revolutionary Road no sólo supone el mediático reencuentro cinematográfico de Leonardo DiCaprio y Kate Winslet once años después del fenómeno que catapultó al primero a la fama internacional, sino que significa el regreso de la mejor versión de Sam Mendes, uno de los cineastas más influyentes y de mayor impacto de los últimos diez años.

A partir de la aclamada novela Vía Revolucionaria, de Richard Yates, Sam Mendes examina de nuevo de forma crítica a la sociedad norteamericana y su aparentemente idílica pero falsa e hipócrita sensación de bienestar y felicidad. Un tema que fascina a Mendes, como ya demostró en American Beauty, donde presentaba a unos personajes que se rebelaban y hacían frente, de una forma u otra, a la apatía y la rutina que se esconden detrás del sueño americano. Sin embargo, con Revolutionary Road el cineasta británico escarba un poco más en ese ideal de felicidad, esa quimera tan brillante pero a la vez tan irreal como el espejismo y la promesa de un oasis en pleno desierto. La película analiza el duro y traumático despertar del sueño americano de una joven pareja de clase media que en su juventud ambicionaba llegar a ser diferentes de la gran masa gris de los barrios residenciales. Mendes va tejiendo un relato, en alguna ocasión excesivamente denso y farragoso, en el que analiza dos posiciones bien diferenciadas frente a la impotencia y la frustración provocada por los sueños hechos añicos: por un lado emerge la actitud más romántica e idealista que está dispuesta a rebelarse frente a esa situación (representada por una soberbia Kate Winslet), y por otro el conformismo y la autoindulgencia más absoluta (encarnada por un gran y convincente Leonardo DiCaprio). Un plantel de secundarios extraordinarios, con una magistral Kathy Bates y un brillante y ácido Michael Shannon, y una puesta en escena minimalista ponen el broche de oro a una gran película, la gran olvidada en la temporada de premios de Estados Unidos.

Lo mejor: La crítica sin concesiones al ideal de felicidad americano
Lo peor: La película es algo farragosa y lenta en su nudo
publicado por Francisco Bellón el 22 enero, 2009

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