Intimista al tiempo que desenfadada, La princesa de Nebraska expone con convicción la colisión de dos culturas, la china y la americana. Es decir, la tradición y el capitalismo, a través de una muchacha embarazada que se plantea abortar en USA…

★★★★☆ Muy Buena

La princesa de nebraska

Hay canciones que aturden: quien las oye queda envarado en una zozobra lúcida de la que no desea, en parte, salir. Incluso hay quien regresa a ellas para recuperar el asombro primitivo. Pasa algo parecido con el amor: quien lo padece termina anulado, dificultando en ese embelasamiento inoperante toda posibilidad de uso razonable de la inteligencia. En La princesa de Nebraska hay un desconsuelo moral, una especie de negligencia ética a la que se llega desde el amor o desde la ausencia del amor, en todo caso. Hay un deseo fragmentado y un casi imperceptible cordón umbilical (figurado y más tarde bien tangible) que conecta el pasado con el futuro, la vida abandonada y la vida esperada. La parquedad en los diálogos, la sentenciosa música, su breve duración y su vehemencia estética contribuyen a que la película de Wayne Wang, aquí apartado de Paul Auster, al menos en los créditos, no sea uno de esos arrebatos fundamentalmente sentimentales sobre la colisión de dos culturas (la china y la americana) y cómo una muchacha, embarazada en Pekín, decide viajar a San Francisco con la duda sobre si abortar o no. Hope there’s someone, la sobrecogedora melodía de Antony and The Johnsons, oída en un escenario limpio y desnudo, sirve de contrapunto acústico eficaz para que la protagonista de la película de Wayne Wang (Sasha) reformule (modifique, ecualice) su vaciado moral, su absoluta orfandad cultural. Reflexiva, aunque funcional, La princesa de Nebraska (precioso título) habla con frescura de asuntos relevantes, préstamos afectivos, interrogantes sobre la forma en la que las personas gestionamos nuestra propia identidad en este mundo cambiante, mucho más si hablamos de la transición entre la China arcaica y la China abierta al capitalismo que de alguna forma se deja ver en la ecografía (invisible para nosotros) que se hace Sasha en un momento (muy lírico, muy emotivo) del film…Y yo me quedo con esa escena concluyente, áspera, apenas sostenida por la mirada huidiza (y quizá ya madura) de Sasha y la voz insoportablemente dramática de un Antony Hagart pletórico, dotado como pocos solistas hoy en día para expresar el dolor y la deriva emocional. Cosas de las que la película trata muy hermosamente. Sin estridencias. Como una corta melodía pop que, en su fondo, cortara la respiración de quien la escucha.
Lo mejor: La sencilla historia contada : cómo se desliza y a qué hermoso final llega...
Lo peor: Que es levemente pop, diríamos, tal vez hubiese precisado un tono más íntimo, más trascendente...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 23 enero, 2009

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