Poder absoluto es un entretenido film que le permite a uno poder afirmar que disfruta del cine palomitero sin que le de vergüenza hacerlo.

★★★☆☆ Buena

Poder absoluto

Desde En la línea de fuego la trama de suspense política y de hombres culpables e inocentes pareció seducir a Eastwood, quien tras rodar el segundo film romántico de su carrera adaptó un libro de David Baldacci en cuya trama se entremezclaban precisamente esos dos ingredientes: la política y el suspense.

 

Volviendo a ponerse delante y detrás de la cámara, Eastwood interpretaba a Luther, un veterano y experto ladrón de joyas que cierta noche entra a robar en la mansión de un magnate, Walter Sullivan. Sorprendido por una visita inesperada, se esconde junto a las joyas y el dinero en una cámara secreta oculta tras un falso espejo. Allí asiste a una erótica escena entre la joven esposa de Sullivan y el mismísimo presidente de los Estados Unidos, Allen Richmond. El sexo se vuelve cada vez más violento, y Richmond pierde los estribos, maltratando a la joven. Ésta trata de defenderse y ataca con un abrecartas al presidente. Entonces el Servicio Secreto entra en acción y acaba con la joven con unos cuantos disparos. Los agentes limpian la escena para que nada incrimine al presidente, y todo parezca consecuencia de un robo. Sin embargo dejan atrás una prueba importante: el abrecartas. Luther lo recoge, y logra escapar por los pelos de los agentes. Comienza entonces para él un juego de caza en el que tanto el Servicio Secreto, la policía y un asesino contratado por Sullivan le buscan.

 

Con Poder absoluto Eastwood rodaba una película que giraba entorno a un hombre inocente envuelto en un crimen que no ha cometido, trama que repetiría en su siguiente película, Ejecución inminente. También se acercaba de nuevo al entorno cercano al presidente de los Estados Unidos tras haber interpretado a un viejo agente del Servicio Secreto en En la línea de fuego. Salvo que, en este caso, del aura de santo de Kennedy pasábamos a la total corrupción de Allen Richmond, un presidente cobarde y mujeriego que usa a los servicios del Estado en su propio beneficio; en este caso, ocultar su crimen.

Lo cierto es que con la por entonces reciente polémica de Bill Clinton y sus correrías uno se pregunta si Eastwood quería decirnos algo acerca del poder que tienen los presidentes para llevar a cabo y ocultar las en ocasiones poco presidenciales acciones, como en el famoso caso Watergate. ¿Quería decirnos Eastwood que los presidentes yanquis tienen demasiado poder en sus manos? ¿O simplemente le pareció un buen planteamiento para una historia de suspense? Imaginamos más bien lo segundo, pero… ¿quién sabe?

 

Lo que se puede asegurar es que Poder absoluto es un buen film de suspense, con un gran arranque (toda la secuencia dentro de la habitación de la mansión está bellamente filmada, incluida la pelea con reminiscencias al Crimen perfecto de Hitchcock) cuyo pulso se mantiene a lo largo de prácticamente todo el film. Eastwood se permite algún pequeño toque de humor para rebajar la tensión tras el asesinato (esas ascensiones y cabeceos de Luther mientras los agentes discuten sobre si llamar o no a la policía), demostrando que poco pueden enseñarle en esto de hacer cine de forma competente. El final quizás quede algo precipitado, con un desenlace que parece llegar demasiado fácilmente, pero de todas formas no desmerece a un conjunto que, como suele habitual en el director, es un una nueva muestra de cómo hacer cine entretenido para las masas de verano sin caer en la vergüenza ajena cinematográfica. Además, algunas escenas de la película no devuelven al Eastwood duro y frío de los viejos tiempos, sobretodo en cierta escena que tiene lugar en el hospital donde el actor nos regala un atómica frase estilo Callahan.

 

En Poder absoluto Eastwood se rodeó, como siempre, de competentes actores, entre los que destaca Gene Hackman, que nos ha regalado alguno de los mejores villanos de los últimos tiempos; Ed Harris, que interpreta al detective de policía que lleva el caso, y al gran secundario E.G. Marshall interpretando al millonario Walter Sullivan, en el que sería su último papel en la gran pantalla. Otros nombres a destacar son Laura Linney y Scott Glenn.

Poder absoluto es un entretenido film que le permite a uno poder afirmar que disfruta del cine palomitero sin que le de vergüenza hacerlo.

Lo mejor: El reparto y varios momentos realmente conseguidos a lo largo de la película.
Lo peor: Un final algo cojo.

publicado por Moebius el 26 enero, 2009
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