muchocine opiniones de cinedesde 2005

Con esta especie de Perdida en Versalles, Sofia Coppola desafía los cánones del drama histórico. Y el empacho sensorial funciona de maravilla.

★★★★★ Excelente

María Antonieta

Las vírgenes suicidas mostraba a un grupo de jovencitas extraviadas ante la indiferencia de sus padres, Perdidos en Tokio mostraba a una Charlotte confundida en una cultura ajena y María Antonieta bien podría llamarse Perdida en Versalles. El tríptico que conforman las tres protagonistas de los trabajos cinematográficos de Sofia Coppola ( responde a la principal manía de esta directora: narrar estados de ánimos y para ello usar todos los recursos cinematográficos posibles.
 

Esta convicción queda demostrada en la apertura de su tercer largometraje: la reina que personifica Kirsten Dunst "relajada" en un sillón degustando un exquisito postre y mirando directo a cámara. Esto nos indica que María Antonieta no será un drama de época en términos convencionales. Siguiendo este prototipo de escena sin diálogo, acompañado por música o no y concentrándose en el vigor actoral de una Kirsten Dunst  hay incontables escenas similares desperdigadas por todo el corpus cinematográfico. Coppola casi no precisa palabras, con imágenes y una buena actriz es suficiente, hecho por el cual también los apuntes sociohistóricos se ven reducidos a la mínima expresión. Todo está programado en función de la visión absolutamente personal sobre el personaje, sobre los sentimientos que le despertó su vida a esta realizadora.
 

La realizadora se concentra en la evolución interna y no en la consabida biopic con todos sus corsés; aplica el mismo análisis de la psiquis femenina pero en el siglo XVIII. Entendiendo este carácter no biográfico se entiende que María Antonieta no muestre vida y obra de la protagonista desde el útero a la tumba sino que recorte sus años en Versalles.Todo comienza en 1768, cuando María Antonieta es entregada por Viena en casamiento con el príncipe francés Luis Augusto (posteriormente Luis XVI). Apenas teniendo 14 años, María Antonieta es sometida al cambio cultural y al nuevo orden, siendo "desnudada" de sus costumbres literalmente antes de llegar a Francia.

 

En principio, el choque protocolar genera unas cuantas escenas tragicómicas que muestran a al princesa sometida a la rutina diaria: despertarse rodeada de gente, no gozar de intimidad, almorzar con el esposo que le ignora y le teme (Jason Schwartzman), ir a la iglesia, pasear por los jardines, etc., todo acompañado por la música de Vivaldi que acentúa el aspecto reiterativo de la secuencia. Ya para la tercera ocasión en que la película muestra el hastío de la protagonista uno no puede evitar reírse a sus anchas de las desgracia de esta heroína. Lo que Coppola quiere mostrarnos con este lucimiento del diseño de producción, el regodeo lujurioso en las confituras o en la seducción implícita del vestuario (obra de la gran Milena Canonero) es su visión (posmoderna) sobre lo que pasa por la mente de la joven monarca. La protagonista se ve alienada al no poder enfrentar la rigidez de la corte y esa explosión de colores y puntillas pronto se convierte en una jaula dorada. Es así que María Antonieta decide someterse al yugo del exceso. Superficialidad farsesca para algunos, artificio psicológico original para otros, lo cierto es que la realizadora quiere hacernos percibir el vacío interno de la joven, ¡y vaya que lo logra!

 

A partir de aquí Coppola procede con maestría a narrar las desventuras, la intimidad, frustraciones (la presión por tener un hijo por ejemplo), el espíritu trágico de esa vida y aquellos días tan convulsionados. A los franceses les disgustó la heroinización de este personaje histórico y de la era borbónica que para su cultura representó vergüenza y decadencia, pero a la vez que Coppola narra una suerte de idilio elegíaco por los jardines de Versalles y los palacios barrocos también se muestran los aspectos más incómodos del personaje como ser su pasión por el juego, el despilfarro y los hombres. Dicho sea de paso, es llamativo que las clases bajas sólo aparezcan al final, aunque su presencia se siente sin mostrarse, lo que refuerza el artificio teatral de la obra.
 

La puesta en escena es deslumbrante, lo mismo que el vestuario y el catering, que extrañamente tiene un papel preponderante. Párrafo aparte merecería la banda sonora conducida por Brian Reitzell, donde abundan las guitarras rasgadas y canciones de bandas ochentenas como New Order, Siouxsie and the Banshees o más modernas como Air y The Radio Dept, dándole a María Antonieta un aspecto anacrónico que no podría haber estado ausente. Escenas de bailes o banquetes esplendorosos coronados por clásicos del rock y el dance internacional que sorprendentemente no rompen con el clima reconstruido impecablemente dan una idea del punto de cuál fue partida de la directora. De esta manera la película de Coppola, que pese al impresionismo de su diseño de producción valora principalmente las escenas íntimas y chiquitas, es un plato fuerte para los cinco sentidos, tan adepta a socabar las convenciones de un género como embriagadora por sus logros. 

publicado por Lucas Gagliardi el 4 febrero, 2009

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