Los Crímenes de Oxford

LOS CRÍMENES DE OXFORD

2 + 2 = 5

 

¿Podemos conocer la verdad?, se pregunta el prestigioso profesor Arthur Seldom en varios momentos del filme. Y, exhibiendo sin pudor ese peculiar e incorregible talento que tenemos por estos lares para responder a una pregunta con otra, este errático columnista le diría: ¿Queremos conocer la verdad? Y ya puestos, y metiéndose sin remisión en camisas de once varas, uno terminaría de mojarse resolviendo el enigma de forma lacónica aunque concluyente: no. Lo trascendente no es descubrir una verdad absoluta, sino buscarla, perseguir con ahínco su rastro escurridizo, dudar e intentar capturar alguno de sus infinitos reflejos dentro de unos versos, una melodía o un teorema. Pero sabiendo que ningún poema, armonía o fórmula matemática lograrán nunca encerrar, dentro de su naturaleza dogmática, el estallido de una risa o el vértigo de saberse nada. Es más, conozco a un par de doses que, aburridos de sumar siempre cuatro y de vivir dentro de su petulante axioma, un buen día decidieron cambiar su destino y sumar cinco. Y, créanme, poco les importa lo que pensemos ustedes o yo. Es su verdad y punto.

En Los crímenes de Oxford una extraña serie de asesinatos alteran la ilustrada y cívica atmósfera universitaria de la ciudad inglesa. Es un thriller discursivo y pulcro donde la acción es verbalizada por los dos personajes que se ven involucrados en la trama y que aplican sus conocimientos para seguir el rastro de pistas matemáticas que va dejando el asesino: un viejo y escéptico profesor (el mismo que cuestiona recurrentemente la posibilidad de conocer la verdad) y un alumno americano recién llegado al campus. Alex de la Iglesia mezcla con elegante y comedida destreza todos los ingredientes de esta historia repleta de resonancias hitchcocknianas: sospechosos, víctimas, símbolos ocultos, los pechos de Leonor Watling, los ojos marcianos de Elijah Wood y la fuerza expresiva de John Hurt. Y el resultado final es una película algo académica y fría, pero definitivamente entretenida.

                         Antonio Boñar

         Compostela, 24 de enero de 2008

Lo mejor: La elegante y estimulante realización de Alex de la Iglesia. Y los pechos de Leonor Watling.
Lo peor: Emociona tanto como una fórmula matemática.
publicado por Antonio Boñar el 8 febrero, 2009

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