¿No estoy viendo una tragedia realista en un entorno suburbano de conflictos interraciales, que es la mejor forma de actualizar el western ? . Entonces, ¿para qué se pasa toda la puta película pensando en voz alta?. ¿Por qué una historia tan sencill

★★★☆☆ Buena

Gran Torino

Será difícil valorar con acierto a la última película de Clint Eastwood si no establecemos una distinción de base: un aspecto es el soporte textual y cada una de las secuencias que éste articula. Otro aspecto distinto – y que responde al ordenamiento resolutivo de la expresión, de cómo se define la película por su significado global – es la Idea (Imagen, como nos gusta decir por aquí) que, en última instancia, queda perfectamente transmitida, incluso su consistente e intrínseca complejidad. La teoría del arte, a menudo – y tampoco es que haya que darle excesiva importancia a estos axiomas, nada más que una mención orientativa – distingue entra una expresión que busca su valor en la forma, y otro modo de construir la obra que busca su valor en el fondo. Los críticos recurren al tópico de exigir el equilibrio entre forma y fondo como modelo ideal. Lo cual podrá ser acertado, pero no perdamos de vista que, en ocasiones, el narrador subordina las piezas al pulso dramático que late en el contenido (fondo). Y en ese latido dramático reside todo el valor de esta película.

El debate esta servido. ¿Cómo puedo/podemos validar la expresión de Eastwood teniendo sobre la mesa un guión tan autoconsciente, tan rutinario, tan esquemático?. ¿Qué versatilidad o complejidad puede tener un personaje que revela sus cartas prácticamente desde el arranque de la narración, y que ,en una secuencia posterior, su antagónico femenino recita la frase de oro – “eres una buena persona” – que desboca el factor atrayente de aquél?. ¿Por qué me explicitan incluso hasta la clave del drama, maldito sea?. ¿No estoy viendo una tragedia realista en un entorno suburbano de conflictos interraciales, que es la mejor forma de actualizar el western ? . Entonces, ¿para qué se pasa toda la puta película pensando en voz alta?. ¿Por qué una historia tan sencilla necesita subrayar lo que la ya está en la Imagen?.

Cambio de tercio. Y respuesta: porque la narración tiene su validez en todo aquello que no se dice, a pesar de tanta redundancia explícita. Un latido dramático imposible de representar de otra forma, esta es la cuestión. Es decir, el arquetipo al que Eastwood vuelve a homenajear por enésima vez (y última, deseo y espero), el justiciero crepuscular, igual que en Unforgiven , solo que ahora en vez de poner el énfasis en el heroísmo por el uso de la violencia ( atendiendo a las claves del género, estéticamente legítima, es decir, bella) orienta la acción resolutiva – véase el final – hacia la penitencia, el arrenpetimiento o el sacrifico que otorga la paz a una mente perturbada por las atrocidades cometidas en la guerra. Parece que Eastwood, en su despedida, reniega de la susodicha condición heroica, y redime, en cierta forma, al espíritu de clásicos muy suyos como Harry Callahan. No existen los héroes, solo hombres débiles, de carne y hueso, un tema principal en su filmografía más reciente. Esta vez ya no es el justiciero errático quien impone su justicia, son las fuerzas de la ley y el orden las que detienen a los bandidos.

Efectivamente, depende de dónde fijemos la apreciación: si nos centramos en la secuencia textual, en los sucesivos diálogos, percibimos la simpleza de las partes. A llegar al final y metabolizar el conjunto, potencialmente, podemos quedarnos con la consistente construción del arquetipo homenajeado. La personalidad de Walt Kowalski, caracterizada por la rudeza y el sarcasmo de un hombre sensible en su interior, termina resultando entrañable -como todos los personajes interpretados por el propio Eastwood – y, además, se permite el lujo de matizar su discurso basado en la rudeza y los malos modos, mediante el sacrificio final. Un buen final hace una buena película que venía lastrada por las imperfecciones. No me vale, en definitiva, hablar de obviedad y planicie. Porque, insistamos, la obra no es solo esa expresión concreta que tanto nos irrita. La obra es, también, – y en una abstracción sobre la que el autor construye su elegía y centra todo su esfuerzo – la presencia de Kowalski con su ceño fruncido y un entorno que lo enfrenta a sus desequilibrios internos, en su travesía desde la interpretación del tipo duro hasta su liberación con un gesto de entrega. Una presencia que concentra la significación de la puesta en escena y, finalmente, es la que nos exige comprender a una representación muy compleja.

Esta apreciación no debe despistarnos respecto a sus flaquezas: la racanería del discurso, y la chabacana manipulación llevada a cabo por Eastwood al imponer las ideas de Kowalski, vendiendo el perfil de un anciano que ha tenido una vida intensa de la que surge la sabiduría sobre la vida y la muerte , en palabras, además, de un cura insoportable en el altar de la iglesia. Esta idea, tal y como está desarrollada, funciona en el contexto social en el que se desarrolla la historia, pero no hay en ella singularidad alguna que le corresponda a esa afectuosa mirada de la que hemos hablado en el párrafo anterior, y revela un discurso no del todo coherente. Lo que Kowalski sabe de la vida se reduce a los tópicos sobre lo “machote” que hay que ser para poder sobrevivir en un mundo como aquél, que para triunfar socialmente hay que tener una chica guapa y conducir un buen coche, y que la molicie te convierte – según el doblaje en castellano – en un “atontao”. Eastwood conoce muy bien (¿?) a la sociedad norteamericana, pero cabe dilucidar si esto es un homenaje autoreferencial (al fin y al cabo, esa sería la sabiduría de Harry el sucio) o una advertencia sobre la degradación de aquél mundo. La imagen que cierra la película es patética, con el mozo conduciendo al gran torino que le ha hecho hombre. El chaval que empezaba yendo por libre, mostrando oposición a los bandoleros, con un libro en la mano, ahora va con su acorazado dispuesto a ser un buen chuloputas. ¡Que gran legado vital, Kowalski!. Una cosa es la legitimidad de los atributos propios de un cliché que merece tener su definitivo homenaje, y otra distinta es utilizar ese material como vehículo moral y doctrinario… Esta interpretación esta algo viciada, pero no vamos a negar que ese tufillo existe. Y existe porque lo requería el conjunto de referentes y la elegancia de alguien que, a pesar de los pesares, sigue siendo -hasta su óbito – un narrador efectivo. Y punto.
publicado por José A. Peig el 17 marzo, 2009

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.