La película es eficaz tanto en su diablura mercantilista como en su gesto sincero hacia el público adolescente que podrá disfrutar de una aventura sideral de hoy.

★★★☆☆ Buena

Star Trek

Aquello que en principio sugería una relectura en dirección a actualizar la franquicia, resulta en objeto que ilustra no la mirada de J.J Abrams aplicada en el nuevo marco tecnológico del que dispone el cine de hoy, sino la idea puesta al servicio de una simple operación mercantil. Un guión inteligente sirve de trampolín hacia la creación de la otra realidad de Spock, Kirk y McCoy, allí donde pueden realizar su estado de contornos específicos de la era pop prescindiendo del énfasis trascendentalista que hemos visto en las películas anteriores y en la serie original, en las cuales los trazos populares estaban circunscritos al tratamiento estético dado a la temática Sci-Fi, mientras que los discursos seguían el cauce de la odisea homérica. Lo que distingue a la película de Abrams respecto a sus precedentes, sin embargo, es la plenitud de Star Trek entendida como un festival pop, tanto en la estética como en el lenguaje que describe y desarrolla a los personajes; Uhura y Spock morreándose por los pasillos de la Enterprise, un ejemplo – entre varios que podríamos citar – de lo que esto supone. La aparición de Leonard Nimoy pretende legitimar esta vuelta a los inicios con un apunte emotivo que por momentos nos devuelve a la esencia para que los espectadores nos podamos creer que este producto respeta al original. Y logra dicho efecto siempre que sepamos agradecer el desparpajo y la brillante orquestación de personajes y secuencias. Pero, más allá de esto, la película abre ese debate en torno a la legitimidad. Cabe plantear la siguiente cuestión: si la idea es crear una nueva space-opera afin al mercado de ahora mismo y si dicha idea parte de un presupuesto sólido ( referentes añadidos a la ampliación del entertainment ), utilizar el nombre y la carcasa de Star Trek revela que la manipulación y el oportunismo emergen por encima de la recreación y la relectura. Pero, insisto, la idea que inspira el guión es tan inteligente que sería injusto señalar la preponderancia de un solo aspecto. La película es eficaz tanto en su diablura mercantilista como en su gesto sincero hacia el público adolescente que podrá disfrutar de una aventura sideral de hoy.

La realización de J.J Abrams carece por completo de una capacidad ensoñadora de lo sideral (aquello que Wise, Meyer, Nimoy y Shatner lograban por medio de la visualización hierática que – con todo – no desperdiciaba sus mejores momentos para el humor y el sentimiento del guión confeccionado con artesanía). Como era de prever, su mirada es puro nervio y sus contornos son válidos para una space-opera de igual modo que pueden serlo para una comedia "teenager". Por eso su Imagen resulta tan atractiva y versátil. A fin de cuentas, bastante original a pesar de su telefílmica mediocridad en la puesta en escena.
publicado por José A. Peig el 15 mayo, 2009

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