Noche en el museo 2

Una de las cosas que más me molestan cuando veo una comedia, es que me tomen por idiota. Por supuesto, aún me molesta más que tomen por idiota al público infantil-juvenil, cuando la comedia tiene la preocupante vocación de ser un producto "familiar-para-todos-los-públicos". El riesgo de bajar el listón, creyendo que el público es imbécil no solo me resulta insultante, sino que además hace que pierda todo interés y los chistes ya no funcionan. De acuerdo, el director del film no es Orson Welles, pero en la primera parte consiguió hacer un producto de consumo, con cierta decencia y, por qué no decirlo, cierta gracia (sobre todo por Ben Stiller, un aún no lo suficientemente ponderado actor de comedia). Claro que cuando uno se enfrenta a un delirio de tamañas proporciones, es muy complicado, por no decir imposible, salir indemne del entuerto. Stiller no ha salido, y aún mucho menos Levy: la segunda parte de esta historia sitúa al antaño guardián del museo -que parecía haber encontrado la felicidad con el trabajo, con su hijo, etc.- al frente de una boyante empresa de inventos domésticos, triunfador de teletiendas. Y claro, sus "amigos" del museo que reviven cada noche ven amenazada su existencia cuando los van a trasladar a los almacenes del Museo más grande de Estados Unidos, el Smithsonian. Imagínate el follón que se puede montar con todos los personajes que hay allí, si son revividos por la famosa tabla faraónica. ¿Y que va a pasar? Pues claro, que la tabla va a liar la de Dios es Cristo en el famoso museo de Washington. Pero claro, cantidad no es calidad, y el guión, escrito por los mismos que realizaron la primera parte parece haberse visto desbordado por hacer no ya una atracción con el film, sino un Parque Temático, y no han sabido para donde tirar. Si en la primera parte del film había un cierto toque interesante, con tramas bien definidas, gags divertidos, sin resultar ridículos, ahora todo se lleva a un extremo realmente falto de imaginación, con chistes realmente estúpidos y una trama que sencillamente no existe -y las que aparecen, terminan por extinguirse a sí mismas, sin ningún interés-. Todo el mundo parece tener un despiste de padre y muy señor mío, Ben Stiller incluido. Qué despropósito: yo estoy decididamente a favor del cine comercial, y me encanta apoltronarme en la butaca de un cine aprovisionado de palomitas, refrescos, chocolatinas y golosinas varias para disfrutar de una buena película comercial de aventuras, comedias, o lo que quieran ofrecerme para entretenerme durante dos horas. Pero cuando me toman por tonto, cuando los chistes ya están manidos, y cuando veo que lo único que intentan es replicar el éxito comercial de la primera parte, no solo me indigno, sino que me da lástima. Lástima por toda la cantidad de profesionales -como Robin Williams, un excelente actor reducido a una caricatura, o Alain Chabat, otro brillante actor cómico francés haciendo el tonto, o Hank Hazaria, sin olvidar al propio Clive Owen- que se han implicado en esta segunda parte, que ya no servirá ni para vender merchandising propio de la película o crear una atracción en un Parque Temático (insisto). Claro que igual esa era la intención de los productores desde un principio, y la película no es más que un grandioso (no tan grandioso, la verdad) anuncio para este tipo de atracciones de feria. Qué despropósito…

publicado por Federico Casado Reina el 6 junio, 2009

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