La propuesta resulta de gran eficacia plástica pero de poca resolución cinemática.

★★★☆☆ Buena

Una invención diabólica

El fantástico mundo de Julio Verne (1828-1905) cobra vida en Una invención diabólica, película que baraja conceptos e ideas aparecidos en diversas obras del escritor francés, pero que tiene la misma línea argumental que Ante la bandera, una novela suya datada de 1896. Estas publicaciones vieron la luz acompañadas por espectaculares grabados de diferentes artistas, como Edouard Riou, un pintor alumno de Gustave Doré, o Léon Benett, un diseñador y viajero íntimo amigo de Verne, que en muchas ocasiones creaba sus dibujos bajo la supervisión del mismo. Hoy en día estas ilustraciones han sobrevivido al paso del tiempo y se han convertido en la máxima expresión de lo verniano, de tal manera que aun siguen acompañando las actuales reediciones de sus novelas.


Cuando Karel Zeman (1910-1989) se propuso trasladar a la pantalla el personal universo del escritor, venía influenciado por la fuerte tradición marionetista de Checoslovaquia y por su amor incondicional a la obra de George Méliès. Así que lo que creó no fue una adaptación al uso, sino que se propuso insuflar de vida aquellas mágicas ilustraciones decimonónicas. Mediante el trucaje, la sobreimpresión y el collage, y con un sentido plenamente lúdico y artesanal, Zeman otorgó movimiento a aquellos grabados, creando una sugestiva era del vapor repleta de imposibles prodigios mecánicos. Submarinos, Zeppelines y diversos globos aerostáticos son moneda común en la película, a lo que hay que sumar una puesta en escena basada en el esgrafiado y una maravillosa estética steampunk y retrofuturista. La cinta, sin duda alguna, es visualmente portentosa.


La historia gira en torno a Thomas Roch, un inventor francés que es secuestrado por los malvados piratas del Conde Artigas. Tras un largo viaje en barco y submarino, es llevado a una base secreta situada en una isla volcánica perdida en medio del océano. Allí será víctima de los subterfugios y engaños del conde, que le convencerá para crear una poderosa arma con la que ansía gobernar el mundo. Simon Hart, el ayudante del profesor, hará todo lo posible para desbaratar los maléficos planes del conde.


Al argumento no le falta de nada; tiene aventura, piratas, experimentos científicos, localizaciones exóticas, un villano y un arma súper peligrosa, pero hay algo que falla, porque a medida que avanza el metraje el espectador empieza a aburrirse. La película cae presa del ensimismamiento que provoca su propia pericia visual y la acción carece de todo dinamismo. El montaje se recrea demasiado en unas imágenes que aunque brillantes, tan solo son el medio para explicar una historia. Una historia a la que el director, muy ocupado en otros menesteres, no ha sabido prestarle toda la atención que se merece.


Como cualquier obra de ciencia ficción que se precie, esta epopeya victoriana no se salva de la alegoría social. La trama nos advierte de los peligros de la tecnología, y la invención diabólica que da título al filme, está considerada como un anticipo a la bomba atómica (recordemos que la novela es de 1896). Esta visión pesimista choca con la fascinación con que Zeman nos muestra el hecho científico, concediéndole la categoría de extraordinario. La película transmite cierto sentimiento de nostalgia por el progreso a la antigua usanza, mostrándolo de manera más próxima a la magia que a la ciencia.


Una invención diabólica se me antoja como un claro precedente a lo que años más tarde ha supuesto Sin City (2005), 300 (2007) o Watchmen (2009), y a decir verdad, en esta película ya se pueden encontrar muchas de las virtudes y defectos con las que se toparan Zack Snyder y compañía al hacer sus adaptaciones viñeta a viñeta. La propuesta resulta de gran eficacia plástica pero de poca resolución cinemática.


La frase: “Buenas tardes, amigos. Acérquense, les contaré una gran aventura.”
Lo mejor: Visualmente es portentosa.
Lo peor: La falta de ritmo.
publicado por Cecil B. Demente el 14 junio, 2009

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