Recoge, en la primera mitad, las principales ideas de las primeras entregas de la saga. A partir de ahí lo que vemos es una secuela más, pero al nivel de las mejores.

★★★☆☆ Buena

Viernes 13

Diez películas, un spin-off, cómics, libros, merchandising a tutiplén, videojuegos. Todo lo que ha surgido a raíz de Viernes 13, y más concretamente del asesino Jason Vorhees, es una leyenda del cine de terror. La saga, producida casi al completo por Sean S. Cunningham, ha pasado por las manos de varios directores, y también han sido varios los actores que han interpretado a Jason detrás de la mascara. Aunque el asesino de marras sea más popular con su mascara de hockey, no fue hasta la tercera cuando se la colocó en su rostro deforme, pues en la segunda llevaba una especie de trapo sucio, mientras que en la primera su madre le sustituía en las labores de matarife. Marcus Nispel, que ya demostró buen hacer tras las cámaras en el remake de otro clásico legendario del género con La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 2003) ha sido el encargado de resucitar (por enésima vez) al mítico personaje en lo que se ha anunciado como un remake, pero que, una vez visto, podría calificarse más como una nueva secuela que como una versión actualizada. Y es que al igual que sucedió con la nueva versión de La matanza de Texas, en este Viernes 13 se resumen en dos pasos los inicios del personaje, para ir al grano rápidamente y situarnos con un Jason, ya adulto (su madre solo aparece durante los créditos iniciales, cuando es decapitada tal como sucedía al final de la primera entrega), que encuentra su famosa mascara e inicia su camino lleno de cadáveres.

Y eso es Viernes 13, ni más ni menos. Un body count con factura del siglo XXI pero sabor ochentero. De hecho, sus responsables han añadido las dosis de gore y desnudos frecuentes en la saga, no han escatimado en palabrotas ni en golpes de efecto fáciles pero (a veces) contundentes. La única novedad visible es la agilidad de Jason, que pasa de ser un mostrenco con lentos andares similares a los de cualquier zombi, a un tipo igual de mostrenco, pero que esta vez corre a una velocidad cuanto menos peligrosa. Sus armas son las mismas, y se mezclan muertes similares o idénticas a las de otras entregas (flechazos inesperados, cuchillos plantados en medio del cráneo o sacos de dormir usados como instrumentos mortíferos). Viernes 13 no es ni mejor ni peor que las mejores secuelas de la franquicia. Básicamente, es lo mismo. De ahí que posiblemente inquiete y asuste más a aquellos nuevos espectadores que a penas conozcan las anteriores películas, mientras que al ya aficionado todo le resultará un festín, más o menos eficiente, que le traerá viejos recuerdos de los ochenta a la vez que un deja vu constante.

publicado por Carlos Cubo el 7 septiembre, 2009

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