no basta con el valor, la imaginación y el talento a la hora de construir un fascinante edificio de ideas si luego no puedes aplicar sobre todo el conjunto una mirada igualmente transgresora e imprevisible.

★★☆☆☆ Mediocre

Anticristo

El atractivo de la última película de Lars Von Trier radica en su fascinadora y desconcertante arquitectura simbólica. Pareciera que el cineasta utiliza – como punto de partida del trabajo de composición – un “collage” de formas del contenido sacadas de la mitología sobre el paraíso perdido. Ese conjunto remite a lo demoníaco, poniendo especial énfasis en elementos totémicos como el zorro, el ave o el ciervo que sirven para concretar energías de la naturaleza. Von Trier demuestra en su composición que su intelecto – a pesar de la aparente arbitrariedad – se organiza de forma coherente sobre la idea en torno a la escisión entre ser humano y naturaleza. Este aspecto de su trabajo conceptual es el que puede inducir la confusión en el espectador al situar a la mujer como centro psicológico y visceral del drama representado. Ella es la matriz generadora de vida y, como tal, representa la inmediata conexión entre la cultura humana y la naturaleza de la que emergió. Antichrist nos implica en una significativa correspondencia entre arte y naturaleza, dos fenómenos desprovistos de moral ni compasión alguna. La violencia reflejada en el arte pudo ser la mirada de la naturaleza asumida por el cineasta. La construcción de Trier es intuitiva, pero de marcada racionalidad cuando comprendemos su esfuerzo por elevar a la categoría de bella Idea lo que es un conglomerado de elementos escabrosos. Véanse, sino, los últimos planos de la película en el epílogo. Tal vez el renacimiento más conciso y etéreo que cabía imaginar para un paraíso en el que las almas femeninas son la belleza que ilumina a un William Dafoe que se convierte en angélico mediante el extraordinario uso de la fotografía en blanco y negro.

El énfasis puesto en la maldad de la mujer no debe ser interpretado como una ínfula misógina, sino como imagen exacta de esa matriz sexual y sanguinaria que genera la vida, lo cual convierte a la mujer en la principal víctima del caos. Existe un mal inherente a la especie humana, pero la conciencia de culpa – y la misma idea del mal – es un epifenómeno de la cultura que ha construído un orden en contra de la naturaleza. Cabe entender el proceso como un exorcismo al final del cual lo femenino protagoniza la vuelta al esplendor, en una imagen benéfica de la naturaleza. Todo remite a la idea pagana de la diosa destructora y regeneradora. En el aspecto sensitivo, la molesta lluvia de bellotas que perturba el resposo de la pareja en el interior de la cabaña refleja la hostilidad que los envuelve. Ello contrasta con el epílogo en el que vemos al esposo alimentándose de frutos silvestres, imagen de naturaleza generosa poblada de almas femeninas. La finalidad de la narración y del exorcismo es volver al paraíso de la Diosa.

El trabajo de Von Trier, en conclusión, posee el valor de una temática trascendente y de un juego de imágenes y palabras que permiten bucear en su riqueza temática según el gusto y la formación del analista de turno. Ello contrasta con la rutina manierista que inspira su lenguaje visual, incluso la misma banda sonora que en todo momento nos indica la sensación de terror predeterminada. En realidad, el supuesto vigor visual de la película se reduce a la exposición de los elementos oníricos y a la pretensión de causar extrañeza. Muchas de sus imágenes no son originales ni extrañas, simplementen han sido pensadas de esa forma. Sorprende y decepciona que la mirada de Von Trier sea tan inocua y reducida a un esquema rítmico y visual que no trasciende los artificios que, por ejemplo, Mel Gibson utilizó en The Passion of the Christ, al igual que otros fallidos imitadores de Bergman. Dejando a un lado la excepcionalidad que vemos en el epílogo, valga decir que no basta con el valor, la imaginación y el talento a la hora de construir un fascinante edificio de ideas si luego no puedes aplicar sobre todo el conjunto una mirada igualmente transgresora e imprevisible.
publicado por José A. Peig el 10 septiembre, 2009

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