Película que al servicio de la nadería, pone de manifiesto un despliegue que tuerce, en muchos sentidos, las perspectivas del cine actual, llevando al espectador de blockbuster a un cine cargado de abstracción e imágenes fuera de todo contexto.

★★★★☆ Muy Buena

Speed Racer

Existe una paradoja en cuanto a la falta de ideas en el Hollywood actual, se trata tanto de la ausencia de ideas originales como del éxodo de los guionistas a la televisión que, si bien ha dereivado en excelentes series de ficción, tambien ha dejado a la industria norteamericana a merced de franquicias repetitivas y sin futuro, donde ya ni director ni productor parecen ser las figuras al mando, si no simples engranajes de una máquina de marketing, que accede a firmar adaptaciones en base a la popularidad de los originales, sin importar procedencia y resultados. Eso ha conllevado a una literalidad cuyo exponente más notable podría ser la nefasta Sin City (Robert Rodriguez, 2005) donde el cine digital ha diluido fronteras y cruzado abismos para volver al punto de retorno del material original.

Esa falta de pretensiones, donde los calcos se suceden con una supuesta trascendencia, parece no tener escapatoria y, resulta extramadamente curioso (y al mismo tiempo, desesperanzador) que sean dos cineastas tan enlazados a la saga que dió el pistoletazo de salida, los que planteen la posibilidad de articular un nuevo lenguaje en función de absorber esas limitaciones.

Speed Racer es uno de los animes más populares de los primeros años de explotación internacional del género. Su eficacia radicaba en su sencillez: la historia de un muchacho y su humilde familia en su lucha habitual en carreras imposibles. Sin embargo, su homólogo cinematográfico, partiendo de la misma premisa, construye un ejercicio que, si bien mantiene la candidez de la serie original, oculta bajo una parafernalia clasicista un mensaje neomodernista.

Jordi Costa calificaba la cinta como “pornografía asexuada”, un término que sin duda resume muy bien lo que es Speed Racer: una demencial, colorista y lisérgica estupidez que, manteniendo códigos narrativos tan arcaicos como a estas alturas nauseabundos, encuentra la oportunidad de oro para brindar elementos absolutamente vanguardistas. La sensación es similar a la de contemplar, salvando las distancias, el cambio a color en El mago de Oz (Victor Fleming, 1939) o el clímax de 2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968) donde tanto expresión como expresividad se ponen a prueba en el espectador, retándole. Uno de los mejores ejemplos de ello proviene en una de las secuencias finales, aquella en la que el personaje de Racer X (interpretado sobriamente por Matthew Fox) recuerda una serie de acontecimientos, que por norma deberíamos llamar “secuencia de montaje”, pronto descubrimos nuestro error cuando el observador familiarizado con la mecánica del mundo del cine, se da cuenta de que dicho proceso solo puede tener origen en un muy elaborado e inusual guión, que justifique visualmente todas y cada una de las transiciones que devienen en una planificación pantagruélica. Tampoco debemos negar cierto compenente ‘trash’ que es inherente a todo el cine de los Wachowsky, desde la inevitable compración con La carrera de la muerte del año 2000 (Paul Bartel, 1975) a las cintas de kung fu y ninjas con cuya influencia se dieron a conocer estos dos directores.

Su inequívoca expresión infantil es tambien fruto de una radical postura de llevar elementos abstracos, de significados ambiguos, a una lectura primaria, necesariamente infantil, en contra de la castración sensorial que la equipara a un nivel ácido de la percepción. Si a niveles técnicos es indudablemente un paso adelante, con sus elementos secundarios (casi) siempre a foco, dotar a este ejercicio de estilo de ese aire de irrealidad, su desvergonzada estética kitsch y su disfrute absoluto del espectáculo virtual, la convierten en una de las películas más atrevidas de los últimos años. Si en otro tipo de producto la historia hubiese ahogado toda la imaginería narrativa aquí desplegada, podemos justifcar la inmensa estupidez de su trama, absolutamente intrascendente y de giros tan absurdos como predecibles, sin que ello de lugar a contradicción. Lo que hay es que sentarse ante una película que, al servicio de la nadería, pone de manifiesto un despliegue que tuerce, en muchos sentidos, las perspectivas del cine actual, llevando al espectador de blockbuster a un cine cargado de abstracción e imágenes fuera de todo contexto. Lamentablemente, público y la mayoría de la crítica han dado espaldas a una película tan oportuna como esta, lo que implica tener que esperar algunos meses más, o incluso años, antes de que lo ahora expuesto tenga una repercusión y arrastre a un análisis más severo. Quizás tengamos la suerte de que los Wachowsky recuperen la suficiente energía para crear un nuevo proyecto a esta altura o incluso más allá, y esta vez, con un calado mayor, tanto a historia a desarrollar como repercusión popular.

Lo mejor: Su inevitable transgresión. Su imaginación formal. Lo terriblemente divertida que resulta si se le da la oportunidad.
Lo peor: Que todo el notable esfuerzo puesto en ella no haya sido utilizada en una historia vehículo distinto.
publicado por Ignacio Portabela el 11 octubre, 2009

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