Ágora resulta en un cúmulo de imágenes desprovistas de un latido humano que le haga justicia a su propio discurso humanista.

★☆☆☆☆ Pésima

Ágora

Cualquier aspirante a ser un gran artista corre el riesgo de tropezar con su propio cúmulo de imágenes. La acción precede al valor, la maestría (o la autoría, o la consagración, sea lo que sea) hay que ejecutarla, nunca invocarla con un sueño querido como algo real. Ágora es el sueño de Alejandro Amenábar – evidencia que no discuto – demostrado en la forma de introducirnos en la antigüedad. El buen trabajo realizado por los responsables de la dirección artística le permite recrearse en el plano general que recoge postales de historia antigua, pero situando el movimiento de partida en el espacio exterior y en la imagen del sol, la cual representa un elemento filosófico clave en la evolución psicológica de Hypatia: el Círculo. La narración, de hecho, parece sostenida en una progresión que comienza en el círculo ideal y concluye en la comprensión empírica del movimiento terrestre alrededor del sol. La revelación de la elipse es, por un lado, un paso trascendente en la historia del conocimiento y, en otro nivel de significado, la resolución del éxito personal de Hypatia en un estado de intereses geopolíticos – los verdaderos instigadores de la religión como instrumento de control social – que van a destruir todo el esfuerzo realizado por esta mujer de nobles ideas. Todas las artimañas del poder contra la razón y la libertad de un individuo. El plano final capta la imagen del cuerpo fenecido de Hypatia a través del círculo de una bóveda. La obsesión por el Círculo es tal que incluso Amenábar arriesga trazando – en la escena del saqueo de la biblioteca de Alejandría – un desconcertante plano-secuencia que nos muestra los papiros desechados al vuelo y superpuestos a los ventanales de la cúpula. Luego sigue descendiendo hasta invertir la visión de la lente, con lo cual vemos el terraplén del recinto y al grupo de saqueadores bocabajo, y así dibuja con su cámara un círculo completo. En una secuencia posterior filma a los saqueadores desde una perspectiva cósmica mediante la aceleración del movimiento registrado en el plano cenital, como un Dios que observa las tragedias de la humanidad desde su particular orden temporal, para luego enfocar los rostros y las acciones a modo de telefilme. Cúmulo caótico de perspectivas y falta de un criterio consistente a la hora de elaborar su lenguaje. Siendo el círculo un elemento temático principal tanto en la idea como en la misma técnica, dicha secuencia es un caprichoso alarde de preciosismo sin complejos, lo cual no le exime de la exigencia de claridad en la expresión. Y es que en Ágora, en resumidas cuentas, todo habla de lo mismo y se fundamenta en el círculo como metáfora visual: la esfera del globo terrestre, la del sol, la de las cúpulas y bóvedas de Alejandría, y la actualidad de la problemática religiosa enunciada, la cual nos remite a una trágica Historia de nuestra civilización que parece repetirse siguiendo un orden circular.


A pesar de la trascendencia de su construcción temática, los personajes palidecen entre tanta ínfula metafórica y tanta lección de Historia y Filosofía. Hypatia es un personaje maravilloso por los enunciados que pronuncia (simplemente la arenga de un guionista desbocado en su proyecto, y que no ha sabido esconder la mano y realizar a sus personajes) pero no deja de ser un cliché en manos del tema a exponer, de ahí que su intrincado mundo intelectual y emocional no llegue a conectar con la formación y la sensibilidad del espectador. En el caso de los personajes secundarios, la fuerza dramática de sus acciones y de sus palabras no encuentra una expresión efectiva por causa de unas interpretaciones mediocres, cuando no de una nulidad más que evidente. Es por todo ello por lo que – al final – Ágora resulta en un cúmulo de imágenes desprovistas de un latido humano que le haga justicia a su propio discurso humanista. Solo queda la técnica que retrata un paisaje y unos perfiles referidos a los lugares comunes surgidos al enfrentarnos con la intolerancia.
publicado por José A. Peig el 13 octubre, 2009

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