Once

El chico y la chica se encuentran y como diría W. G. Sebald, no es casualidad, sino que en alguna parte hay una relación que de cuando en cuando centellea por entre un tejido ajado. Esta vez el destello es más luminoso que nunca, pero como siempre, tiene la corta vida de una chispa y lo que cubre ese tejido es un pasado repleto de música y otros amores, de canciones.

Once es un cancionero de amor compuesto por dos autores, un chico y una chica que al comienzo de la película se chocan en la calle, cuando empieza el centelleo. Él trabaja con su padre arreglando aspiradoras y por la tarde toca sus canciones en una peatonal del centro de Dublín. Ella es una inmigrante de República Checa que vende flores en la misma zona. Cuando la cámara se aleja de él, ella es el único público que tiene enfrente. Y cuando termina de cantar, ese público atento hace las preguntas necesarias, las que inquieren sobre ese pasado al que remite la canción.

Se hacen compañía, caminan la ciudad y se escoltan a sus casas. A sus espaldas vemos al paisaje cambiar de forma, de locales comerciales y cadenas de supermercados a casitas isleñas y edificios comidos por la penumbra. Las espacios de ambos están repletos de pasado, del que centellea y del que no. En la casa del chico hay un padre, una madre muerta y un taller lleno de aspiradoras viejas. En su habitación hay discos, posters de bandas como Los Ramones y la foto de una novia que lo dejó por Londres. En la casa de la chica hay vecinos llegados de República Checa, una madre y una hija. También hay un marido que quedó en ese país del este europeo. No sólo tienen parte del pasado en la distancia del tiempo, en ambos ese pasado también se abre en la distancia del espacio. Once no es una historia de amor, dos pasos antes de serlo esas distancias se acortan y aparecen como fantasmas al borde del camino, o quizás, de otro modo, como flechas indicadoras que impiden detener la marcha.

Pero antes de eso está la luz que trae la música cuando se sientan a tocar juntos. Los actores Glen Hansard y Markéta Irglová parecen llevar desde nuestro mundo un maletín lleno de letras y melodías que son pura verdad. Así se los ve a través de la cámara digital que los filma con el piano y la guitarra entre los dedos mientras le ponen voz a versos que, aunque escritos hace tiempo, fueron concebidos para estallar en este encuentro.

I don’t know you
But I want you

Falling slowly, eyes that know me
And I can’t go back

No hace falta más para saber que se trata de una buena película (chiquita y sencilla, pero ¿quién exige otra cosa?) que verlos recorrer en moto una calle que bordea el océano, él adelante y ella atrás abrazada a su cintura, sin poder dejar de pensar que Amélie es una farsa. Cuando en el último plano la cámara vuela a través de la ventana y la vemos a ella con las manos apoyadas en el piano y la mirada puesta en esa luz que se va apagando, nadie queda incompleto (ni ellos ni nosotros) cuando se sabe que aquello que fue una vez, no fue por casualidad.

publicado por Martín Stefanelli el 29 octubre, 2009

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