Por suerte, las tuercas de la memoria colectiva siempre recordarán como en 1936 un hombre en pantalla se escurría por los engranajes de una maquinaria que devoraba el espíritu de la libertad.

★★★★★ Excelente

Tiempos Modernos

Es tan redundante hablar de la temática progresista de “Tiempos modernos” que dejaré eso para todos los lenines de puño en alto que con su manido y putrefacto discurso facilón rellenan minutos de telediario y reuniones de opereta de patronales y partidos “de izquierdas”. Gente estúpida, sin duda.

A la vez que estúpida es esa decimonónica visión del ruedo ibérico en cuanto a política se refiere: los prohombres de derechas con corbata y traje perfectamente planchado, colonia de marca para ocultar el hedor a inseguridad y zapatos bien lustrosos. Optativo bigotito esmeradamente cuidado herencia de los tiempos donde el caudillo gobernaba la España de los curas con sobrepeso, del dolor de huevos y  del olor a rancio.

El progresista va con su chaqueta marrón, su pantalón de pana y sus zapatos de tienda de barrio. Imprescindible la ausencia de corbata y la apertura del primer ojal de la camisa. Da puntos la pilosidad facial y el uso de lentes para intelectualizar, cosa harto complicada ante la pinta de labriego garrulo del personaje que nos ocupa.

Dejando de lado a esta cuadrilla de hijos de puta de ambos bandos (en realidad no existe tal separación de bandos pero a ellos les interesa decir que sí por aquello de que el ciudadano crea que elige algo cada cuatro años y se perpetúe esta milonga) queda poco que decir y mucho por ver. De similar facción a la “Metrópolis” de Lang, el gran Chaplin nos advirtió de la que nos venía encima. Nosotros cogimos la forma pero no el fondo, nos reímos muchísimo con esa sucesión de gags desternillantes y no hicimos caso a esa llamada al individualismo, a esa búsqueda de la dignidad del hombre que es propiedad de alguien. Como todo sabio consejo, éste fue desoído por la masa y en pleno siglo XXI seguimos siendo títeres de millonarios que despiden empleados debido a la crisis mientras por la otra línea compran mansiones en Saint Tropez.

Chaplin era grande en todo. No sólo dirigía, actuaba, producía, componía y demás, no. Sus películas eran sinfonías de cine, cada punto es inobjetable, cada gota de sudor del genio inglés derivaba en una absoluta perfección, en la armonía más grande que el cine mudo llegó a ofrecer jamás. Sus películas eran un reloj, y quizás esto es la alabanza más grande que se le puede hacer a un director de cine.

Como a todo gran hombre, la masa se ensañó con él y le obligaron a exiliarse. Debió ser duro ver como tras haber llegado a la cima en el cine y habiendo facturado películas que no solamente eran obras de arte sino intentos desesperados de hacer un mundo mejor fuese expulsado de un país por líos de faldas …

Por suerte, las tuercas de la memoria colectiva siempre recordarán como en 1936 un hombre en pantalla se escurría por los engranajes de una maquinaria que devoraba el espíritu de la libertad. El que avisa no es traidor, ¿verdad, señor Chaplin?.  Lo mejor de la película es el final; un final que para Chaplin y Paulette Goddard fue el inicio de una historia de amor que duraría, como dijo Sabina, “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”. Pero para la historia nuestra en general, y para ellos en particular, queda esa hermosa escena de dos personas que se aman y son libres. Que aunque lo bueno dure poco peor es no haberlo tenido, ¿no?.

Lo peor:

publicado por Javier Martínez el 31 octubre, 2009

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