Influenciado por las tendencias New Wave de la época, Woody Allen expande su personal universo hacia el futuro, y lo hace mediante situaciones surrealistas, diálogos mordaces, conversaciones existencialistas y persecuciones alocadas.

★★★☆☆ Buena

El dormilón

Hoy en día sería inimaginable ver a Woody Allen haciendo una película de ciencia ficción, pero claro, es que los 70’s eran otra cosa. Por aquel entonces hacía poco que Truffaut había rodado Farenheit 451 (1966) y Kubrick La naranja mecánica (1972), y el género gozaba de un status del que ya ha sido despojado. Era la época anterior a que se impusiera el modelo Star Wars (1977) y la gente iba en masa al cine a ver 2001: Una odisea del espacio (1968), mientras que ahora hacemos cola para ver Avatar (2009). Por otro lado, la carrera de Woody Allen tan solo acababa de despegar y el director neoyorkino aun no había encontrado ni a su propia voz ni a su auténtica musa (Manhattan), estaba probándose a sí mismo y aprendiendo a utilizar la técnica cinematográfica. Comedias tempranas como Coge el dinero y corre (1969) y Bananas (1971) son formalmente toscas y parecen montadas a patadas, pero también resultan alegremente insolentes y libertinas. El dormilón entraría en esta categoría, pero fue rodada justo cuando Allen ya empezaba a dominar dicho lenguaje.

Por aquella época su excéntrico personaje se las tuvo que ver con el film noir (Coge el dinero y corre), la literatura rusa (La última noche de Boris Grushenko) o, como es el caso, la ciencia ficción, y es que el humor de sus primeras comedias surgía en parte de situar a su enclenque, cobarde e inepto alter ego, en un entorno que le era totalmente hostil y ajeno. Una descontextualización que quedaba muy subrayada por el aspecto físico del cineasta judío, decididamente nada que ver con un héroe y con unas características gafas que no se quitaría bajo ningún concepto; ni en la edad media, ni en la Rusia zarista, ni mucho menos en su papel como espermatozoide.

En El dormilón Woody Allen da vida a Miles Monroe, el propietario de un restaurante de comida sana llamado La zanahoria feliz, que despierta en el año 2174 tras un letargo de dos siglos, consecuencia de haber entrado en el quirófano para una operación de rutina y que la cosa se hubiera desmadrado más de la cuenta (para que luego digan de nuestra sanidad pública). Todo este tiempo ha sido mantenido en estado de hibernación y conservado en papel de plata, pero ahora despierta en un mundo frío y desalmado donde todos los hombres, a excepción de los italianos, son impotentes, las mujeres son frígidas y la gente se confiesa mediante algo parecido a una máquina expendedora, una realidad gris donde probablemente no desentonarían las cabinas de suicidio de la serie Futurama. Miles, muy a su pesar, formará parte de un plan de la Resistencia para derrocar al dictador de este estado policial, alguien conocido tan solo como “El Jefazo”.

La trama tiene algunos puntos en común con otras absurdas comedias como Top Secret (1984) o la ya antes mencionada Bananas, solo que aquí se parodia el tipo de futuro distópico que profetizaba George Orwell en su novela 1984,todo ello sazonado con un estilo heredero del cine cómico mudo y del humor judío de los hermanos Marx. Influenciado por las tendencias New Wave de la época, Woody Allen expande su personal universo hacia el futuro, y lo hace mediante situaciones surrealistas, diálogos mordaces, conversaciones existencialistas, slapstick, persecuciones alocadas y diversos gags de confección clásica. Un tipo de humor, entre grueso e intelectual, que no siempre cuaja y que en ocasiones puede pecar de demasiado localista, pero que en otras se demuestra totalmente efectivo.

A medida que avanza la acción la trama se va volviendo más abstracta, alegórica y disparatada, y la sátira social y política gana terreno, lo que sumado a su tono jovial y al escaso metraje (apenas noventa minutos), hacen que este sea un producto entretenido y de fácil visionado. El dormilón puede no resultar perfecta, pero se mira con simpatía, en parte por la gran broma que representa y en parte por su actitud, porque más allá de todo lo mencionado el filme tiene la extraña virtud de no creer en la ciencia, ni en los sistemas políticos, ni en Dios, tan solo en el sexo y la muerte. Un par de años más tarde Allen perfeccionaría su fórmula con La última noche de Boris Grushenko y luego emprendería el camino que le llevaría a rodar comedias más redondas y sofisticadas como Annie Hall (1977) y Manhattan (1979). Todos salimos ganando, pero algo se echa de menos.

La frase 1: “Mi cerebro es mi segundo órgano favorito.”

La frase 2: "Soy una persona de vida y costumbres sanas. No fumo, no bebo y jamás forzaría sexualmente a una mujer ciega".
Lo mejor: La nariz.
Lo peor: Que algunos sketches se saldan de forma irregular.

publicado por Cecil B. Demente el 16 enero, 2010
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