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Daybreakers

Mucho se ha escrito, hablado y filmado sobre los vampiros, un género que hace ya más de un siglo puso por primera vez de moda el irlandés Bram Stoker, con la publicación de su novela gótica, Drácula. Creando así uno de los mayores mitos de la historia del cine y la literatura, un depredador nocturno al que han dado vida actores de la talla de Frank Langella, Béla Lugosi o Christopher Lee. Carismáticos chupasangres causantes de taquicardias en la época que poco o nada tienen que ver con las provocadas por la nueva y desvirtuada generación de muertos vivientes, llegados de ultratumba cargados de testosterona y amor, dejando los dientes a un lado.

Y es que, como la ropa ochentera, vuelven a estar de moda. Tras la Entrevista con el Vampiro, ver como Sarah Michelle Gellar crecía en Buffy o Wesley Snipes repartía a diestro y siniestro en Blade y sus secuelas, los no-muertos regresan girando la tuerca de una especie en decadencia. Daybreakers prometía ser la luz que nos guiase entre tanta oscuridad, La saga Crepusculo, Vampires diaries e incluso True Blood son la muestra fehaciente de que ahora prefieren la sangre edulcorada. El problema es que estos profetas que prometían “romper el día” la noche y la pana, han acabado dando voces en tierra de nadie. Cegados por el fulgor de quien irrumpe en un panorama tan negro con una idea innovadora, que se desinfla a pasos agigantados para transformarse en la enésima muestra de cómo empezar no siendo una más para acabar como una menos.

Los desconocidos hermanos; Michael y Peter Spierig, son los encargados de escribir y dirigir Daybreakers. Parten del sugerente e hipotético comienzo donde el mundo vive de noche, la sociedad está dominada por los vampiros y las personas son cazadas y perseguidas como alimento. Presentando un problema doble, los hombres y su sangre, se están extinguiendo. Premisa de la que podemos sacar la metáfora fácil sobre la crisis actual, la escasez de recursos y los problemas básicos de la sociedad consumista. Hasta ahí bien, treinta minutos de buena base, una correcta ambientación y cuatro detalles, acompañada de unos efectos especiales cutres, dignos de la serie B, que ayudan a vislumbrar el despropósito que se avecina.

Inexplicablemente, lo que comienza estimulando acaba cansado. La trama sigue una serie de incoherencias dignas de ser catalogadas como Deux ex machina, dilatando la solución absurda para tan grave problema. Provocando la pérdida del espectador sensato, que puede sentirse engañado ante semejante giro de guión y el descuidado ritmo que adquiere la trama en los momentos de máxima tensión. Instaurando la anarquía e imponiéndose los tópicos del cine gore de toda la vida, sangre, vísceras y casquería para un público que está empachado de tanta tontería.

No existen los príncipes de las tinieblas en esta película, nadie hace méritos. Aunque tiene su gracia ver al eterno Ethan Hawke como vampiro, lo malo, es que todos estén exentos de personalidad, tan faltos de vida. Ni, en este caso, el desastroso Willem Dafoe, consigue dar un grado de credibilidad a un reparto en el que Sam Neill, el respetado paleontólogo, empieza y termina como la cinta, de más a menos. Si hubieran puesto a Isabel Lucas como actriz protagonista tendríamos el aliciente de “cara bonita” no esa actriz principal llamada Claudia Karvan cuyo registro interpretativo va de la B a la C, saltándose la importante A.

Las expectativas son malas, malísimas, sobre todo cuando no se cumplen, quizás parte de la culpa sea mía y de esos trailers que te lo cuentan absolutamente todo. Así, que desde aquí, desde mi humilde punto de vista, ánimo a que veáis los pósters y avances de Daybreakers, tan trabajados y bien colgados en la red, porque en este periodo de crisis no me atrevería a recomendarle a nadie que gaste dinero y tiempo en un film que ya he olvidado. Hay cosas mejores que hacer y ver.

Si quieren algo con calidad, vean la humilde que pidió paso para que le dejaran entrar; Let the right one in.


 

Lo mejor: Los primeros 30 minutos

Lo peor: Las expectativas y el resto.

Lo mejor: Los primeros 30 minutos
Lo peor: Las expectativas y el resto.
publicado por Ñete Rodriguez Peña el 19 febrero, 2010

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