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El hombre lobo

El hombre lobo es mi personaje de terror favorito, aunque el cine siempre insiste en que debo replantearme mis preferencias. La película realizada por John Johnston, el director de Roqueteer (1991), Parque Jurásico III (2001) o Hidalgo (2004), es un remake que capta bien el espíritu de la cinta original, lo que sería una buena noticia si no fuera porque el clásico de la Universal era de por sí muy malo. El lector puede revisar el Drácula (1931) de Tod Browning, El Doctor Frankenstein (1931) de James Whale y La momia (1932) de Karl Freund, y pasar un buen rato, pero nadie encontrará diversión en echarle otro vistazo a El hombre lobo (1941), una película cinematográficamente pobre y de escaso entretenimiento. La versión de Johnston es un trabajo estructurado en base a un objetivo: poner al día un filme a todas luces obsoleto, lo mismo que sucediera con el remake de Ultimátum a la tierra (2008), por ejemplo. Pero si en aquella ocasión encontramos una cinta moderna dotada de ciertos elementos anacrónicos, aquí tenemos un filme con algunos elementos modernos, pero principalmente anacrónico.


El diseño del hombre lobo conserva en gran medida su look clásico, y el seis veces ganador de un Oscar, Rick Baker, ha hecho una gran labor devolviendo el personaje a sus raíces y sacando partido de las míticas iconografías desarrolladas por la Universal y la Hammer. Pero el resultado no cuaja en el contexto de una cinta de terror moderno, el monstruo se ve pequeño en pantalla y no es la presencia amenazadora que uno desearía, sin contar que cuando se recurre a los efectos infográficos para dotarle de vida y movimiento, estos cantan a la legua. Recuerdo una escena de Aullidos (1981), aquella supuesta cumbre del género, en que dos personajes hacían el amor delante de una fogata y se transformaban en hombres lobo. El director Joe Dante siempre ha sentido propensión a mezclar terror y cartoon, y en aquella ocasión recurrió a sobreponer dibujos animados para mostrar al lobo de cuerpo entero. Ha llovido mucho desde entonces y hoy el truco se ve ingenuo y poco audaz, pero no se aleja demasiado del efecto que produce un filme como el de John Johnston, donde el monstruo carece de peso, se mueve de forma poco natural y tiene evidentes problemas para ocultar su origen animado.

La película posee una encomiable labor de producción, el cine de terror de la Universal tenía una marca estilística muy definida que el filme ha magnificado mediante una recargada y lúgubre ambientación de cuento victoriano. Las localizaciones son impecables, tanto las del pueblo como las del oscuro y frondoso bosque, o las de la ominosa mansión donde se sitúa gran parte de la acción, repleta de enormes y olvidadas habitaciones. La película nos remite a toda esa imaginería mitopoyética que relacionamos con el personaje; atmósfera de pesadilla, primeros planos de la luna llena, pasadizos secretos, criptas, candelabros, maldiciones, niebla… El golpe visual es de veras interesante, pero carece de intención y cae en saco roto.

El contraste entre clasicismo y modernidad, maquillaje y efectos especiales, romance y gore, personajes trágicos y arrancamientos de miembros, debería ser la principal baza de un filme enérgico y valiente, y sin embargo la película se asfixia oprimida por los clichés de ambos mundos y por sus ínfulas de seriedad. El problema principal es que el hombre lobo, piedra angular del relato y un personaje del todo fascinante, aquí aparece falto de garra. Su presencia languidece en un juego de artificio que no destila ni magia ni terror, y donde la trama avanza de manera lineal y previsible, cometiendo el error de explicarse demasiado a sí misma, algo imperdonable en una cinta de misterio. El filme renuncia a la posibilidad de impacto en la conciencia del espectador y nunca asume riesgos, derivando hacia los abismos del cine fantástico sin fantasía.

La frase: «He visto lo que hace un oso y un tigre de Bengala, lo más salvaje de la naturaleza, pero jamás había visto algo así.»

Lo mejor: Su puesta en escena.
Lo peor: Que aburre y no aporta nada nuevo.
publicado por Cecil B. Demente el 8 junio, 2010

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