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El planeta prohibido

Planeta Prohibido llegó a los cines justo cuando la ciencia ficción empezaba a superar su infancia, y por ello se beneficia de una maravillosa dualidad. Por un lado tenemos una aventura espacial sensacionalista y alocada, que se nutre de la fiebre por los platillos volantes y conecta directamente con los miedos colectivos de aquellos días. Y por otro la película nos ofrece una madurez formal muy superior a la mayoría de los productos de la época, a lo que hay que añadir una notable armonía visual y cierta riqueza temática. El filme elabora su trama a partir de La tempestad (1611), una pieza dramática de Shakespeare, pero trasladándola a un contexto futurista plagado de pistolas láser, robots y monstruos.

El relato empieza cuando un crucero espacial llega a Altair IV, un lejano planeta donde tiempo atrás se dio por perdida una expedición. El Comandante John J. Adams (Leslie Nielsen) contacta por radio con un superviviente, el Dr. Morbius (Walter Pidgeon), que le hace extrañas advertencias y le pide que regrese a la Tierra, pero el Comandante hace caso omiso a sus amenazas. Una vez en el planeta conocen a Robby el robot, que los lleva en presencia de Morbius. Allí el doctor les relata cómo los demás integrantes de su tripulación fueron eliminados por una fuerza planetaria desconocida, y que solo él y su esposa quedaron inmunes ante dicho poder, por lo que teme por la seguridad del Comandante y de sus acompañantes.

Meses más tarde la esposa de Morbius falleció por causas naturales y actualmente vive solo con su bella hija, Altaira (Anne Francis), una atractiva joven aficionada a las minifaldas que ha crecido sin tener contacto con otros hombres y siente curiosidad por los viriles aventureros espaciales que acaban de llegar, pero su padre se muestra reticente a que se relacione con ellos. Más tarde Morbius también explica sus estudios sobre los nativos extintos del planeta, los Krells, una raza alienígena muy avanzada científicamente y que desapareció inexplicablemente tiempo atrás, durante el transcurso de una fatídica noche.

La narración pasa por tres niveles tecnológicos distintos y cada uno de ellos pretende ser superior al anterior. Primero nos sitúa en el crucero espacial de los Planetas Unidos que se dirige a Altair IV, un hipervehículo capaz de rebasar la velocidad de la luz. Luego nos ubicamos en Villa Morbius, un lugar que se supone de una tecnología superior a la humana. Y más tarde descendemos al complejo subterráneo de los Krells, donde podemos apreciar la cumbre de esta civilización alienígena. La estructura, aunque ascendente, incluye un divertido error de apreciación que el espectador moderno no pasará por alto. Se cree que debemos asombrarnos con Robby y los demás ingenios mecánicos del hogar de Morbius, como el atomizador de basuras, pero sin duda todos palidecen ante la astronave capaz de lograr velocidades superlumínicas.

En el transcurso de esta escalada tecnológica se nos atormenta con sesudos e inconsistentes diálogos pseudocientíficos que pretenden dotar de peso a la acción, pero que fracasan alegremente en su cometido –«¡Necesitaremos una fuerza motriz capaz de cortocircuitar la continua a 5 o 6 pársecs!»-. Y como contrapartida encontramos diversos momentos cómicos, casi todos a mayor gloria de Robby, destinados a aligerar la considerable carga dramática del filme. Pero si algo enriquece de veras el relato es la edípica relación entre el Dr. Morbius y su joven hija, no exenta de oscuras alusiones incestuosas. El subtexto sexual sobreviene el auténtico motor de un filme que, a la postre, materializa en su recta final una inquietante máxima; «el sueño de la razón produce monstruos».

Pero el encanto de Planeta Prohibido es sobretodo cuestión de forma, el director Fred M. Wilcox se empapa de los orígenes pulp del género y elabora un impecable diseño de producción, cuyos mecanismos no han perdido ni un ápice de sugestión. La ambientación retrofuturista es la principal baza de esta fantasía colorista y naif, donde la imaginación visual campa a sus anchas por espacios marcianos y mundos subterráneos, convenientemente arropada de cromatismos saturados y una banda sonora íntegramente electrónica (la primera de la historia del cine, por cierto). Planeta Prohibido se aleja de lo real para elaborar una ópera espacial que se decanta por el lado más maravilloso de la ciencia y que aun con sus errores de apreciación, su alegre ingenuidad y cierta dificultad inherente a la hora de sintonizar con el público actual, solo queda empañada por la presencia de un desangelado Leslie Nielsen, mucho más audaz en otros menesteres que los que aquí se le exigen.

El filme causó furor en su momento, y entre otras cosas sirvió de inspiración a muchas películas y puso la semilla que originó la famosa serie televisiva Star Trek (1966). Pero su herencia no se limita solo a lo conceptual, en La reina del espacio exterior (1958) podemos reencontrarnos con los uniformes de los aventureros espaciales y con alguno de los modelitos de Altaira. Y el personaje de Robby se hizo tan popular que siguió apareciendo en pantalla, haciendo cameos en multitud de películas y series, como Perdidos en el espacio (1965-68), La dimensión desconocida (1959-64), La familia Addams (1964-66) o The Rocky Horror Pictures Show (1975), por nombrar algunos.

La frase: «Preparen sus mentes para una nueva escala de valores de la ciencia física, señores.»

Lo mejor: Su estética retro cool.
Lo peor: Que en algunos de sus parajes puede llegar a aburrir.
publicado por Cecil B. Demente el 17 junio, 2010

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