muchocine opiniones de cinedesde 2005

Agradable producto de los 80 con el mítico Rourke, antes de quedar desfigurado por el boxeo y la mala vida.

★★★☆☆ Buena

Requiem por los que van a morir

Mickey Rourke tenía muchos fans antes de que desapareciera y reapareciera muchos años después convertido en un demacrado boxeador o en un fracasado Marv (Sin City). Antes de ser el antihéroe por excelencia de las pantallas, Rourke era el héroe y el galán más seductor. Poseía un enigmático atractivo que bien hubiesen querido tener esos niños de papá llamados Tom Cruise o Brad Pitt.

Sin embargo, el seductor de Nueve semanas y media además de guapo también tenía su carácter y se dio a la mala vida, rechazó ofertas millonarias de protagonizar futuros éxitos hollywoodienses, evitó encasillarse en los papeles de guaperas (como también hiciera Matt Dillon, otro de los míticos y enigmáticos actores que no precisaba de entrar en la secta cienciológica para aumentar sus cotas de popularidad: lo que a algunos les sobraba (Dillon, Rourke, Swayze) era buscado a la desesperada por otros como Cruise, Pitt, Keanu Reeves), cayó en la indigencia y se dedicó a acoger a cuantos perros abandonados encontraba en la calle, purgó sus pecados de mil maneras estrambóticas. A la postre, su rostro quedó desfigurado por los miles de puñetazos encajados y por la mala vida, se sometió a diferentes operaciones de cirugía estética que le reconstruyeron la cara, no dejando sino un resultado irónico.

El nuevo Rourke era ahora una máscara trágica, un musculoso ángel caído, un vago recuerdo del joven luminoso que había sido pero, cuando menos, por fin, se había reconciliado consigo mismo y encajaba a la perfección en papeles hechos a la medida de su volcánico carácter, tales como el antihéroe de The wrestler, un tipo duro que jamás ha sabido cuidar ni de sí mismo ni de su hija. Un tipo que a pesar de tener un gran corazón, no sabe cómo afrontar el reto de tener responsabilidades o, siquiera, una vida. Quienes no apostaban un duro por aquella máscara pétrea, heredera de decenas de cirugías, que parecía que iba a ser incapaz de transmitir un sentimiento,tuvieron que callarse.

La época que nos interesa es aquella que media entre el Rourke luminoso y el Rourke musculoso y desfigurado. Es decir, finales de los años 80, cuando el popular actor empieza a rechazar cursiladas como Nueve semanas y papeles que sólo estaban destinados a desarrollar su faceta de sex symbol. Es en esta época cuando él decide participar en filmes poco convencionales, verbigracia Réquiem por los que van a morir, una obra que sin ser maestra, posee suficientes cualidades para convertirla en un pequeño clásico, quizá no a la altura de La ley de la calle pero sí a la de la notable El corazón del ángel, donde también participaba De Niro.

En esta obra los que fuimos fans del actor cuando andaba medio desubicado y comenzaba a ser un ángel caído, lo disfrutábamos en uno de esos papeles que más nos echizaba: el personaje ambiguo que sufría, el que era quien no quería ser, el que huía de sí mismo pero era capaz de enfrentarse a la muerte o a los sicarios. Con su eterno cabello indomable, sus peinados despeinados, sonrisa de un cinismo veraz e inteligente, en este filme nos enamora con sus habilidades ocultas: el manejo de las armas y de la música.

A destacar también las interpretaciones de Liam Neeson, Bob Hoskins y otros actores que, no obstante, como siempre que se trabaja con una estrella tan magnética como Rourke, no parecían sino brillar como pequeñas lunas a la luz de aquel astro colosal.

El filme posee algunos fallos, como por ejemplo el hecho de que el jefe de la Policía se encuentre cara a cara con un buscado terrorista irlandés, sin reconocerle (escena del órgano).

En definitiva, muy recomendable para pasar un buen rato viendo una de acción de los 80 pero con bastante más fondo.

 

publicado por Francesc Canals Naylor el 15 julio, 2010

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