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Combinación imposible de humor y terror en un relato apocalíptico con vampiros

★★☆☆☆ Mediocre

Stake land (stake land)

Aunque mucha gente tiene la romántica idea de que los guiones de cine los escriben pequeños genios (a menudo con vidas tormentosas llenas de desengaños, alcoholismos y frustraciones) en habitaciones de hotel a lo "Barton Fink", lo cierto es que muchas de las historias que nos llegan desde Hollywood se han fraguado allí mismo, dentro de los estudios y gracias al desarrollo diario y sistemático de ideas que le son presentadas al productor ejecutivo de turno, quien decidirá a partir de ahí si dicha idea se transforma en película o no.
Todo este proceso puede verse perfectamente reflejado en la magnífica película de Robert Altman “El juego de Hollywood”, donde Tim Robbins interpreta al presuntuoso productor ejecutivo de una major en Los Angeles, y cuya primera aparición es precisamente sentado en su despacho oyendo las ideas que sus guionistas a sueldo quieren transformar en películas.
Esas ideas, en realidad, no son sino pastiches de otras. En parte porque así es como funciona realmente y en parte porque Altman pretendía ridiculizar esa forma de fraguar una película. Los guionistas, entrando uno por uno en el despacho como pacientes de un psiquiatra, le describían sus proyectos como una combinación de dos o más películas ya hechas (dejando así al productor como un inculto incapaz de comprender nada si no se le remitía a otra película anterior). Un ejemplo concreto es la propuesta que hace uno de estos guionistas al describir su idea como “una mezcla entre “Ghost” y “El mensajero del miedo”, o un thriller político, sobrenatural con conciencia,…

"Stake land", la película de Jim Mickle, parece haberse concebido utilizando precisamente ese mismo sistema y, la combinación de películas en este caso ha recaído sobre “The road” y “Zombieland”.
Para que quede claro el parecido argumental de estas tres películas, permítanme que escriba el storyline de cada una de ellas:

En “The road” un padre y un hijo atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de grupos de caníbales. Al final el muchacho queda solo y debe enfrentarse por fin, sin ayuda, al mundo tomando sus propias decisiones. Queda abierta la puerta a la esperanza al encontrar en el último momento a otros supervivientes.
En “Zombieland” un muchacho y el cazador de zombies que le recoge (que hace las veces de padre/mentor a partir de ese momento) atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de grupos de zombies. Al final el muchacho deberá enfrentarse a sus miedos y, abandonando a su mentor, tomar sus decisiones (rescatar a las chicas en peligro). Queda abierta la puerta a la esperanza al lograr con éxito el rescate de las chicas y huir con ellas.
En “Stake land” un muchacho es rescatado por un cazador de vampiros del ataque de un grupo de estos últimos que acaba con la vida de sus padres. El cazador de vampiros se convierte a partir de entonces en su padre/mentor. Juntos atraviesan una tierra devastada por causa desconocida escapando de salvajes chupasangres y de humanos que se han refugiado en una especie de fundamentalismo cristiano. Al final el muchacho deberá enfrentarse a sus miedos y, abandonado por su mentor, tomar sus decisiones. Queda abierta la puerta a la esperanza al encontrar el muchacho a su propia compañera y huir con ella.

A cualquier que haya visto las dos primeras supongo que le queda bastante claro que “Zombieland” funciona como una especie de versión cómica de “The road” (o a la inversa). Y entonces, ¿qué es Stake land? Con un planteamiento, desarrollo y desenlace tan parecidos, ¿qué espacio puede ocupar? Pues un punto intermedio entre ambas. Una combinación tan extraña que cuando se ve uno no sabe si debe reir o llorar.
Con un comienzo que se ajusta perfectamente a los cánones del cine de terror (el ataque a la casa del protagonista con la muerte de sus padres como colofón) saltamos a unos planos aéreos y grandilocuentes del chaval entrenando con su nuevo mentor en mitad de un campo a lo “Los inmortales” o "Karate kid". De los apuros de una monja que trata de huir de sus violadores pasamos a secuencias de acción y lucha en la que no faltan fantasmadas como lanzamientos de llaves de tubo que atraviesan el corazón de los enemigos. Y por si todo esto no descolocara suficiente, buena parte de la banda sonora de la película se acompaña con la narración en off de las reflexiones del protagonista en plan poético-melancólico.

Ya he mencionado en alguna otra ocasión que combinar terror y humor es altamente complicado y que muy pocos lo han conseguido. Pero es que, sinceramente, en “Stake land” no creo siquiera que esto fuera lo que se pretendía. Dado el tono trágico con el que comienza la historia y con el que termina, entiendo que los momentos de humor que se intercalan en el desarrollo no son sino meteduras de pata de sus responsables, salidas de tono mal calculadas que echan por tierra la coherencia de un relato que, remitiéndome a las sinopsis de más arriba, nos resulta más que familiar.
El tono sombrío con el que Mickle afronta la historia le otorga al menos un punto a su favor, especialmente en lo que concierne a esos grupos de supervivientes humanos que, lejos de querer trabajar para reconstruir la civilización, dedican sus esfuerzos a eliminar a los demás utilizando a los salvajes vampiros contra ellos, arrojándolos literalmente sobre las pocas poblaciones que quedan. Y todo ello para más inri, en nombre de Dios.

A parte de este detalle, y que el desconcierto que provoca no da lugar al aburrimiento, poco más a favor de esta película cuya combinación de géneros, deliberada o accidental, malversa por completo el potencial que pudiera tener originalmente.
Lo mejor: No te aburres
Lo peor: Es un híbrido genérico mal parido
publicado por Javier Paez el 15 octubre, 2010

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