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La bella y emotiva segunda película de David Lynch, basada en el caso real de John Merrick y su primera película de encargo, descubrió al público a un cineasta excepcional y demostró que Lynch cuando quiere es el más clásico de los clásicos.

★★★★☆ Muy Buena

El hombre elefante (the elephant man)

El Hombre Elefante de David Lynch (The Elephant Man, 1980).

Tras el estreno de “Cabeza Borradora”, Lynch intentó llevar a cabo uno de sus proyectos más personales, el cual a fecha de hoy no ha podido llevar a cabo, “Ronnie Rocket”. Tras la negativa, decidió realizar su primer trabajo de encargo, de manos del productor, guionista y realizador Mel Brooks. Este, emocionado por su ópera prima, creía que Lynch era el autor perfecto para retratar la vida de una figura tan trágica como la de John Merrick, el famoso “Hombre Elefante” de la Inglaterra victoriana de finales del siglo XIX.

El resultado de este primer encargo de Lynch, le reportó un prestigio internacional y ocho nominaciones a los Oscar, entre los cuales se encontraban las categorías de mejor director y mejor película. Lynch había entrado a Hollywood por la puerta grande.

Un encargo diferente:

“El Hombre Elefante” es una verdadera película de época, cuyos valores de producción entran dentro de los estandares de lo que es una película de Hollywood. El reparto a cargo de un joven David Lynch, estaba formado por jóvenes pero talentosos actores como John Hurt, que interpretó de manera magistral a John Merrick y Anthony Hopkins como el doctor Frederick Treves. Las malas lenguas y el silencio de Lynch cuentan que la relación de Lynch con el equipo inglés y sobre todo con el irascible Anthony Hopkins de sus primeros tiempos convirtieron la experiencia de rodaje (55 días en comparación con los cuatro años que estuvo para acabar “Cabeza Borradora”) en un verdadero infierno para el joven cineasta, aunque se sabía apoyado por el productor Mel Brooks. Cuando el equipo vio el resultado final, las dudas acerca de la elección de un taciturno e inexperto director quedaron resueltas. 

Por primera y casi única vez en su historia, Lynch trabajó en un guión no original y en el que tuvo que colaborar con otros dos guionistas más. La estructura de este largometraje es lo más clásico que Lynch haya podido abordar en toda su filmografía, pero el joven visionario pudo introducir su particular estilo.

Si algo destaca sobre todas las cosas en este filme, es su tono deprimente, su poderío visual y la humanidad que transpira en cada fotograma. Lynch convierte a John Merrick (apoyado en la fascinante interpretación de John Hurt y un maquillaje soberbio) en la figura trágica por excelencia. Un ser humano encerrado en un cuerpo deforme que es ridiculizado en una feria de mala muerte en el Londres industrializado de finales del siglo XIX. Lynch refleja la podredumbre moral y económica de la época, en unos parajes industriales desolados, que nos retrotraen al edificio de apartamentos de Henry en “Cabeza Borradora”. 

Pero si en una cosa sorprende Lynch en este filme es en su capacidad para emocionar al espectador, algo que estallaría sobre todo en el episodio piloto de “Twin Peaks”, un festival de lágrimas y dolor, solo superado por la agotadora experiencia emocional que es adentrarse en el universo de John Merrick.

Porque Merrick sufre a lo largo de todo el metraje, las depravaciones y deseos más oscuros de las dos caras de la sociedad, tanto la clase obrera, analfabeta y que desata sus más bajos instintos, a la alta aristocracia de médicos, artistas y nobles que tampoco son tan diferentes como parece a simple vista. De nuevo, Lynch nos vuelve a hablar de dos mundos en uno solo, dos entidades que viven separadas, pero que no están muy lejos las unas de las otras.

Una película 100% Lynch:

El espectador poco experimentado en el cine de Lynch, dudaría en considerar “El Hombre Elefante”, una película de David Lynch. Pero bajo la apariencia de un filme de estudio, la segunda obra del cineasta, esconde gran parte de su estilo propio.

La escena que da inicio al largometraje, entre la realidad y la ilusión, una pesadilla en la que vemos a la madre de Merrick fallecer, es idéntica al asesinato de Madeleine Ferguson por el malvado Bob en la segunda temporada de “Twin Peaks”. Los sonidos guturales, el ralentí en la cámara, el rostro de dolor en movimiento de la madre de Merrick, es igual al sufrimiento de Maddie a manos de Leland/Bob. Por supuesto, a lo largo del filme, Lynch introduce momentos de sueño, de alucinaciones, en los que la figura del humo, precursora del fuego, sirve como siempre en su filmografía, como catalizador de una revelación, de algo que va a ocurrir, algo inevitable.

Es interesante el hecho de la violación del sancta sanctorum de John Merrick por su codicioso cuidador nocturno y la pandilla de analfabetos depravados que van a mofarse y burlarse de él. En el cine de Lynch, la profanación del lugar de descanso de sus protagonistas es una constante: en “Cabeza Borradora”, el bebé recien profana el cochambroso mini-apartamento de Henry, Laura Palmer es violada por su incestuoso padre en la tranquilidad de su cuarto, su supuesto lugar seguro, en “Carretera Perdida”, la pareja protagonista ven amenazada su seguridad, cuando comienzan a recibir extrañas grabaciones de ellos mismos en la intimidad de su cuarto durmiendo.

Para Lynch la violación del espacio personal del individuo es el mayor terror que un ser humano puede sufrir. La invasión del espacio personal reflejado en la invasión del lugar de descanso. Si el individuo no está tranquilo ahí, no lo estará nunca más. Significa el principio del fin. Lo es para el personaje de John Merrick, lo es para Laura Palmer en el filme “Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo” y lo es para Fred y Renee en “Carretera Perdida”.

David Lynch, cineasta todoterreno.

Es difícil y poco habitual encontrar un director que sea capaz de entregar un producto que guste a la mayoría del público sin renunciar a sus señas de identidad. Lynch lo consigue con nota, en una película bella pero triste, creando un personaje inolvidable, una relación de amistad hermosa entre Merrick y Treves (su médico, mentor y amigo), en un filme que lleva a un viaje emocional lleno de altibajos al espectador, hasta un final bello y lírico, triste pero extrañamente alegre. Una película que demostró que Lynch es capaz de ser el más clásico de los clásicos, pero que no lo es porque no le interesa.

publicado por Felipe Rodríguez Torres el 22 noviembre, 2010

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