Dicotomía entre romanticismo e indiferencia. Drama de corte romántico, espléndidamente dirigido e interpretado. Historia lúcida y detallada del proceso de degradación matrimonial. Del amor ciego a la monotonía. De ahí a la infidelidad y al desamor.

★★★★☆ Muy Buena

Se acabó el pastel (heartburn)

Mike Nichols se basó en la novela autobiográfica de Nora Ephron para dirigir este estupendo drama romántico. En él narra la historia de Rachel (Meryl Streep) y Mark (Jack Nicholson). Ella escribe artículos de cocina para una revista y él es columnista en un rotativo de Washington. Se conocen en una boda y sienten un flechazo amoroso. Tras superar muchas dudas, deciden casarse y comprar una casa. La felicidad parece colmarse cuando nace su hija Annie. Sin embargo, todo comienza a derrumbarse cuando Rachel descubre unas cartas en un cajón. Son la prueba de que Mark tiene una aventura con otra mujer.

Hay películas en las que el argumento es lo de menos. Lo digo porque esta trama nos la podemos encontrar cientos de veces en ñoñas producciones televisivas los domingos, durante la modorra de las 6 de la tarde. Pero cuando un director con talento y unos actores extraordinarios se hacen cargo de una historia (cualquiera que sea) el resultado es una obra profunda y bellísima.

Uno de los aciertos de Se acabó el pastel fue la banda sonora, liderada por la canción ochentera Coming around again, de Carly Simon. Inolvidable. Esta música aporta un tono deliciosamente romántico al filme. Pero, lejos de caer en sentimentalismo barato, Mike Nichols trazó una profunda parábola de lo que son muchas relaciones de amor entre adultos. Comenzando por el amor primidero y lilial que nos hace ver únicamente las virtudes de la pareja (esas virtudes que después se ven como defectos), pasando por los planes de futuro, los proyectos en común. Después, la maternidad, la paternidad. Finalmente, la rutina que termina por convertirse en monotonía. Y para salvaguardar las apariencias, los amigos de barbacoa, esos personajes que de vez en vez penetran en nuestro reducto familiar y nos recuerdan, en el jardín de casa, qué era aquello tan lejano de tener una amistad con la que compartir unas cervezas y unas risas.

Pronto, no obstante, Mark añora otras cosas, otras compañías más sensuales… Y cae en el pecado. Se lía con la arrogante compañera de trabajo. El personaje de Mark es clínicamente fascinante. Especimen (común en todos los países y culturas) que representa los miedos y ruindades del macho. Incapaz de asumir la paternidad, mentiroso, mujeriego. Huye del compromiso aunque haya pactado con él y haya hecho promesas de amor eterno. Planifica y calcula perfectamente sus líos amorosos, y lo hace aun teniendo a su lado a la mujer que más le ama en el mundo. Desdeña la felicidad del hogar y anhela enfermizamente depositar su simiente en todas las mujeres que se presten a la cópula. Así de estúpido es. Y lo peor de todo es que, tras ser perdonado, recae. Como en la fábula del escorpión y la tortuga que cruzaban el río, aquél lleva el veneno en el instinto…

Por el contrario, ella (la Streep), ha decidio luchar por el amor. Romántica, sensible y buena persona, se resiste a asumir la realidad de estar viviendo con un hombre que tiene peor humor cada día, que le grita, la engaña y que, como en la escena de la comilona final con los amigos, hasta parece burlarse de ella.

Posiblemente una de las mejores, si no la mejor, visiones sobre el proceso de destrucción en el matrimonio. Contiene diálogos cargados de una fina ironía, como cuando hablan de las parejas que han roto (¡no me digas!) después de tantos años de felicidad conyugal. Este filme tiene una estructura solida que poco a poco va abocándonos al irremediable desastre sentimental. No hay muertes, ni disparos. El sentimiento es la acción. La vida es el decorado. El desamor y desengaño es el drama. Puro realismo que nos retrotrae a cualquier etapa o momento de nuestras vidas personales: presentes, pasadas o futuras. Esta obra, incluso nos hace sonreír y reconciliarnos con el mundo. El final de la película es sorpredente y brillante, remachando con dos cuasi monólogos de afilado sarcasmo una de las escenas que puede pasar por ser de las más memorables del cine drmático.

Aunque no soy amigo de las moralejas, hete aquí la frase que nos repetía misteriosamente nuestra profesora de historia, para escándalo y confusión de los educandos quinceañeros que asistíamos a su clase: Nunca os caséis cuando estéis enamorados.

Cuánta razón traía.

publicado por Francesc Canals Naylor el 10 enero, 2011

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