muchocine opiniones de cinedesde 2005

Animal Kingdom es un poderoso y ambicioso film que bucea en los códigos del género noir para más tarde imponer sus propios patrones artísticos basados en la aspereza de la imagen y la dureza de una violencia implícita que permanece latente aunque imp

★★★★☆ Muy Buena

Animal kingdom

Dentro del monolítico panorama cinematográfico internacional, donde la producción norteamericana prevalece de forma casi exclusiva (al menos en el circuito comercial), son escasas las sorpresas que suscitan una ruptura estimable entre los encorsetados géneros apuntalados por la rutina diaria de filmación industrial. Es por ello que cuando una película consigue franquear las rígidas fronteras de los círculos minoritarios con mucho valor y no menores dosis de calidad internándose en la implacable selva del mercado, su valor intrínseco asciende hasta cotas que ningún otro producto convencional hubiese alcanzado. Ese es el caso de Animal Kingdom, un film australiano de bajo presupuesto dirigido por un realizador novel, David Michod, e interpretado por un elenco de actores desconocidos para el público internacional (a excepción de Guy Pearce), que narra de forma descarnada la subterránea guerra librada entre la policía y las bandas mafiosas de los barrios periféricos de Melbourne. A primera vista eran pocos los alicientes que hiciesen presagiar una exhibición más allá del territorio australiano, sin embargo su éxito en el pasado Festival de Sundance, donde se alzó con el Premio Internacional a la Mejor Película de Drama, han hecho de este film una de las más gratas sorpresas de este 2011 recién estrenado y una apuesta atractiva que servirá de contrapunto necesario de cara a la temporada de galardones.
Su planteamiento no dista demasiado del género gansteril norteamericano, basado en el perpetuo conflicto dialéctico entre las fuerzas del orden y esos elementos discordes que adhieren un evidente componente caótico a la sociedad. Sin embargo, el film de Michod  aborda todo ello desde una óptica diametralmente opuesta a la desarrollada por realizadores legendarios como Martin Scorsese o incluso por la magistralmente concebida serie televisiva Los Soprano. Alejada de la espectacularidad morbosa de asesinatos, intrigas, filtraciones y ajusticiamientos inherentes al extenso imaginario social forjado en torno al mundo del hampa, Animal Kingdom aporta una visión brutal, seca, directa y despiadada del soterrado y complejo cosmos por el que se mueven esos inefables personajes que aúnan de forma pasmosa la inhumanidad de sus actos con la íntima defensa de su identidad como comunidad, como familia aglutinadora de una honda y coherente moralidad.
La familia se erige aquí como una férrea superestructura canalizadora de los impulsos y delirios de sus miembros sin importar las consecuencias de estos siempre que la unidad sea garantizada. Como tal, el funcionamiento interno de la familia no dista demasiado de la de una organización criminal cuyo núcleo directivo toma las decisiones pertinentes para su salvaguardia. En este caso, es la figura femenina materna (una inspiradísima Jacki Weaver que suena para los Oscar) la que extiende sus lazos hacia allá donde sea necesario para preservar la pervivencia de sus hijos, a los que de igual modo fuerza a tomar caminos divergentes según los dictámenes convenientes en cada momento.
De esta forma, Animal Kingdom no deja de ser un descarnado retrato de las secuelas acarreadas por la familia como origen de buena parte de las perversidades de este mundo, así como de las escasas posibilidades de los miembros que se desarrollan, son poder de elección alguno, en su seno. Cómo escapar de la inmundicia moral cuando tu madre es una drogadicta que muere de una sobredosis (sencillamente brillante la escena con la que arranca la película) y en su ausencia eres acogido por tu abuela y su familia de criminales. Cómo extraer la valentía necesaria de una personalidad aún por construir para afrontar la demente cotidianeidad a la que te ves abocado. Cómo discernir las tenues fronteras entre el Bien y el Mal cuando jamás has tenido percepción ni de uno ni de otro. Dilemas que se le presentan a Josh, nuestro protagonista, en su arduo camino hacia una madurez obscura e incierta, jalonada
David Michod consigue hilar fino en buena parte de la trama de este lacerante y feroz retrato de los bajos fondos humanos con un estilo digno de elogio basado en un verismo demoledor y un autoconsciente distanciamiento del vano espectáculo. Y es que sorprende el modo en el que están filmadas las escenas de acción, elegancia desprovista de artificios, como un aspecto más de la rutina diaria de una familia acostumbrada a luchar por su supervivencia. El elenco también aporta una inestimable carga de autenticidad con unas interpretaciones sinceras y profundas, desde el joven protagonista, James Frecheville, hasta el maquiavélico hermano mayor, al que da vida de un modo fascinante Ben Mendelsohn, pasando por los mencionados Jacki Weaver o Guy Pearce (como el detective con escrúpulos). De hecho, sus rostros son examinados con metódico detenimiento por la cámara inclemente de Michod, quien recurre de forma reiterada (y en ocasiones excesiva) a la ralentización de la imagen como recurso visual para la profundización emocional de los mismos (incluso adquieren cierta dimensión salvaje en su interacción cotidiana). Es una lástima que, no obstante, ciertos personajes queden algo desdibujados en su retrato y no se nos presenten como seres completos en su infinito y complejo universo.
Animal Kingdom es un poderoso y ambicioso film que bucea en los códigos del género noir para más tarde imponer sus propios patrones artísticos basados en la aspereza de la imagen y la dureza de una violencia implícita que permanece latente aunque imperceptible a lo largo de las dos horas de película (hubiese sido recomendable comprimir el último tramo). David Michod ha entrado de forma silenciosa en la maraña inextricable del mercado cinematográfico internacional, pero con unas credenciales que lo legitiman para su seguimiento en próximas ocasiones. Su ópera prima ha conseguido lo más difícil, ahora sólo queda evolucionar como director de un incontestable estilo.
Lo mejor: Su apuesta radical por un nuevo modo de filmar el genero de gánsters. Las magníficas interpretaciones de su elenco actoral
Lo peor: La dilación en el desenlace del film
publicado por Jesús Benabat el 19 enero, 2011

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