Scream 4

La saga de Scream se inició como una parodia a los tópicos y a los lugares comunes de las películas de terror, y acabó resultando ella misma objeto de innumerables imitadores que querían aprovecharse del tirón del miedito adolescente, y, por supuesto, de una parodia de enorme éxito como fue Scary Movie (parodia que ha devenido en franquicia y que ha sido la diana de muchos ojos pretendidamente paródicos…). Tras tres entregas, al veterano Wes Craven y a su guionista les quedaban sólo dos opciones: dar un poco más de lo mismo o darle la vuelta a la saga como si fuera un calcetín. Y, afortunadamente, han apostado por el segundo de los caminos.

El resultado ha sido un film irónico, autoparódico, que se ríe de convenciones y de estereotipos y que, por descontado, ofrece su ración habitual y abundante de cuchillazos, sangre, vísceras (esta peli es con mucho la más gore de las cuatro) y sustos de la mano del asesino encaretado. Y lo hace valiéndose de los rostros habituales que han ido sobreviviendo a lo largo de las sucesivas casquerías (la hierática Neve Campbell, la zorra Courtney Cox, el bobo David Arquette y su bigote memorable) con el añadido de los nuevos valores, que son ni más ni menos que sangre de la sangre de Julia Roberts o de Macauley Culkin.

Scream 4 podría calificarse sin ningún problema de película posmoderna. Su existencia se fundamenta en la construcción en el aire de numerosos castillos de apariencias sustentados los unos en los otros. La base de todos ellos es, sin embargo, algo tan endeble y a la vez tan poderoso como el imaginario popular. El pastiche, la ironía, la constante autorreferencialidad, la intermedialidad, el metacine, la reflexión sobre valores sociales permutados como la popularidad a toda costa (repito, A TODA COSTA) son todos ellos elementos cardinales de la era posmoderna. La propia convivencia del respeto a las reglas del juego y de la trangresión de esas reglas (transgresión explíctamente mencionada a lo largo de todo el metraje, por cierto) es una característica tan común a los prodcutos culturales posmodernos que me asombra que aún haya gente que denigre este tipo de films y los tache de intelectualmente menores o vacíos.

El principio de la película es de una inteligencia autoconsciente tan plena que es una pena no poder decir nada de él para no destripar a los posibles lectores nada de la peli. Por supuesto, estirar como un chicle el clímax es a la vez un más difícil todavía (ingediente que encantará a los fans) y un ejercicio de relativismo que hará las delicias de gente no tan apegada al género de terror. Por el camino, una sucesión de capítulos tan reconocibles como retorcidos para crear esa sensación de género y de autoría (una autoría que se reivindica en el pretendido borrado de sus huellas precisamente…).

Sin lugar a dudas, una película muy divertida, entretenida a más no poder (primer requisito exigible a películas de este género), que luce orgullosa sus credenciales, y que supone de paso un ejemplo perfecto sobre cómo una saga nunca tiene por qué acabarse, si hay un cerebro (o dos) capaces de doblegar las expectativas con tanto acierto y con tanta complicidad con el público.

publicado por Jose María Galindo Pérez el 17 abril, 2011

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