Duelo entre el humor socarrón de Vince Vaughn y la sensiblería boba de Ron Howard

★★★☆☆ Buena

¡Qué dilema!

Hoy me he dado un paseo matutino por el Paseo de la Castellana. ¿La razón? En las oficinas de Universal, ubicadas en Torre Europa, he asisitido al pase de ¡Qué dilema!, la última película de Ron Howard. Afrontaba la peli con miedo, ya que considero al pelirrojo Ron uno de los directores más anodinos, insípidos y manufactureros que podemos encontrar hoy en día. Y, afortunadamente, y para mi sorpresa, me lo he pasado bien. Me he reído, y he disfrutado. Hablemos un poco del asunto.

La película nos presenta a dos íntimos amigos, socios de una empresa de mecánica. Son el simpático y encantador Ronny (encarnado por Vince Vaughn) y el apocado y trabajador Nick (interpretado por Kevin James). Están felizmente emparejados (con Jennifer Connelly y Winona Ryder, respectivamente), tienen un futuro laboral prometedor, la vida les sonríes y ellos le sonríen a la vida. Pero un hecho inesperado pondrá patas arriba de las relaciones entre todos ellos, sacando a relucir sentimientos, amistades, viejas heridas, etc.

Por el argumento, parece que estamos ante un drama de círculo de amigos. No, no lo es. La producción es muy jocosa, el humor preside todo el tinglado, aunque, por supuesto (y más con pesadito Howard tras las cámaras), hay muchas concesiones al lagrimeo, a la emotividad, a los buenos sentimientos. Pero en esta ocasión Ron Howard no jode el invento. Primero, porque el guión propone las suficientes secuencias cómicas de calidad como para no amuermar al personal. Segundo, y más importante, por la pareja protagonista.

No exagero si digo que este film se sostiene en el trabajo actoral de los dos intérpretes principales. Vince Vaughn es el cicerón del espectador. Él, a través de sus gestos hilarantes, de su socarrona seguridad en sí mismo, de su lenguaje corporal (qué bien le viene a este tipo ser grandote), por todos los vericuetos y las desventuras que ha de sufrir por culpa de un inoportuno descubrimiento. Por supuesto que él lleva el peso. Pero tiene la inestimable de su partenaire Kevin James. Otro que se vale de su imagen (gordo y entrañable) para construir un papel. Y hace un contraste ejemplar con Vaughn. Allí donde Vince arrolla con su personalidad, Kevin es como un osito. Y ambos dos son verosímiles, creíbles, divertidos.

Pero no es oro todo lo que reluce. A pesar de la labor superlativa de los actores, el guión a veces se empantana, y el famoso ritmo del que tanto suelo hablar se resiente en demasiados momentos. La película no es todo lo ágil que debería ser, y, aunque se atreve con chistes bastante burros (el brindis de Vaughn tiene alguna ocurrencia cojonuda), no renuncia al azúcar, y la combinación no siempre es satisfactoria.

Considero que esta película es un duelo entre el humor cabrón del actor Vaughn y la sensiblería ñoña del director Howard. No hay un vencedor claro, pero la estructura global se resiente. Ojalá algún director con más mala hostia, más acidez y más ironía se hubiera hecho cargo de este proyecto, porque seguro que nos habríamos encontrado una producción mucho más redonda.

Con todo y con eso, recomiendo ¡Qué dilema!, porque es una película entretenida. Demasiado facilona, demasiado comercial (en el mal sentido de dirigida a todos los públicos), pero aun así resultona. No se puede tener todo en esta vida, así que celebremos que Ron Howard no haya podido hacer la mierda que seguro que tenía en mente.

publicado por Jose María Galindo Pérez el 1 junio, 2011

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