Templario

Cuando voy a ver una película como Templario, siempre tengo la misma duda. ¿Me encontraré un blandiblú pseudo-épico o disfrutaré de una carnicería en condiciones? Porque desde pequeñitos nos han enseñado que la Edad Media fue una época tenebrosa, oscura, irracional, en la que la violencia desmedida y brutal era el pan nuestro de cada día. Tiempos en los que había espadas, vísceras y mugre. Nada de valientes caballeros y lindas damiselas. Hollywood se ha hartado de escamotearnos esta visión del Medievo, y por eso es muy de agradecer propuestas como la que hoy he visto.

Templario nos introduce en un episodio histórico de Inglaterra. Al parecer, después de firmar la Carta Magna en la que daba relativa libertad a su pueblo, el Rey Juan ideó un plan para volver a las andadas de sangre y horror que tanto le molaban. No sé si será cierto, pero es el contexto de la película. En esas, uno de los barones que luchó en el pasado contra el rey cabrón junta una banda de antiguos guerreros para resistir en un castillo clave a Juan y sus mercenarios daneses. A partir de ahí, unos pocos tipos duros capitaneados por un caballero templario aguantarán carros y carretas hasta que lleguen los refuerzos.

Ese es, a grandes rasgos, el argumento. Un esqueleto básico, una excusa narrativa mínima, para meterse en faena con lo que de verdad importa: la casquería y la bestialidad propias de la época. Nada de azúcar. Las batallas, el asedio, las peleas, los asaltos. Nada de eso es complaciente, nada de coreografía cantosa. Lo que hay es que tipos muy brutos cargando unos espadones y unas hachas de impresión dándose de hostias, repartiendo mandoblazos a diestro y siniestro, mutilando cuerpos, amputando miembros, respirando mierda y sangre.

Y uno piensa que sí, joder, que algo así debería haber sido jugarte las lentejas en tiempos medievales. La realización del director ayuda, ya que la cámara espídica, el montaje picado y sincopado, las texturas sucias y la crudeza de los efectos colaboran y mucho en meter al público en el tinglado. La desmitificación de una época que tuvo que ser para vivirla es lo mejor de una película plagada de turbidez audiovisual.

Lástima que el relato tenga que rendir las consabidas cuentas a la industria, y meta el rollo de la lucha del pueblo contra el tirano, el pasteleo entre el templario y una dama de muy buen ver (con las inevitables dudas entre el deber, el honor y el deseo, qué coñazo…) o la subtrama paternal con el joven escudero. Creo que funcionan mucho mejor, dada la propuesta estética sucia y descarnada, la lujuria de uno de los guerreros, al que se le calienta la antorcha después de matar, o la locura de otro de ellos, que mata y no sabe ni por qué (aunque tiene su momento de redención para que todos le admiremos…).

Pero la sensación general es buena, porque las propuestas de este estilo siempre se agradecen, porque intentan, dentro de lo posible, ser honestas. Y porque, no lo vamos a negar a estas alturas, a todo el mundo le mola ver cómo unos tipos duros de cojones se zurran y se cortan por la mitad a base de puñalones…

publicado por Jose María Galindo Pérez el 1 junio, 2011

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