Western crepuscular español, en el que destaca la presencia de un sobrenatural Sam Shepard y el atrevimiento y la ilusión de Mateo Gil tras la cámara

★★★☆☆ Buena

Blackthorn

¿Cuántas veces oímos decir que el cine español es malo, que no hay tanto talento como en Hollywood, que sólo se hacen películas sobre la Guerra Civil…..?
A lo que yo contestaría: En el cine español hay de todo. Buenas y malas películas. Obras maestras y bazofias. Gente con talento y gente sin él. Pero, ¿y cuánta basura hollywoodiense nos tragamos sin decir ni mu?
En fin….
Contestaría éso, pero Mateo Gil ha llegado al rescate de los que defendemos el beneficio de la duda para el cine patrio y sus innegables valores. y lo hace a golpe de western de sabor clásico, que aunque ha de encuadrarse en esa especie de subgénero del género que hoy se llama "western crepuscular" (en el que podríamos encuadrar obras como Appaloosa, El asesinato de Jesse James…, o Ned Kelly), desprende en cada fotograma la esencia de lo que es y siempre será el cine típico del Oeste: el guerrero solitario, en conflicto con el mundo y con los otros individuos, para el que la amistad verdadera y los valores de honor y justicia. Ya puede ser un forajido, un contrabandista, o un ser asocial, pero el hombre Oeste siempre se comporta de acuerdo con sus ideales. Y de éso, de esa esencia clásica del western, está llena la cinta de Mateo Gil.
El realizador, junto con el osado guionista Miguel Barros, se atreve además a fabular ni más ni menos que sobre uno de los personajes (y mitos reales) más célebres, como es Butch Cassidy. En la piel de Sam Shepard, Cassidy alcanza una categoría especial, en parte porque Shepard es uno de esos actores de toda la vida, que miran más allá del bien y del mal, y que ngrandecen cada pequeña frase que les dan. La manera en que murmura las palabras más que las pronuncia, lo que expresan sus ojos… es el trabajo de un maestro. ante tal alarde, a eduardo noriega no le queda otra que apartarse, mirar e intentar no perderse mucho, cosa que consigue sólo a medias. Noriega no es el mjeor actor español de su edad que hay (bueno, ni de su edad ni de ninguna), pero no cabe duda de que tiene buenos amigos, buena presencia y buen ojo para situarse siempre en buenos proyectos. Stephen Rea despliega todo su habitual carisma y saber estar, y ha de mencionarse también el estupendo trabajo en los flashbacks de Padraic Delaney como Sundance Kid, y sobre todo de Nikolaj Coster-Waldau (hoy muy de actualidad gracias a su Jaime Lannister de Juego de Tronos) como el joven Cassidy.
El problema de la película está en el ritmo, demasiado irregular, y en el hecho de que, con todo y con éso, no es una enorme película. Pero su música, su fotografía y la correctísima labor de Gil bien merecen ser aplaudidas, vistas y consideradas en toda su valentía e ilusión.
Porque lo que le falta al cine español no es talento, señores. Es dinero. Dinero y productores coraje para rodar películas tan arriesgadas como ésta.
Lo mejor: Sam Shepard, los flashbacks, y los paisajes naturales bolivianos, fotografiados con esmero por J.A. Ruis Anchía
Lo peor: El ritmo es demasiado lento en algunas ocasioness (sobre todo en el trozo puente que va desde el final de la secuencia en el desierto de sal hasta el climax final) y Eduardo Noriega, que sin hacer una mala interpretación, no acaba de convencer
publicado por Alba Viñallonga Cruzado el 28 junio, 2011

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